LA DINÁMICA DEL ÍMPETU Y LA POLÍTICA

Hace más de seis décadas, Thomas Kuhn nos demostró que la ciencia no avanza en línea recta. Lo hace a saltos, entre periodos de “ciencia normal” y rupturas que él llamó revoluciones paradigmáticas. Lo que pocos recuerdan es que la política, esa otra disciplina de lo posible, obedece a la misma gravedad. Hoy, con el país atravesando un 2026 marcado por la fatiga institucional, la aceleración de demandas no resueltas y una polarización que ya no dialoga, sino que colisiona, conviene leer nuestra coyuntura no como un caos sin brújula, sino como la dinámica del ímpetu: ese instante exacto en que el viejo paradigma ya no sostiene y el nuevo aún no termina de nacer.

Kuhn entendía los paradigmas como los marcos invisibles que organizan lo que una comunidad da por sentado. En política, ese paradigma es la arquitectura de pactos, la narrativa dominante sobre el Estado, la economía, la seguridad y lo legítimo. Durante años, operamos bajo una “política normal”: ciclos electorales predecibles, debates acotados, ajustes técnicos que pretendían gestionar el malestar sin cuestionar las reglas del juego. Pero la normalidad política, como la científica, es frágil. Basta con que se acumulen anomalías.

Las de este ciclo son difíciles de ignorar: la desconexión entre indicadores macro y la precarización cotidiana, la erosión de la confianza en los canales tradicionales de representación, la judicialización de la controversia pública, la fragmentación de las mayorías y el surgimiento de voces que ya no hablan el idioma del consenso poscrisis. Cada una, por separado, era administrable. Juntas, exponen los límites del modelo. Y cuando un sistema no puede digerir sus propias contradicciones, entra en crisis. No una crisis de calendario, sino de paradigma.

De ahí el ímpetu. Ese empuje desordenado, a veces visceral, que recorre las plazas, las asambleas locales, las redes y hasta los despachos. No es improvisación; es la búsqueda de un nuevo lenguaje político. Pero aquí yace el peligro y la oportunidad. Kuhn advertía que las revoluciones paradigmáticas no son automáticas: exigen un esfuerzo colectivo de reinvención, de traducción, de construcción de instituciones capaces de sostener lo nuevo. El ímpetu sin arquitectura se disipa en ruido; el ímpetu sin memoria reproduce los errores del viejo orden con otro ropaje.

Desde nuestra región, donde el Estado ha sido históricamente más promesa que máquina, esta transición exige humildad y oficio. No basta con derribar; hay que pactar lo indecible, medir lo urgente sin sacrificar lo estructural, y entender que la legitimidad ya no se hereda por antigüedad, sino que se conquista por capacidad de respuesta. Las fuerzas que hoy lideran el cambio deben responder una pregunta incómoda: ¿qué paradigma ofrecen cuando el ímpetu inicial se enfríe? Porque la historia no premia a los que solo saben romper, sino a los que saben sostener.

La política nacional no está cayendo; está mutando. Y en toda mutación hay dolor, pero también posibilidad. Si miramos este momento con la lente de Kuhn, dejamos de ver solo caos y empezamos a ver proceso. El ímpetu es necesario, pero insuficiente. La verdadera revolución no está en el grito inicial, sino en la paciencia de construir el nuevo sentido común. El país no necesita más rupturas por inercia. Necesita, con urgencia, una política que se atreva a pensar el día después.

 

 Arcesio Romero Pérez

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