LA TEMPERATURA DE LO HUMANO: SOBRE LA POLÍTICA SILENCIOSA DEL CUIDADO

A veces solo basta una persona, o una orquesta, para impedir que el mundo termine de endurecerse por completo.

Porque hay momentos en la vida en que una descubre lo fácil que resulta ser descartada.

Descartada por el lugar de donde viene.

Por el acento.

Por la historia que carga en el pasaporte.

Pero también, y quizás más dolorosamente, descartada en su propia tierra. Por aquello que es.

Por las convicciones.

Por las luchas.

Por negarse a doblar la dignidad frente a lo injusto.

Por insistir en que el interés colectivo debería estar por encima de la comodidad individual.

Por conservar cierta terquedad ética en un mundo que constantemente premia la renuncia silenciosa de los principios.

Hay países donde defender ciertas ideas convierte a las personas primero en incómodas y después en objetivo.

Y entonces una aprende algo extraño:

que el exilio no siempre comienza cuando se cruza una frontera.

A veces empieza mucho antes, en el instante exacto en que una deja de caber dentro de la normalidad que otros esperan.

Quizás por eso aquel gesto fue tan profundamente humano.

Porque un ser extraño posee una sensibilidad poco común: la capacidad de ver aquello que muchas veces el mundo aprende a ignorar.

No nos miró desde la sospecha ni desde el prejuicio.

Nos miró desde el reconocimiento del otro.

Y quizás eso fue lo más conmovedor de todo.

Porque hay personas que atraviesan la vida observando apenas la superficie de los otros; pero existen algunas, muy pocas, que conservan intacta la capacidad de percibir el cansancio, la dignidad, la fragilidad y también la fuerza silenciosa que habita en ciertas historias.

Este ser extraño es una de esas personas.

Tal vez su trabajo con organizaciones sociales le ha enseñado a escuchar aquello que no siempre se dice con palabras. O quizás sea esa forma tan profundamente suya de habitar el mundo.

En tiempos donde tantas personas pasan de largo frente al dolor ajeno, encontrar a alguien capaz de detenerse, reconocer y cuidar tiene algo extraordinariamente admirable.

Ser reconocidos después de haber atravesado tantos espacios donde una se siente reducida, explicada o juzgada… tiene algo, sin duda, sumamente reparador.

No hizo falta demasiada grandilocuencia.

Solo sensibilidad.

La sensibilidad de quien sabe percibir el cansancio detrás de ciertos silencios. De quien comprende que algunas personas llegan agotadas no solamente por el viaje, sino por años enteros sosteniendo convicciones en medio de estructuras que intentan quebrarlas.

Todo comenzó con el ser extraño.

Con su manera tranquila de abrir espacio.

Con esa hospitalidad serena que no busca protagonismo.

Y luego, lentamente, empezaron a aparecer los demás.

Como suele ocurrir en las orquestas.

Primero solo un instrumento.

Después otro.

Y otro.

Hasta que algo colectivo empieza a respirar.

Entonces llegaron las conversaciones después de los ensayos.

Las visitas.

La preocupación genuina.

La música compartida.

Las pequeñas formas del cuidado cotidiano.

Y entendí algo que desmiente por completo ciertos lugares comunes sobre Alemania: hay personas aquí cuya sensibilidad es profunda.

No necesitan exhibir emociones todo el tiempo para demostrar calidez.

La practican.

La sostienen.

La convierten en actos concretos.

Quizás esa sea una de las formas más honestas del afecto.

Porque cuidar a alguien desconocido, en tiempos donde el mundo se vuelve cada vez más individualista, también es una postura política y moral. Una forma silenciosa de decir: todavía creemos en los otros.

Hoy pienso en la que hoy también es mi orquesta y siento que la música nunca estuvo solamente en los instrumentos.

Estaba en la manera en que cada persona fue entrando poco a poco para sostener algo invisible, pero esencial: la dignidad humana.

Y quizás eso sea finalmente lo que más permanece.

No los discursos.

No las etiquetas.

No las fronteras.

Sino esos seres humanos capaces de reconocer, incluso en medio de tanta dureza del capitalismo, que ninguna persona debería sentirse sola por defender aquello en lo que cree.

Hoy mis condiciones actuales, materiales y espirituales, son también el resultado de una batalla política que ocurre lejos de mis grandes escenarios visibles. Porque el sistema no solo administra economías, territorios o cuerpos; nos ve como mercancías, donde todo se compra y todo se vende. También intenta modelar la sensibilidad, domesticar el pensamiento y vaciar lentamente la capacidad de contemplar lo esencial.

Nos empuja a vivir en la superficie: producir rápido, consumir rápido, sentir rápido y olvidar rápido. Todo parece diseñado para que no tengamos tiempo de preguntarnos qué hay debajo de lo que no vemos.

En medio de eso, cobra sentido para mí aquella estrofa de Aida Bossa: “no es blanca ni negra, la vida es de colores, muchos colores”.

Y quizá por eso impacta tanto encontrarse, aunque sea una vez, con alguien que no nos miró desde la utilidad ni desde la superficie, sino desde el reconocimiento. Una persona capaz de percibir aquello que otros no ven.

Y quizás sea justamente ahí donde algunas personas abren pequeñas grietas contra el sistema: en recuperar la profundidad. En volver a sentir sin cinismo. En pensar críticamente sin perder la ternura. En no permitir que la velocidad del mundo destruya la capacidad de contemplar.

Porque hay hombres y mujeres que todavía se detienen a mirar por debajo de la superficie, y esa simple acción, aparentemente pequeña e imperceptible, puede convertirse también en un acto silencioso de revolución.

Luisa Deluquez

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