Dicen que el carbón es un regalo de la tierra. Pero nadie dice qué le pidió la tierra a cambio. En el centro de La Guajira, ese pacto oscuro ya se cumplió: la tierra entregó su negro más noble —el de la piel, el de la historia, el de la resistencia— para que el negro inerte, el mineral, pudiera reinar. No hubo terremoto. No hubo guerra declarada. Solo contratos firmados con tinta invisible, y una maquinaria tan pesada que no solo aplasta el suelo, sino la memoria. Porque lo que está ocurrió aquí no es solo desplazamiento. Es un segundo entierro.
El primero ya lo dieron hace más de cien años, cuando los soldados afrodescendientes —valientes, combativos, leales a una república que nunca los quiso— pelearon en la Guerra de los Mil Días. Hombres negros que cargaron fusiles, que defendieron trincheras, que murieron por una idea de nación que luego los borró del mapa, como si su heroísmo fuera un error tipográfico en la historia oficial. No fueron héroes. Fueron “tropas auxiliares”. No dejaron legado. Dejaron silencio.
Y ahora, más de un siglo después, la historia se venga con ironía negra: la minería de carbón —ese negocio de manos blancas y ganancias pálidas— ha resultado ser más bárbara, más hoscamente eficiente, que cualquier campo de batalla del siglo XIX. En la guerra, al menos, los sobrevivientes contaban historias. Al menos, los muertos tenían nombre. Hoy, los desplazados no tienen voz. Los ríos desaparecen sin duelo. Las comunidades se disuelven como ceniza.
Mientras, el carbón —ese negro mudo, dócil, sin reclamos— es extraído, exportado y quemado para calentar las casas en Europa y decretar dividendos a los especuladores del mercado financiero. Aquí el extractivismo no solo despoja. Deshumaniza al convertir a una comunidad en un “riesgo operativo”. A una historia en un “factor de sostenibilidad” y a un pueblo en un obstáculo para el progreso. Un “reto logístico”. Un “factor de riesgo social”. Porque, mientras el carbón se extrae, la comunidad se extraña. Se desplaza. Se despoja. Se desintegra Y el Estado, fiel, asiente, firma, aprueba, lucra y olvida.
Porque, claro, ¿quién va a defender a unos negros pobres, que hablan de “ancestros en el monte” y “derechos colectivos”, cuando hay millones de dólares en juego? Mejor defender al carbón: él no protesta. Él no demanda. Él no canta canciones de resistencia. Él, simplemente, se deja llevar. Como un esclavo bien educado.
Y así, con una brutalidad más fría que cualquier bayoneta, el sistema ha completado su obra maestra: Primero invisibilizó a los héroes negros de la guerra. Luego borró su memoria de los libros. Y ahora, con el poder calorífico del extractivismo, los entierra de nuevo, esta vez bajo toneladas de tierra removida, bajo ferrocarriles que no llevan futuro.
Porque el mineral negro vale. La gente negra, no. El carbón produce energía. Los “negros hoscos”, solo incomodidad. Pero aún hay quienes se niegan a desaparecer. Ancianos que señalan con el dedo dónde estaba el río antes de que lo secaran. Mujeres que siembran en tierras que ya no son suyas. Jóvenes que reclamantes de un pasado, pero cegados por el espejismo del “confort” de la modernidad. Y eso, en un país que prefiere olvidar, es un acto profano.
Porque resistir no es solo decir “no”. Es recordar que fueron soldados. Es reclamar que son dueños un territorio ahora estéril. Es negarse a ser carbón.
Así que apreciados lectores, mientras el tren minero sigue su camino —cargado de negro inerte, de ganancias pálidas, de futuro ajeno—, en alguna vereda de La Guajira, un niño negro mira el cielo y pregunta: —¿Por qué el carbón sí puede viajar, y nosotros no? Y nadie le responde. Porque la respuesta quema más que el carbón y el sol. Por eso cada vez que veas un tren de carbón, recuerda: hay héroes negros que nunca recibieron su homenaje… porque estaban ocupados defendiendo una tierra que hoy ya no les pertenece.
Y en ese contraste —entre el negro que se llevan y el negro que se queda— late la verdad más incómoda de esta historia: “En Colombia, no todos los negros valen lo mismo”. Algunos solo valen si están muertos… y bajo tierra. ¿Y los que aún están vivos? ¿Los que aún caminan? ¿Los que aún resisten? Que no molesten. Que no reclamen. Que no se atrevan a recordar que también son historia. Porque el progreso —ese dios pálido que viaja en aviones privados— no tolera testigos.
Arcesio Romero Pérez
Escritor afrocaribeño
Miembro de la organización de base NARP ASOMALAWI
ese negocio de manos blancas…. hey, y porque no es de manos negras? tal como en áfrica que tiene todos los minerales del mundo excepto el tungsteno, y porque no son dueños de sus empresas?, porque? porque si el negro tiene los mismos numero de células, de neuronas y de huesos que el blanco.
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Muy lindo tu escrito como poema y lleno de dolor.
ante la adversidad acción. dele pa lane
tome las riendas
ahora viene la pregunta que no gustara::::
¡Cuantos negros son socios de una empresa de lo que sea?
y cuantos blancos si lo son?
Porque
R/ta. el blanco no llora, (en su mayoria) el actua.
mis respetos
Que escrito tan torcido, forza una comparación que solo cabe en la mente de quien lo escribe y gente de izquierda y resentida. Muchos temas para debatir pero el espacio es mezquino. Sinvergüenza.