LAS HISTORIAS DE MANE

Muchos en el pueblo lo conocen como una persona preocupada por las cosas que atañen a su desarrollo. Siempre expone por diferentes medios, las razones que cree afectan a su progreso y su bienestar. No obstante, hay una faceta de su personalidad que casi siempre mantiene oculta a la generalidad de la gente pero que muestra sin recato a sus amigos más cercanos.

Estas dos historias que me contó se las comparto porque me parecieron que tenían su gracia.

LA LLEGADA IMPREVISTA

A Manuel Manjarrés Ariza, los años lo hacen ir al médico con mayor frecuencia que a un quinceañero. Eso le pasa a él o a cualquiera de nosotros que rondamos los mismos calendarios.

La última vez que fue a la cita médica al hospital San Rafael de San Juan del Cesar, lo hizo en su bicicleta de toda la vida. Muchos en el pueblo conocen la bici de Mane ya que es su compañera inseparable.

Al regreso de la consulta se le veía en su rostro la sonrisa de oreja a oreja porque no le encontraron nada distinto a los achaques propios de sus años bien cumplidos. Venía tranquilo por la carrera Policarpa, que es la misma carrera de la casa del doctor Marengo, con la intención de llegar a su casa, donde siempre vivieron sus padres, en la esquina donde la carrera se cruza con la calle del Cayón.

Cuando llegó a la esquina de Víctor Daza se le apareció un niño de 12 años, que venía por la calle “El Paraíso” montado en su bicicleta, y siguió la misma ruta. Era una compañía en el camino, un amigo en silencio.

Al pasar por enfrente de la casa del difunto Julio Raquel, a la bicicleta de Mane se le zafó la cadena. Ambos pedalistas pararon, como si estuvieran espontáneamente de acuerdo. ! Qué vaina ¡

El dueño de la bicicleta afectado por el impase se bajó para volver a engranar su caballito de acero. Sin embargo, sus movimientos temblorosos no lograban encajar la cadena en el piñón delantero. Se enderezó y miró al horizonte como suplicando ayuda. En tales circunstancias, el niño en un gesto solidario pensó que era hora de hacer una obra de misericordia. Bajó de su propio vehículo y en un abrir y cerrar de ojos le remedió la avería al compañero ocasional.

Mane para disipar un poco su vergüenza, le dijo al niño:

“Es que uno cuando va pa’ viejo no sirve pa’ nada”.

El niño bastante recursivo mentalmente, alejándose velozmente del sitio del percance, le grito:

“No se engañe, usted no va pa’ viejo, usted ya llegó”.

La risa ya lejana del niño diciendo adiós con la mano y la misma risa desconcertada de Mane, anclado en el sitio de la avería, alegraron el ambiente de la Policarpa.

Cuando Mane llegó a su casa, la sonrisa con la que salió del consultorio ya se le había borrado y más bien se mostró preocupado, pensando que lo que le dijo el niño no fuera una realidad incontrastable.

Es verdad que los años no pasan en balde.

LAS COSAS DE “TOBA”

Cristóbal “Toba” Araújo Calderón era oriundo de la Junta, Guajira, pero fue un personaje muy reconocido en la región. De joven era un ferviente enamorado que le tiraba el lance a cualquier fémina que le sonriera. La vieja costumbre de Cupido todavía le seguía rondando por su mente y aún en su edad madura seguía siendo un Casanova.

No obstante, él mismo era consciente que a su edad cuando se enamoraba solamente era por fregar. Su mecanismo de la dicha ya se le había vuelto perezoso y vivía siempre dormido.

Se rumoraba que, en sus últimos días, le propuso a una linda chica que cortejaba que se vieran al día siguiente, para sellar como debe ser sus amores escondidos. Al otro día, la chica efectivamente se arregló entusiasmada y se fue al encuentro. Esperó y esperó, pero “Toba” Araújo no llegó.

¡Qué raro, “Toba” no vino!, se dijo para sus adentros. No obstante, se resignó.

Cuando se encontraron de nuevo, la chica le reclamó con vehemencia:

¡Toba, qué pasó, me quedaste mal!

“Toba” titubeó, pero antes de sentirse acorralado, le respondió:

¡Mejor así, si hubiera ido te quedo peor!

Esto demuestra que los años no vienen solos y muchas de nuestras facultades pierden vigencia, mientras la chispa del humor dura para siempre.

Luis Carlos Brito Molina

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