“MI PARRANDA INOLVIDABLE”

Cuando la tarde moribunda del 6 de septiembre de 1985 estaba pincelando el poniente de La Guajira con un anaranjado melancólico sobre la Serranía de Perijá, de repente percibí un destello premonitorio que clamaba por significar que en aquella tarde se empezaba a calcar en mi recuerdo una huella sempiterna. Viajaba en mi Nissan Patrol amarillo y blanco recién arreglado, que lucía como nuevo. Venía de La Jagua de Ibirico, población ubicada en el centro del Cesar que en esa época era reconocida como un centro agrícola y ganadero, antes de ser el símbolo que hoy encarna como epicentro de la pujanza minera de toda su área de influencia. Jorge Eliécer Guerra era un adolescente que me servía como compañero de viaje por aquellos días en que alternaba mi actividad profesional de Arquitecto Contratista con el oficio de Agricultor. Para aquel entonces, mi rutina incluía trabajar durante toda la semana en los primeros contratos de construcción que empezábamos a obtener en La Mina de El Cerrejón. Y los sábados, invariablemente, comenzaban para mí en la madrugada, cuando salía temprano de San Juan del Cesar para atender los requerimientos que demandaba el cultivo de arroz que tenía en La Jagua de Ibirico. Aquella tarde venía conduciendo mi carro tranquilo y sin sobresaltos. Esa carretera tan familiar para mí, no mostraba ninguna novedad ni alteración. Hasta que a la altura del ramal de Urumita divisé un grupo de muchachos que sentados sobre unas piedras esperaban, a la vera del camino, una oportunidad para ser transportados. Eran Franklin Moya, Jhonny Gámez y otro amigo de Cañaverales quienes además estaban acompañados de José Estrada, un vendedor de lotería de San Juan del Cesar, más conocido como José “Panela”. Entonces detuve la marcha del vehículo y ellos, incrédulos y presurosos, abordaron el carro.

El grupo venía con una tristeza instalada en sus rostros, producto de la eliminación que acababan de sufrir en el concurso de la canción inédita del Festival de las Flores y la Calaguala que se celebra anualmente en Urumita a comienzos del mes de septiembre. De repente, José “Panela” instó a Jhonny Gámez para que abriera el estuche de su acordeón y conjurara la tristeza y el silencio que inundaba el interior del carro. Esta estimulación fue reforzada por mí, pues enseguida le dije a Franklin Moya que yo desde los tiempos en que Hernán Ariza sembraba arroz en Badillo y parrandeaba con Diomedes Díaz y Martín Maestre en su Toyota “recalcador”, no había vuelto a parrandear dentro de un carro. Inmediatamente Franklin Moya contorsionó su cuerpo al compás de un sonoro palmoteo y simultáneamente emitió un grito parrandero de batalla que fue como la chispa que encendió el ambiente e inundó de alegría la cabina del carro. A los pocos minutos ya nuestros oídos estaban disfrutando de una melodía vallenata tradicional que servía de carburante para encender la hoguera del deleite parrandero que ya en ese momento flameaba en el ambiente compacto del vehículo.

A estas alturas del recién iniciado periplo ya estábamos arribando a Villanueva y en un acto de obediencia sonámbula detuve el carro frente a la primera tienda que encontré. Saqué dinero de mi cartera y le dije a José Estrada:

– José, cómprate una botella de Old Parr.

José Estrada se bajó diligente del Nissan Patrol, compró la botella de whisky, regresó a ocupar la esquina del asiento delantero, destapó la botella, rindió el consabido homenaje a los parranderos difuntos y comenzó a servir el trago en los vasitos plásticos que vienen como apéndice inseparable dentro de las cajas doradas de las botellas de Old Parr que se venden en La Guajira.

Jorge Eliécer Guerra ocupaba el centro del asiento delantero y en la parte posterior del vehículo venían los tres artistas de Cañaverales interpretando los instrumentos de la trifonía musical predilecta de toda la comarca: El vallenato prístino de acordeón, caja y guacharaca. Una vez que el sonido de la música se adueñó del ambiente y la combinación de éste se armonizaba cada vez con mayor melodía y ritmo, José “Panela” se iba encargando con una aplicación admirablemente sincrónica de que no faltara el lubricante etílico que se encargaría de mantener nuestra emoción en crecimiento, la cual a esas alturas ya se había disparado a un estado de euforia que Jorge Brieva popularizó con el simpático nombre de “Temple Tuqueco”.

