«Porque el que tiene su tierra, no sabe lo que es la ajena” — Marciano Martínez
Desde la tierra donde la voz es el eco de los ancianos levadurizando la conversa en el desierto, surge una verdad que el ruido del «progreso» intenta sepultar: el desplazamiento forzado no es una fatalidad inevitable. Es la consecuencia de decisiones políticas, económicas y militares que, tomadas en centros de poder, terminan destruyendo vidas en la periferia.
Según la ACNUR, más de 110 millones de personas en el mundo fueron desplazadas forzosamente entre 2023 y 2024. No es un fenómeno natural: es un producto del orden mundial.
El mapa del despojo
Hoy, millones han sido expulsados de sus hogares por guerras en Ucrania, Sudán, Siria, Yemen, Myanmar, la RD del Congo y el conflicto en Palestina. Cada guerra tiene su historia, pero comparte un fondo: la disputa por recursos, en particular los energéticos, sus rutas estratégicas y poder geopolítico. En tanto que, en América Latina, el desplazamiento continúa en un silencio cómplice.
Colombia: La paz de papel y la violencia de sangre
En Colombia, el Acuerdo de Paz de 2016 fue presentado como el fin de una guerra de medio siglo. Muchos creímos en ese horizonte; un número considerable de colombianos caminaron por las calles y defendieron la esperanza en colegios y barrios. Pero la paz no se firma solo en un documento.
Con más de 8,3 millones de desplazados internos, Colombia sigue teniendo una de las cifras más altas del mundo. Tras el acuerdo, organizaciones como INDEPAZ registran entre 150 y 200 líderes sociales asesinados anualmente. La violencia simplemente cambió de nombre, pero el control territorial, las amenazas y el despojo siguen expulsando al campesino de su raíz.
La política y sus sombras estructurales
La confianza pública se erosiona cuando el poder es asaltado por el gran capital… Durante este gobierno, las investigaciones sobre presuntos aportes ilegales a campañas —como el caso que involucró a Nicolás Petro— han puesto de manifiesto un problema estructural.
Más allá de los tribunales, la tragedia es la superestructura del Estado: una educación que naturaliza la desigualdad y una ideología que justifica el despojo. Cuando la ética pública se subordina al capital, el desplazamiento se vuelve invisible y la democracia se convierte en una cáscara vacía.
El espejo de una sociedad que prefiere la ilusión, que a menudo prefiere creer en la ilusión de un país «en paz» antes que enfrentar la verdad incómoda de los territorios silenciados. Nos cuesta aceptar que podemos ser engañados, porque reconocerlo implica admitir que la violencia también se sostiene con nuestro silencio.
El costo humano: Perder la lengua en la que soñabas
Detrás de la geopolítica están las personas.
Es la familia que abandona su casa con una bolsa en la mano.
Es el niño que crece sin raíces y la mujer que carga duelos invisibles.
El exilio no es solo cambiar de país; es perder la lengua en la que soñabas. Es no poder enterrar a tus muertos y vivir agradeciendo por sobrevivir, aunque la vida duela. Quien huye pierde tierra, identidad y voz, enfrentando la sospecha y la pobreza en tierras ajenas. El cuerpo recuerda la violencia; la mente intenta seguir.
Conclusión
La comprensión del fenómeno del desplazamiento exige unir dos miradas: la estructural, que analiza el poder, y la humana, que escucha el dolor íntimo del expulsado. Mientras la tierra siga siendo mercancía y la política esté subordinada al capital, la guerra seguirá produciendo refugiados.
El exilio no se elige, se impone. Y la dignidad humana empieza cuando nos atrevemos a mirar esa verdad sin engaños, dejando que el eco de los ancianos vuelva a levadurizar una conversa honesta sobre nuestro futuro.
Luisa Deluquez

