La reciente oleada de violencia entre Estados Unidos, Irán e Israel, han dejado en evidencia las voces de políticos que muestran su cara más peligrosa y otros que hacen ver que hay esperanza en la población. La postura del presidente de España ante el ataque de un país soberano como Irán, muestra que a pesar de no estar de acuerdo con la manera en cómo se administra un país, la guerra jamás el camino.
El presidente de España señaló que los políticos están es para solucionar los problemas de la gente, no para agrandar los existentes o crear otros nuevos. Me pareció supremamente interesante que dijo: “la política debe volcarse a los hospitales y las escuelas en lugar de a la guerra”, esta sin dudas, es una voz que resuena como un eco de sensatez en un mundo fatigado por el conflicto.
Sin embargo, al aterrizar este ideal en nuestros territorios y entendiendo que en La Guajira y en el municipio de Fonseca, la «guerra» no se libra con fusiles, bombas y amenazas nucleares, sino a que se da a través de una encarnizada disputa entre maquinarias políticas por el control del poder.
En estos pueblos no hay otra cosa distinta al poder y la representatividad de este. En las administraciones municipales de los pueblos de La Guajira no hay más que un salario. En realidad, sigo sin entender porque al aspira a ocupar un cargo público se gasta tanto dinero, fuerzas y energías en una nueva campaña electoral, si no se van a solucionar los problemas reales de la gente, ¿para qué quieren el poder? ¿están los candidatos ofreciendo soluciones reales o estamos ante un nuevo ciclo de engaño sistemático?
El panorama actual es desalentador. Fonseca se encuentra en un «limbo» administrativo tras el fallo que anuló la elección del alcalde, pero, mientras la sociedad global evoluciona hacia modelos de bienestar, la política local parece involucionar hacia el reciclaje de nombres y estructuras que ya le han fallado al pueblo.
En esta nueva contienda, los posibles precandidatos parecen repetir el mismo viejo libreto. Se vuelve nuevamente a habla de invertir en seguridad, de invertir en educación, en las mismas vías que deberían estar construidas hace años; se vuelve a hablar de las mismas canchas, los mismos parques, los mismos problemas de hace 20 años. Y lo peor del caso es que, casi ninguno especifica de dónde saldrá el dinero ni cómo ejecutará las transformaciones estructurales en el escaso año y medio de gobierno que resta.
La administración de los últimos dos años fue el ejemplo preciso de como todo se puede quedar en promesas. Afortunadamente las redes sociales tienen una memoria infinita, que la ficha por la cual se juegue ese equipo político el intento por la continuidad de esta administración, tendrá al menos una memoria critica de ellos mismos, cuyo karma los cargará y les sonará todos los días en las notificaciones de sus celulares.
Lo realmente cierto es que, para las próximas elecciones locales, proponer grandes obras sin sustento fiscal y bajo el patrocinio de las mismas maquinarias que han sumido al municipio en dos elecciones atípicas en menos de tres años es una falta de respeto a la inteligencia del elector.
Como sociedad, debemos ponerles atención a las palabras del presidente de España y entender que los políticos están para solucionar los problemas de la gente, no para aumentarlos. Ya hemos permitido que la política en Fonseca sea una transacción de favores y no una construcción de comunidad. Si queremos hospitales, parques, carreteras y escuelas, el camino no es validar a los herederos del desorden institucional. El verdadero avance de Fonseca depende de un castigo social en las urnas, un voto de conciencia que rechace a quienes ven el presupuesto público como una caja menor para lujos personales. Solo cuando el mérito pese más que el padrino político, Fonseca podrá dejar atrás su propia guerra interna y empezar a sanar sus necesidades más básicas. En estas elecciones, el engaño solo prosperará si el silencio ciudadano lo permite.
José Armando Olmedo