Para ese momento de la travesía disminuí considerablemente la velocidad y puse a marchar el carro a un paso lento, con el fin de ser consecuente con el ritmo de nuestra fiesta móvil. Sin prisa fuimos pasando frente al ramal de El Molino, dimos cuenta de la finca Potrerito, pasamos por el ramal de Cañaverales, por la región de Noguera y finalmente llegamos al tramo recto de la carretera que tiene como paisaje de fondo el cerro de Zambrano y el cerro de El Carreto, antes de arribar a San Juan del Cesar. Para entonces mi emoción había crecido y el sentimiento que tenemos los provincianos de este pedazo de Colombia ya se había trasladado a la epidermis de mi cuerpo. Con la deliciosa inspiración que produce un temple vespertino, repasé con mi mente el paisaje prometedor de mi cultivo de arroz que había visitado en la mañana, hice un rápido balance de mi positiva gestión de la semana en los contratos que mi empresa “Acciones Urbanas” tenía en La Mina de El Cerrejón y recordé con más ahínco el cumpleaños de mi padre que precisamente ese sábado 6 de septiembre cumplía 57 años. En ese momento pude sentir que tenía en mi alma un sentimiento de plenitud y le di gracias a Dios por permitirme la satisfacción de llevarle una serenata en vivo a mi padre, para festejarle su cumpleaños. En un instante resolví que haría una parranda inolvidable, que además tendría el ingrediente de la improvisación, el cual con alguna frecuencia suele acompañar los momentos memorables de la vida. Acto seguido comuniqué mi decisión a los compañeros de viaje, quienes celebraron complacidos y eufóricos, y les pedí que ensayaran inmediatamente la canción estrella de la serenata. La canción que yo quería dedicarle a mi padre llevaba por título “Presentimiento”, de la autoría del gran Máximo Móvil, esa hermosa canción que tanto me gusta y que el Indio de Oro le dedicó a su padre con mucho amor y sentimiento.

Mientras el conjunto ensayaba la canción mi mente planeaba con increíble velocidad la parafernalia que se requería para organizar la parranda sorpresa que en ese instante se me había ocurrido llevarle a mi padre. Pasaríamos por la casa de Augusto Elías, quien se encargaría de realizar la convocatoria de emergencia a los contertulios de la parranda. Luego iríamos a la tienda de Laureano Vergara para proveernos de Old Parr y las picadas de frasco, mientras mi hermana Diana se encargaría más tarde de comprar una picada caliente en el Estadero de Jiménez y de invitar a La Nena Ariza, a Patricia Mendoza, a Nasly Hinojosa, a Jannete Daza y a otras amigas que representarían la cuota femenina de la fiesta.  En esos momentos en que mi mente se encargaba de diseñar el Plan de Acción de la parranda, una orden perentoria de José “Panela” me devolvió a la realidad en un instante:

  • Doctor, ¡pare aquí que me voy a pasar para atrás!

Como así que te vas a pasar para atrás, José. No seas pendejo, quédate aquí adelante.!

Doctor, es mejor que pare aquí antes de que entremos a San Juan. Mire que usted no es un hombre que acostumbre a parrandear con conjuntos en su carro. Entonces, si me ven a mí en la punta, como el capitán de esta parranda, enseguida van a decí en San Juan que usted se ganó la lotería.

Inmediatamente comprendí el mensaje que pretendía darme José “Panela”, uno de los vendedores de lotería más populares del pueblo. Detuve el carro y José “Panela” se fue de inmediato para el roster a hacerle compañía a Franklin Moya y a Jhonny Gámez.

Después de hacer las vueltas básicas preliminares, llegamos a la casa con la semipenumbra del anochecer. Nos bajamos del carro y luego de verificar que mi Papá estaba en el kiosko conversando con mi Mamá, el acordeón de Jhonny Gámez irrumpió en la soledad de la casa como si le hubiéramos dado un susto sorpresivo al silencio de la prima noche. Enseguida Franklin Moya comenzó a cantar la canción “Presentimiento” y mi padre, tan querendón de sus hijos y de su gente, cambió la mueca de preocupación que tenía por una sonrisa complaciente cuando comprendió la razón de aquella invasión repentina.

La disposición del mobiliario rápidamente se adaptó a los requerimientos de la parranda, el conjunto instintivamente se acomodó en el costado más visible del kiosko, se dispusieron más asientos libres para acoger a los visitantes que venían en camino, las bandejas recibieron el contenido de las picadas de frasco y el frasco más importante, una botella de vidrio café oscuro corrugado con la imagen de un viejo venerable en su etiqueta, ocupó la mesa central del kiosko que en ese momento ya respiraba folclor y regocijo fraternal.

