Tengo por costumbre leer lo que me recomiendan mis amigos. Uno de ellos siempre carga en su mochila un libro y, a mí particularmente, me genera curiosidad saber qué está leyendo. En una ocasión recuerdo que ya nos habíamos despedido sin hacerle la pregunta de siempre; al punto que fue él quien, sin ser indagado, sacó de su mochila un ejemplar cuya carátula negra dejaba ver un rostro enigmático, acompañado de unas letras blancas que distinguían el nombre del autor y, en la parte inferior, unas letras rojas donde se indicaba el título de la obra. Antes de montarse a su carro, exhibiéndolo como un trofeo, sin vacilar me exclamó: “¡Es el mejor libro del mundo!”.
Recuerdo que lo busqué durante años de manera infructuosa, hasta que un día cualquiera, en Barranquilla, terminada mi jornada de consultorio jurídico, sin proponérmelo, caminando por una de esas calles del centro de la ciudad, entre repisas improvisadas y repletas de enciclopedias y libros de indistintos contenidos, lo divisé. Ahí estaba, como un hallazgo afortunado que no dudé en comprar y atesorar hasta el día de hoy.
Eran Cartas a su hijo, de Lord Chesterfield: un compendio literario que, con brillo, sutileza y elegancia, aborda el tema de las buenas maneras, la cortesía y la urbanidad. Escrito en una prosa que deleita, su lectura nos sumerge en un paisaje formativo donde cada consejo, lejos de ser una fórmula rígida, se revela con natural utilidad a medida que avanzamos en sus páginas.
Corría la década de 1740 cuando Philip Stanhope, Conde de Chesterfield, escribía desde Londres a su hijo natural, residente en París. Las cartas eran entonces el único puente posible: su condición de hijo extramatrimonial impedía el contacto directo y la enseñanza a través del ejemplo cotidiano. Fue en ese intercambio epistolar donde se revela un padre afectuoso, que acompaña con paciencia, inteligencia y delicadeza la formación de su hijo.
Para el lector contemporáneo resulta necesario considerar el contexto cultural, social y político de la Europa de entonces; sin embargo, sorprende la vigencia de la mayoría de sus recomendaciones. Como él mismo lo advirtió en una de sus misivas: “aunque varíen las costumbres, la esencia del carácter humano es la misma desde el fondo de los tiempos”.
Quizás por esos hilos invisibles del destino, aquella correspondencia privada vio la luz en 1774, otorgándole fama póstuma a Lord Chesterfield y dejándonos un legado que trasciende su tiempo: la convicción de que educar no es solo instruir, sino formar carácter.
Y es ahí donde el libro deja de ser literatura para convertirse en espejo. Porque en una época donde la forma se confunde con superficialidad y el fondo con rigidez, hemos terminado justificando la grosería como autenticidad y la falta de carácter como libertad.
Nos hemos acostumbrado a una sociedad donde decir lo primero que se piensa es celebrado, donde la cortesía se mira con sospecha y donde las buenas maneras parecen un vestigio inútil de otra época. Como si la educación fuera un disfraz y no una estructura.
Pero no.
La forma también es fondo.
Y el carácter no se improvisa.
Por eso, leer hoy a Chesterfield no es un acto de nostalgia, es un acto de resistencia.
Porque mientras el mundo se vuelve cada vez más ruidoso, más impulsivo y más vulgar, hay algo profundamente subversivo en quien decide pensar antes de hablar, comportarse antes de imponerse y formarse antes de opinar.
Y en medio de tanta ligereza, vale la pena recordar – sin romanticismos – que una vida entregada únicamente al placer no solo es vacía: es profundamente despreciable.
José Jorge Molina Morales

