Entre el balance del Gobierno, la persistencia de la violencia, la fragilidad económica y una polarización cada vez más rígida, Colombia llega a la primera vuelta presidencial con más incertidumbre que consensos, este 31 de mayo con la impresión de estar eligiendo un relevo en la Casa de Nariño, lo que está en juego no es solo el nombre del próximo presidente, sino la lectura que el país haga de estos cuatro años de cambio; la elección se convirtió en un juicio sobre el presente y, al mismo tiempo, en una apuesta incierta sobre el futuro, las últimas encuestas disponibles antes de terminar el período mostraban un patrón relativamente claro: el oficialismo conserva la posibilidad de encabezar la primera vuelta, pero no de cerrarla; la derecha busca convertir el desgaste del Gobierno en mayoría; y el centro sigue sin encontrar una posición políticamente decisiva. Más que una disputa puramente programática, esta campaña ha terminado organizada alrededor de percepciones de riesgo, expectativas de corrección y estados de ánimo colectivo que pone en evidencia las emociones de un país.
Después de un breve contexto que explica buena parte del momento político decisivo de nuestro país, me permito anexar el concepto personal del panorama político que transita desde la Guajira hasta el amazonas; la izquierda llega con el argumento de las reformas sociales, la transición energética y una agenda más redistributiva, la derecha, en cambio, ha encontrado en la inseguridad, en la incertidumbre fiscal y en el malestar de amplios sectores productivos un terreno fértil para presentarse como sinónimo de orden, autoridad y confianza, el centro, que durante años aspiró a representar una salida de moderación, llega reducido a una promesa de sensatez que no logra conectarse con un país que aunque este cansado, no se queda en el centro; al final Colombia es un país de extremos.
La seguridad sigue siendo el punto más delicado del balance nacional, la promesa de la “paz total” chocó con la persistencia de estructuras armadas, economías ilegales y vacíos de control estatal en amplias zonas del territorio, La MOE identificó 170 municipios con riesgo por coincidencia de factores de fraude y violencia, y en los días finales de la campaña advirtió que 386 municipios concentran los mayores niveles de riesgo electoral. La Defensoría del Pueblo, por su parte, ha insistido en que el problema no es solo la posibilidad formal de votar, sino las presiones ilegales sobre candidaturas, liderazgos sociales y ciudadanía en regiones donde la presencia armada sigue condicionando la vida pública, en nuestro país, la seguridad no puede seguir tratándose como una consigna más de campaña, sino como la prueba más concreta de la capacidad del Estado para ejercer autoridad legítima.
La inversión terminó convertida en uno de los lenguajes centrales de esta conversación; para los gremios y buena parte del empresariado, el ciclo de Gustavo Petro deja un saldo inestable, algunos reconocen la centralidad que adquirió la agenda social, pero cuestionan la inestabilidad regulatoria, la incertidumbre fiscal y la relación conflictiva con sectores productivos, el próximo gobierno, cualquiera que sea su signo ideológico, heredará la obligación de reconstruir confianza sin desconocer la presión social que sigue empujando demandas de redistribución, presencia estatal y mayor equidad. ¿la verdadera discusión no es si Colombia necesita crecimiento o justicia social? sino si será capaz de ambas cosas sin seguir erosionando la confianza pública y privada, debemos; producir, invertir y trabajar.
Durante cuatro años se habló de la reforma agraria, la transición energética, la desigualdad territorial y la justicia social y algunos indicadores sociales muestran mejoras, pero esos avances conviven con límites evidentes: reformas incompletas, ejecución deficiente, alta confrontación institucional, dudas sobre el manejo de sectores estratégicos y una seguridad que no mejoró al ritmo prometido, no hay dudas que la izquierda conserva capacidad de movilización, pero carga el desgaste de gobernar, la derecha ha sabido interpretar el cansancio de amplios sectores rurales, urbanos y empresariales, la inseguridad y la violencia como protagonista, aunque todavía debe probar que ofrece algo más y el centro sigue hablando de equilibrio en un escenario dominado por la conmoción.
Nuestro país llega a la hora de la verdad con una democracia que conserva vitalidad, se puede sentir en la participación masiva de aspirantes a la presidencia y la diversidad de sus fórmulas para vicepresidentes, pero acosa el agotamiento con una economía que resiste, aunque no despega con la fuerza necesaria para lograr equilibrios, con un Gobierno que alteró la conversación nacional, pero no consiguió ordenar el país a la altura de sus promesas; y con una oposición que capitaliza ese desgaste, en vez de unir dividen, todavía no demuestra de manera suficiente la consistencia de ser una alternativa para definir! El votante no decidirá únicamente entre nombres, coaliciones o ideologías, decidirá qué clase de corrección quiere para nuestro país y cuál de sus temores considera más urgente atender.
Por eso conviene decirlo sin rodeos; la abstención no es una reserva moral, ni una elegante forma de distancia a la política, en una democracia fatigada, abstenerse en la práctica es dejar que otros decidan el tamaño del país que soñamos, si algo ha demostrado Colombia en los últimos años es que el malestar social, por sí solo, no corrige el rumbo, necesita traducirse en participación, en mandato, en ciudadanía activa, por eso, más que una estadística, ¿la abstención no puede ser una prueba de responsabilidad colectiva? Este domingo 31 de mayo el resultado es la disposición de los colombianos, para demostrar que el voto es el único instrumento que nos permite hacernos cargo de nuestro propio destino; con sentimiento, cultural y de pueblo mi opinión para ti.
Yarlin Carolina Díaz Bonilla