Mientras todavía sonaban las tres primeras canciones de la serenata, antes de su conversión en parranda, llegaron los invitados cómplices: Augusto Elías Zúñiga, Franco Hinojosa, Henry Echeverry, Jorge Brieva, Christian Parody, Talo Pérez, Alfredo Márquez y Fuifa Pérez. Una vez que felicitaron al homenajeado se instalaron y la parranda, que nació como de la nada, resultó uno de los momentos más relajados que yo tenga en el inventario de mis recuerdos agradables. Mis amigos se convirtieron en verdaderos compinches para que yo pudiera regalarle a mi padre uno de los momentos más inspirados que hayamos vivido en familia. Mi madre estaba feliz de que le hubiéramos llevado a su esposo esa serenata de cumpleaños. Y Diana, con su sangre en permanente disposición para el jolgorio, resultó fundamental a la hora de brindar el soporte correspondiente.

Esa parranda siempre la tengo en mi recuerdo como una circunstancia de feliz recordación porque fue uno de los momentos más agradables que le vi disfrutar a mi padre. Y cada vez que es menester, la evoco con mi familia y allegados para enfatizar lo feliz que resultó ese encuentro tan espontáneo.

Muchos años después, el 29 de abril de 2007, un momento similar volvió a repetirse en El Molino, durante la celebración de las fiestas de la Virgen del Rosario. Mi papá estaba con muchas ganas de ir al Molino a encontrarse con Toño Urbina y otros lugareños, porque él disfrutaba mucho con estos encuentros sociales cuando se trataba de departir con amigos y familiares. Excepto por la tristeza de la muerte de La Nene, durante los últimos años él había experimentado varios motivos de felicidad. Mi hermano Javier le había regalado un nieto que lo tenía como gelatina en cucharita, como él mismo decía. Además, estaba muy regocijado porque Javier y yo estábamos felices con nuestras parejas. Eso definitivamente lo tenía muy contento. También con la venta de la finca había logrado pagar obligaciones que lo mortificaban al extremo y, en general, se le notaba mucho más tranquilo disfrutando el otoño de su vida.

Esa parranda, celebrada en casa de los Hermanos Cruz, fue el último acto social donde estuvo mi padre. Y durante la celebración, amenizada por un excelente grupo de guitarristas locales, tuve la oportunidad de dedicarle a mi padre nuevamente la canción de Móvil. En ese momento me hice una reflexión: Creo que no tendré muchos nuevos momentos para decirle a mi padre lo mucho que lo quiero. Entonces resolví que le cantaría yo mismo la canción. Y lo hice. Le expliqué brevemente a la concurrencia que una serenata con esta misma canción se la habíamos dedicado 22 cumpleaños atrás. Y todos escucharon atentos la letra de la canción.

PRESENTIMIENTO

I

Si las vidas se compraran

para tener de repuesto

yo compraría una bien fuerte

para dársela a mi viejo

que es lo único que tengo

y quiero que dure bastante

para cuando llegue la muerte

a querérselo llevar

podérsela transplantar

y que me dure para siempre

porque hombres como este

se merecen perdurar

 

La muerte es natural

entonces…

para que se le huye,

si al sentenciado de ella

lo encuentra,

por más que esté escondido

pero es que en este mundo

tenemos seres queridos

que si duele perderlos,

queremos que perduren

 

Los queremos tener

como prendas guradadas

que el tiempo se pase

y no pierdan valor

como aquel amante

que pierde un amor

que si acaso regresa

le descansa el alma

si la vida de mi viejo

se hubiera resguardado

entonces no sufriera

este fuerte dolor.

II

Pero me pongo a pensar

que si yo muero primero

me le harán muchos desprecios

y si el se muere a´ lante

estoy seguro que constante

me embargará la tristeza

se acabarán las promesas

de mis canciones del alma

se acabarán mis parrandas

mis músicas y mis versos

y a partir de aquel momento

mi canto se vuelve nada

 

Nada porque yo siento…

que hasta el alma me tiembla

no más al PRESENTIR

ese momento duro

el ser que yo más quiero

se va quedando nulo

se queda como el humo

cuando llega la niebla

 

Montones de nubes

las vemos viajar

llevándose el humo

quien sabe, hasta el fin

lo mismo es el hombre

que le toca morir

que nunca en la vida

vuelve a regresar

sin embargo hay quien dice

que uno vuelve a venir

y yo digo que la muerte

es el punto final.

Cuando terminé de cantar la canción, mi padre me abrazó con los ojos chiquiticos de la emoción. Y yo, haciendo esfuerzos para que no se me notara la nostalgia, tuve el presentimiento de que esa había sido la última parranda con mi padre.

Orlando Cuello Gámez

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