Son las elecciones el acto público más trascendental que puede realizar un Estado en tiempos de paz. Las elecciones son, por naturaleza, el hecho civil con mayor impacto en la vida de la Nación y, en tal consecuencia, su primerísima prioridad para consolidar su vocación de libertad, soberanía y Democracia. Las elecciones son, además, la primera expresión soberana de la voluntad de todo pueblo que se da cita para escoger sus mandatarios en plena aplicación de sus derechos. No es, por lo tanto, cualquier asunto menor el que protagonizará el país este domingo 31 de mayo: será una renovada ocasión para determinar quién será distinguido por intermedio de la sacralidad del voto popular para ocupar el cargo más importante de la Nación.
¿Contra qué se enfrenta el país en esta fecha? Voy a proponer algunos asuntos que no son descubiertos por mí pero que son, de seguro, motivo de preocupación de numerosos colombianos que hoy salen de sus casas para cumplir con el deber de votar y que representan un desafío para las autoridades electorales en dirección a conseguir un proceso eleccionario libre y trasparente, como esperamos todos que sea el que sucederá hoy.
La Polarización, el primer enemigo
La creciente tendencia a dividir el país político en dos tendencias extremas, contradictorias entre sí, ha sido la causa para que el debate escale a niveles de exaltación y violencia que desembocan en situaciones de animosidad francamente perversas para la tranquilidad del país. Si tal condición de enfrentamiento entre extremos se mantiene, o se promueve como hemos visto en curso del presente debate electoral y se exaspera, la gente del común terminará adoptando conductas agresivas que bien pueden conducir a hechos de violencia y desenlaces fatales. Esa inquina desbordada entre candidatos que se disputan la Primera Magistratura y no toleran posiciones contrarias, ni aceptan el diálogo, y en cambio ven sólo la necesidad de destruir al contrario y todo lo que este representa, es el principal promotor de esa división ideológica que terminaría partiendo el país en mil pedazos.
¡De allí a tener que vivir incontrolados y dolorosos enfrentamientos civiles no hay mucha distancia!! ¡Son anuncios inequívocos de conflicto interno y guerra civil, e ignorar esa advertencia es una irresponsabilidad histórica en la que tienen mucho que decir los candidatos enfrentados en los extremos!! Ese sería el panorama más probable si no se buscan escenarios adecuados de encuentro y consenso.
La Desinformación, el nuevo enemigo silencioso
La falta de claridad para las gentes sobre lo que está en juego en las elecciones presidenciales, y en general en todas las territoriales, y en cierta forma la falta de educación política sobre lo que significa elegir libre y soberanamente el gobierno del país, es una peligrosa debilidad. Puede suceder que la masa electora quede expuesta a manipulación de parte de candidatos que gozan de habilidades excepcionales para tramar y convencer al público incauto y carente de pensamiento político sobre iniciativas no necesariamente correctas y convenientes. En peores palabras, diríase que aquella masa electora se presente completamente ignorante de lo que en realidad necesita saber para tomar una decisión correcta sobre la persona por la que piensa votar y termina decidiendo por pura emocionalidad o lasciva conveniencia personal.
Es así que el problema de desinformación tiene efectos perversos en el ambiente electoral, no sólo al respecto de lo que queda por saber sobre los candidatos en contienda, que sería lo mínimo esencial, sino con relación a la claridad y transparencia del proceso eleccionario. Se ha visto, en efecto, cómo surgen “concepciones fantasmas” que afectan la confianza y la credibilidad del público en el proceso: hablo de afirmaciones tan nocivas como aquella que se maneja en las calles sin pudor alguno, según la cual “se van a robar las elecciones”, lanzada con inusitada frecuencia y tranquilidad para anticipar el precipitado imaginario de que alguno de los candidatos “no gane” al final de cuentas. De igual o peor tenor sería aquella sugerencia anticipada de que “habrá fraude”, en la misma previsión de resultados desfavorables. que tal o cual candidato “no gane”. Son afirmaciones ciertamente irresponsables en boca de la gente del común, y mucho peor cuando brotan de la boca de algún candidato que ya se siente en desventaja antes de llegar a las elecciones. Pero será cientos de veces peor cuando haya sido pronunciada por el propio Presidente de la República, temiendo que su candidato “no gane”, siendo que debía estar ocupado en acopiar el máximo de garantías para que el país pueda confiar en transparencia y legitimidad del proceso, en vez de colocar explosivos de desconfianza frente a la tarea que cumplen los organismos del Estado para garantizar unas elecciones pulcras y confiables.
Y se complica el panorama de desinformación cuando los medios y las empresas de medición de encuestas y sondeos presentan datos tendenciosos. Está claro que el papel de las mediciones previas al día de elecciones es puramente informativo y nunca predictivo de un resultado, sin embargo, se desinforma a la opinión cuando se publica información que no necesariamente se ajusta a la realidad, o busca inducir la opinión en favor de determinados favoritos del público, al extremo de atreverse a afirmar que “ya hay un ganador” mucho antes de que se abran las urnas. Claramente se trata de una acción de “distorsión de la realidad” que evidentemente genera confusión pública y puede inducir al error, lo cual debería dar pie para buscarle espacio en el Código Penal. Aquí no cabría el alegato de la “libertad de expresión y de prensa” porque deben colocarse por encima la seguridad pública y los intereses superiores de la Nación.
