PAQUITOS

El primer riesgo que enfrenta el título de esta columna es la descalificación, pues algún ego travieso inmediatamente disparará ese gatillo automático que siempre está listo para aniquilar cualquier blanco que sea considerado “superficial”. Pero le haremos el quite diciendo que el diccionario de la RAE (Real Academia Española) registra la palabra historieta como el equivalente más próximo, al definirla como una serie de dibujos que constituye un relato cómico, fantástico, de aventuras, etc. Y aunque el diccionario de la RAE incluye el vocablo cómic (con tilde) como un sinónimo de historieta, la palabra PAQUITO no aparece allí, porque esta palabra es patrimonio cultural del Caribe. Casi todas las personas que saben leer, alguna vez en su vida se han deleitado con la lectura de un PAQUITO.

El recuerdo más lejano que tiene mi memoria de esta curiosa manifestación de lectura me lleva a mis vacaciones de niño en Codazzi, donde mi papá tenía su cultivo de algodón. Allí, frente al almacén “LAS QUINCE LETRAS”, de propiedad de don Lucho Argote y su señora Eugenia Medina, había un negocio de alquiler de PAQUITOS. Bajo la sombra de una lona que intentaba amainar el inclemente calor de Codazzi, los clientes se sentaban en un incómodo taburete a leer historietas de “Santo, el Enmascarado de Plata”, “Tarzan de los Monos” y otros de moda por aquellos tiempos. Para entonces ya me había tropezado con algunos paquitos del Pato Donald, de Tio Rico, El Raton Mickey, Tribilin y otros de corte similar. Habiendo tenido esas experiencias de lectura en Codazzi, mi primer contacto en San Juan del Cesar con los “cuentos”, como también eran conocidos los PAQUITOS, era cuando compraba uno o dos ejemplares en una tienda que estaba localizada en la esquina de “La Virgencita”, al lado de la buchacara de Benedicto Estrada. Todavía recuerdo con diáfana claridad la tarde de un lluvioso viernes, cuando los ahorros de la semana me permitieron comprar tres paquitos que devoré con inolvidable fruición, ya acostado en la cama después de la cena.

Tiempo después, cuando me convertí en estudiante del Liceo de Cervantes de Barranquilla y frecuentaba la casa de mi tía Delfina Ariza de Amaris (Calle 84 # 57-16), casi me desmayo de la impresión. Allí había un closet lleno de paquitos, que don Rafael Amaris Moreno había llenado para complacer a Margarita Rosa, su hija menor. Cuando hice este descubrimiento, se aumentó la frecuencia de mis visitas para pasar en esta casa los fines de semana y cada viernes y sábado instalaba un cerro de paquitos en la mesa de noche, cuya lectura me mantenía en estado de vigilia hasta la madrugada.

En 1976, el mismo año en que me convertí en estudiante universitario, la Editora Cinco de Bogotá inició la publicación en Colombia de las aventuras de KALIMAN en formato de historietas. La historia de KALIMAN se inició en México en septiembre de 1963 como una radionovela. Sus creadores fueron Rafael Cutberto Navarro, un Productor Radial mexicano y Modesto Vásquez González, un locutor, guionista y escritor cubano radicado en México. Modesto Vásquez se inspiró en TAMAKUN, personaje de origen hindú de una famosa radionovela cubana. El éxito de KALIMÁN fue tan grande, que su fama se extendió por toda Latinoamérica. La Cadena Radial TODELAR la hizo muy popular en Colombia. Y en 1965, la radionovela pasa al formato de PAQUITO bajo la autoría de Héctor González Dueñas, su guionista principal, quien usa el seudónimo de Víctor Fox.  A él se debe en gran parte el desarrollo narrativo y el éxito masivo de la historia, pues logra crear para el imaginario colectivo un “héroe blanco” cuya mayor fortaleza es el uso de la mente y la inteligencia. Además, no mata, tiene ética y principios sólidos por encima de sus virtudes de fortaleza física, que también las tiene. KALIMAN encarna la figura simbólica de un Príncipe de la India (semejante a Tamakun) que representa al 7mo. Hombre de la Dinastía de la Diosa KALI. Es educado en un monasterio del Tíbet, bajo la tutela de los monjes Lamas y allí desarrolla y potencia su mente con el aprendizaje de habilidades como la telepatía, la telequinesis y la hipnosis, además de artes marciales, como judo, karate y jiu-jitsu.

