Existe un lugar común que reduce la literatura a un refugio emocional, una suerte de consuelo frente a la intemperie del mundo, bajo el consuelo del delirio. Sin embargo, Disrupciones, de Arcesio Romero Pérez, desmonta esa simplificación y propone algo más exigente: la narración como una estructura profunda de la experiencia humana, la memoria que arrastra a los pueblos; no como ornamento, sino como una raíz invisible que sostiene aquello que parece estable y duradero. En este libro, la ruptura no es un accidente es una luz al fondo: un principio organizador de su propio universo.
Cada relato esconde un deseo, cada cuento está atravesado por un quiebre que altera la normalidad y obliga a reconfigurar el sentido. En este gesto, la obra se sitúa en una tradición que reconoce la hendidura como condición constitutiva de la vida social en La Guajira, pero también en Europa, esta idea ha sido abordada desde distintas perspectivas. En el libro de antropología estructural, Claude Lévi-Strauss, en el capítulo “La estructura de los mitos” (1955), afirma que las sociedades producen relatos para dar forma a aquello que las desestabiliza; el mito no elimina la ruptura, sino que la integra a su ser. En ese cuadro, Disrupciones funciona como un plano simbólico donde la crisis adquiere legitimidad como un huir de la vida y la rutina
Como lectores, advertimos una afinidad evidente con Gabriel García Márquez, aunque no subordinada. En Cien años de soledad, lo extraordinario no interrumpe la realidad, sino que la constituye. Del mismo modo, en Romero Pérez, la irrupción —como hablar con un muerto o atravesar umbrales— no destruye el orden narrativo, sino que lo redefine como una deuda. La diferencia radica en la mediación de la voz: mientras García Márquez confía en la potencia de la imagen, Romero Pérez privilegia una oralidad que amaina la voz, que acompaña, que explica, que socializa y otorga sentido a las palabras y el vaivén de la vida.
Sobra decirlo, esta oralidad se articula con una dualidad territorial. Por un lado, aparecen los relatos en Europa, lo novedoso a lo extremo, donde se presupuestan las palabras y los suspensos, la disrupción se manifiesta como una crisis de identidad individual. Por otro, los cuentos anclados en el territorio de La Guajira, donde la ruptura adquiere un espesor colectivo, afectando el honor, la memoria y la fe como nunca otra vez. Lo urbano es inmediato e inminente; en contraste, los relatos ambientados en La Guajira son sedimentarios, más propicios para que la oralidad establezca su dominio. Sin embargo, en ambos casos opera una epifanía final que obliga al lector a adentrarse y reinterpretar la historia.
Ahora bien, esta tendencia del autor a dar un giro y un espacio a la tradición oral, lo que implica asimismo la necesidad de hacerse comprender con la pura verdad de sus personajes o lo que parece serlo. La palabra cumple una función social, el rumor de vida: no solo narra, sino que también ordena y transmite. En este territorio, los espacios —la plaza, la casa, las calles polvorientas de barrancas, el velorio, la cocina, el río— no son simples escenarios, sino sistemas de sentido. La muerte es tránsito y paso a otro estado, el amor es otro demonio que rara vez exonera de culpas y la política se degrada hasta lo grotesco de la mierda. La literatura en Arcesio Romero, entonces, no describe la realidad, sino que la produce en su entrno natural. Esta operación dialoga con una genealogía de influencias que el propio autor reconoce: desde Antón Chejov y Edgar Allan Poe, hasta la huella latinoamericana de Julio Cortázar y Gabriel García Márquez.
En suma, el libro de cuentos Disrupciones propone una ontología muy personal de la inestabilidad: la certeza es frágil, y la identidad, el amor y la fe pueden desmoronarse en cualquier instante de la vida. Narrar, entonces, se convierte en un acto de resistencia civil: que permite otorgarle a la fractura de la vida, la posibilidad de ser habitada.
A continuación, se presenta un breve intercambio con Arcesio Romero Pérez que permite comprender el amarre de sus relatos, sus influencias y el proceso de universalización de historias locales.
¿Alguna de las historias del libro está basada en hechos reales o en personas que usted conoció?
Sí, claro, muchas de las historias sucedieron con personas del pueblo de Barrancas, familiares cercanos. Dentro de eso se encuentra la muerte de El vire, un familiar lejano de mi madre. Está también el cuento de Tropel Eléctrico, que fueron unos sucesos alrededor de los fenómenos de la administración del servicio a la energía eléctrica, que estaba a cargo de mi mamá. Por otra parte, el cuento agravio residencial es la narración de unos hechos escatológicos sobre que le sucedieron a una familia conservadora de Barrancas y que sirvió de base para la construcción de la historia de ficción.
¿Qué autores o lecturas influyeron en la forma en que usted escribe estos cuentos?
Bueno, muchos de los cuentos tienen un corte e inspiración desde Chejov hasta Edgar Allan Poe, hasta historias algunas recurrentes y distintópicas del cuento costumbrista de García Márquez o un estilo de choque al final, al estilo de Cortázar, cuya obra siempre ha sido lector y ha tenido una influencia muy notable.
¿Cómo fue el proceso de convertir historias locales de La Guajira en relatos que puedan ser leídos por cualquier tipo de lector?
Sobre la última interrogante es importante señalar que la dificultad reposa en lograr que los cuentos de una aldea, de lo cercano y lo cotidiano, puedan ser entendidos y expresados en una comprensión universal. Es uno de los mayores retos que tienen los autores; por ello, es fundamental transitar por el proceso de reescritura, relectura y revisión constante, con el fin de construir puentes entre el lenguaje común y el entendimiento universal del significado.
En estas respuestas se corrobora el núcleo del libro: la disrupción no es solo un recurso estético, sino una experiencia vivida que, al ser narrada, se convierte en una forma compartida de comprensión del mundo y de la guajiridad.
Limedis Castillo Mendoza

