¡Ah, Cartagena! Ciudad de murallas, historia y, últimamente, el escenario favorito para los episodios más memorables de la telenovela presidencial. El pasado 27 de marzo, la Base Naval ARC «Bolívar» se vistió de gala —no para un acto de Estado, claro, eso sería demasiado aburrido— sino para la presentación en sociedad del nuevo juguete de la Casa de Nariño: el buque ARC «24 de Julio», rebautizado extraoficialmente por el pueblo colombiano como «El Capricho de la Niña Petro».
Porque en este Gobierno del Cambio, hasta los buques de guerra tienen madrina de quinceañera.
Y vaya madrina. Antonella Petro Alcocer, cuya hoja de vida institucional se resume en cuatro palabras: hija de quien es. Sin méritos militares, sin trayectoria institucional, sin aparente conocimiento de en qué extremo de un barco va la proa —pero con un apellido que en la Colombia del Cambio vale más que veinte años de carrera naval. Los almirantes, curtidos por décadas de servicio y disciplina, firmes bajo el sol caribeño, tuvieron que hacer lo que mejor saben: aguantar.
Y aguantaron. Aguantaron el protocolo improvisado, aguantaron la foto familiar presidencial disfrazada de acto oficial, y aguantaron —con una entereza digna de mención en hoja de vida— contemplar la entrada triunfal de la «infanta». Un caminado que, con todo el respeto del mundo, parecía la audición rechazada de una película de Tim Burton: ni elegancia, ni soltura, ni el mínimo ensayo previo. Solo la seguridad absoluta de quien sabe que nadie en esa base le va a decir nada, porque papá firmó el decreto.
La botella se rompió. El buque quedó bautizado. Y con él, una tradición más de nuestras Fuerzas Militares convertida en utilería para el álbum familiar del señor presidente.
Lo irónico —o lo tragicómico, según el nivel de cinismo que tenga usted a esta hora— es que el ARC «24 de Julio» lleva el nombre de la Batalla del Lago de Maracaibo, uno de los hitos más gloriosos de la soberanía latinoamericana. Qué mejor homenaje a esa gesta histórica que entregarle el protagonismo simbólico del acto a la encarnación más vívida del capricho presidencial. Bolívar, desde donde esté, debe estar tomándose un analgésico.
Por fortuna, no todos en el Congreso estaban ocupados aplaudiendo. El senador electo Germán Andrés Rodríguez Prieto, oficial de verdad con rigor de verdad, ya radicó un derecho de petición exigiendo saber quién ordenó esto y bajo qué criterio institucional se tomó semejante decisión. La respuesta, cuando llegue — si llega— probablemente invoque alguna directiva interna de la Oficina Presidencial de Eventos Familiares con Pretensiones Republicanas, dependencia no contemplada en la Constitución pero que claramente opera con presupuesto propio.
Al final, el mensaje del Gobierno quedó cristalino: las armas del Estado no son instrumentos de soberanía. Son regalos de cumpleaños de lujo pagados con plata pública.
Mientras la patrullera surca el Caribe, Antonella ya debe estar practicando para el próximo evento. Porque si hay algo que este Gobierno tiene claro, es que Colombia necesita más madrinas de buque y menos almirantes con criterio.
¡Viva el Cambio! Donde la meritocracia es un chiste y el nepotismo es política de Estado.
Abel Enrique Sinning Castañeda