Cuando llego a San Juan del Cesar en vacaciones estudiantiles me encuentro con una información muy importante para mí. Jose Guillermo Brieva Urbina, más conocido como “El Mono” Brieva, tenía la colección completa de KALIMAN. Desde el paquito #1 hasta el último que había salido. El Mono nunca prestaba su colección de KALIMÁN, pero logré que hiciera conmigo una excepción. Y bajo la promesa de un extremo cuidado, obtuve el valioso préstamo

Cuando dejé de leer los paquitos de muñequitos (Donald, Tío Rico, Micky Mouse y otros) encontré que los paquitos de KALIMAN transmitían cultura general. Nunca vi en el texto de las historias ninguna falta de ortografía. Y en cada Aventura, el guionista se permitía con el lector un preámbulo para elaborar una didáctica y entretenida reseña histórica y geográfica del sitio de los acontecimientos. Recuerdo que una de sus aventuras, estando KALIMAN en territorio peruano, sirvió para hacerle una broma a mi queridísima amiga Gaby Acurio Revoredo (prima del famoso Chef Gaston Acurio). De repente KALIMAN comenzó a perder paulatinamente los poderes mentales que había adquirido en el Himalaya. Y la razón de esta pérdida sucedía porque se encontraba en el punto geográfico exactamente opuesto (pasando una línea imaginaria por el centro de la tierra) al lugar donde había adquirido esas habilidades, razón por la cual debía alejarse inmediatamente de esa zona.

Paralelo a la lectura de KALIMAN, muchos amigos de juventud practicaban la afición de leer “novelitas de vaqueros”, otra línea de literatura no profunda y estigmatizada. Keith Luger era uno de los autores más leídos por la variedad de sus argumentos, su estilo ágil y una dosis de buen humor en sus narraciones. Otro que disputaba las preferencias del público era Silver Kane, quien a pesar de su estilo “duro”, gozaba de buena acogida, especialmente en los lectores masculinos, al calificar casi siempre como “voluptuosas” a las chicas protagonistas. Y otro con mucho reconocimiento en el medio era Marcial Lafuente Estefania, a quien algunos califican como fantasioso en sus narraciones y con menos versatilidad en sus argumentos, en comparación con los dos anteriores. Curiosamente todos eran españoles. Tal vez por esa proclividad que tenían los caballeros andantes de perder la cabeza por excederse en la lectura de historias de vaquería, como le sucedió a Don Quijote de la Mancha, también en San Juan del Cesar hubo lectores del género que alcanzaron a sufrir trastornos en su comportamiento. Al amanecer de un día cualquiera, un amigo de infancia comenzó a caminar por la Calle del Embudo con el mismo andar que tenían los pistoleros cuando entraban al Salón empujando la portezuela doble para apurar un whisky. Y de repente, ese amigo se volteaba a la velocidad del rayo mientras hacía el ademán de “sacar” su Colt-38 para defenderse de un agresor imaginario. En una lejana tarde de tertulia en el Kiosko Parrandero de Joseito Parody, ese amigo tan versado en la lectura de esas novelas, nos aseguró que una parte de la letra de la canción vallenata “Nido de Amor” había sido extraída de una de las novelas de Marcial Lafuente Estefania. Concretamente se refería al verso del águila. “Por muy alto que vuele y se eleve el águilaaaaaaa, …siempre regresa a su nido con precisión”. Nunca pudimos comprobar la veracidad de su afirmación. Pero si Octavio Daza se inspiró con las “Rimas” del sevillano Gustavo Adolfo Becquer para componer su canción “De rodillas”, la versión escuchada tenía toda la posibilidad de ser verdadera.

La influencia de los PAQUITOS llegó hasta personajes muy queridos, como don “Rurri” Calderon, quien solía valerse de adjetivos muy particulares para adornar sus conversaciones cotidianas. Era frecuente escucharle decir, por ejemplo: ¡Recorcholis…! Para expresar algún impacto emocional. O proferir insultos utilizando expresiones tales como ¡Pillos…! o ¡Granujas…! De allí, que alguna vez hayamos oído decir que el Magistrado Mario hacía gala de un “léxico paquitesco”.

Ya en plena madurez de mi vida profesional, volví a Bogotá a una reunión de trabajo. Y se me dio por llegar a las oficinas de Editora CINCO en Chapinero. Fui con la determinación de comprar la colección completa de KALIMAN, con el propósito de agrupar y empastar los paquitos que conformaban cada Aventura y así devolverle al “Mono” Brieva las cajas que me había prestado. Pero me dijeron que no era posible adquirirla y salí desilusionado de la oficina. Al volver a San Juan, le conté al “Mono” Brieva mi gestión fallida. Y el “Mono” me dijo con mucha emoción en su voz:

Landy, quedate con todos los paquitos. ¡Te los regalo…!

 

 Orlando Cuello Gámez

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