La autenticidad y la trasparencia, los grandes valores
Un país como Colombia, que vive un tenso período de “calentura política”, no resiste el más mínimo asomo de duda en el proceso electoral. Cualquier fractura en la confiabilidad del proceso puede desatar reacciones hasta ahora no imaginadas, razón por la cual corresponde a los organismos del Estado establecidos para el efecto ocuparse de que el trabajo de escrutinio y promulgación de resultados se haga de manera impecable. De allí lo cuestionable de la afirmación presidencial de que “si su candidato no gana las elecciones es porque habrá fraude”. Tal aseveración, en caso de que llegase a suceder una aberración de esa clase, solo puede conducir a levantamientos populares el mismo día de las elecciones, y la responsabilidad penal que pueda caber será del Presidente y sólo de él, dado el tamaño de la imprudencia cometida al hacer volar en pedazos la confianza en los dos más grandes valores del proceso electoral: la autenticidad y la trasparencia.
Por fortuna, la mayor parte del proceso se hace de manera manual, con una inmensa participación de ciudadanos que cuentan los votos y consignan los resultados en los formatos correspondientes. No habría manera de alterar ese resultado puesto que la constancia queda allí, en las actas de cada mesa de votación, y se pueden revisar cuantas veces sea necesario. Luego, afirmar que “habrá fraude” o que “se robarán las elecciones” es desconocer de plano la transparencia y pulcritud con que se hace el proceso manual. Pésima postura la del Presidente.
Viene enseguida la sistematización de los datos y los acumulados para informar “resultados de pre-conteo” que, en efecto y por primera vez, pueden dar noticia casi inequívoca de “un ganador”. Pero no es el pre-conteo el proceso que elige, porque hace falta aún el escrutinio final, aquel en el que intervienen jueces de la República y personal de la Rama Judicial, para verificar los datos que tienen a la vista y que provienen de las mesas de votación de todo el país, para luego producir un veredicto final. En tal escrutinio, los ciudadanos pueden estar presentes como testigos para asegurar, otra vez, la transparencia del proceso. Entonces sí vendrán las máquinas que sumarán en milésimas de segundo los datos confirmados y darán un resultado final. Es el Escrutinio, en consecuencia, la instancia legal que entrega resultados válidos, y será el Consejo Nacional Electoral la única autoridad que elige y no otra.
Al CNE, que es la autoridad que rige el proceso, así como a la Registraduría Nacional que acopia los datos, les queda aún la misión de enfrentar serios desafíos frente a la intervención indebida de funcionarios gubernamentales, o frente a la custodia de los datos de resultado, o frente a posibles irregularidades que puedan presentarse en el proceso, o frente a cualquier intento de sabotaje electrónico, o frente a las alteraciones de orden público que terminen coartando la libertad de los votantes. Se presume, naturalmente, que están mejor preparadas cada vez para enfrentar cualquier contingencia que afecte la confiabilidad del proceso, a lo cual se aporta la experiencia acumulada durante décadas, su capacidad técnica y su idoneidad, garantías éstas que se cobijan en la autonomía e independencia de la que gozan dichas instituciones dentro de la estructura del Estado. No procederá, en consecuencia, ninguna intervención amañada del Ejecutivo y de ningún otro poder del Estado para tratar de moldear resultados o generar desconfianza.
Se elige, pues, un nuevo Presidente que debe asumir la Jefatura del Estado y el liderazgo del Poder Ejecutivo, lo cual le convierte en el primer responsable de los destinos de la Nación, para lo cual cuenta con el respaldo de las Instituciones y el recurso orientador de la Constitución y la Ley.
Pero hay más. Ya no son los tiempos en los que los países vivían hacia el interior de sus fronteras, sino que hacen parte de un contexto regional, continental y global del cual no pueden abstraerse. Quiere decir que el Presidente que se elige hoy aquí será también el líder y capitán de las relaciones de Colombia con los países del mundo. En efecto, unas elecciones nacionales –de Presidente, en este caso- tienen repercusión en todo el Continente y en el contexto global. Lo que se decida aquí en las urnas tendrá efectos en el contexto global, tarde o temprano, dígase en términos de geopolítica regional y global, dígase en términos de economía global y relaciones de negocios, dígase en términos de dinámicas sociales, migraciones y bienestar general. Un Presidente elegido aquí es una ficha que ha de moverse con tino y acierto en el tablero global, porque hace parte del juego, lo entienda o no, le guste o no, y deberá hacer sus movimientos con la clara e inequívoca convicción de que estarán primero los principios e intereses de su Nación, aquella que le entregó el Mandato. Allá en cada país estarán pendientes de lo que aquí suceda, así como a nosotros nos corresponde estar al tanto de los que sucede a nuestro alrededor. Así funcionan las cosas.
Lo dicho aquí hoy nos sirve para dimensionar la gravedad y trascendencia que tiene el acto de elegir Presidente en la actualidad, y elegir ojalá a la persona correcta. La oportunidad es una sola y no tiene marcha atrás. Si acertamos o nos equivocamos es una responsabilidad que asumirá cada cual, en virtud de la libertad que le asiste a cada quién para decidir lo que crea mejor.

