La pluma dorada de La Guajira plasma hoy la página en blanco con la tinta fina de su pensamiento con una reflexión necesaria sobre la Colombia que se acerca a unas nuevas elecciones presidenciales. Un país profundamente dividido entre dos visiones políticas, sociales y económicas que durante años han marcado el rumbo de nuestra historia: la derecha tradicional que gobernó durante décadas y una izquierda que surge como consecuencia directa de los errores, exclusiones y desigualdades que esa misma derecha ayudó a construir.
No se puede analizar el presente político de Colombia sin revisar el pasado. Durante muchos años, el poder estuvo concentrado en los mismos sectores económicos, en los mismos grupos políticos y, muchas veces, en los mismos apellidos. Colombia creció bajo un modelo donde las oportunidades parecían reservadas para una élite privilegiada mientras millones de ciudadanos sobrevivían en el abandono estatal, la pobreza y la exclusión.
Las comunidades indígenas, afrodescendientes, campesinas y los sectores populares aprendieron a resistir en medio del olvido. Resistieron el clasismo, el racismo y la desigualdad estructural de un país donde, históricamente, estudiar, acceder a la tierra, tener representación política o construir empresa parecía un privilegio y no un derecho. Muchos territorios fueron despojados en nombre del progreso económico, mientras las grandes riquezas del país continuaban concentrándose en pocas manos.
La izquierda que hoy gobierna no apareció de la nada. Es, en gran medida, el resultado de una sociedad cansada de la exclusión y de una ciudadanía que decidió reclamar espacios que durante años le fueron negados. La llegada de sectores alternativos al poder representar para muchos colombianos la posibilidad de ser vistos, escuchados y reconocidos dentro de una nación que por décadas les dio la espalda.
Sin embargo, esta realidad también ha profundizado la polarización. El debate político en Colombia ha dejado de centrarse muchas veces en propuestas para convertirse en una confrontación marcada por el odio, el resentimiento y la descalificación. Hoy vemos una derecha ansiosa por recuperar el poder y una izquierda decidida a mantener los espacios conquistados. Pero la verdadera pregunta que debe hacerse el país no es quién gana una disputa política, sino qué modelo de nación queremos construir.
Preocupa que todavía existan discursos cargados de desprecio hacia los sectores populares, hacia los pueblos indígenas o hacia quienes históricamente han sido marginados. Expresiones despectivas que algunos consideran menores reflejan en realidad una visión profundamente arraigada de superioridad social y cultural. Colombia no puede seguir permitiendo que el origen, el apellido, el color de piel o la condición económica definan el valor de una persona o su derecho a participar en el destino del país.
También es necesario reconocer que ningún sector político está exento de errores. La izquierda tiene aciertos y desaciertos, así como los tuvo la derecha durante décadas. Pero lo verdaderamente importante en este momento histórico es que el debate nacional no puede seguir reducido a defender intereses particulares mientras millones de colombianos continúan esperando oportunidades reales.
La educación debe convertirse en el gran centro de esta discusión nacional. Un país que niega educación de calidad perpetúa inevitablemente la pobreza y la dependencia. Colombia necesita garantizar que estudiar no sea un privilegio reservado para unos pocos, sino un derecho real para todos. Solo una sociedad educada podrá construir empresas, generar desarrollo, fortalecer la democracia y romper los ciclos históricos de desigualdad.
Estas elecciones deben ser una oportunidad para reflexionar con serenidad y profundidad. Colombia necesita preguntarse si quiere continuar bajo modelos donde la riqueza permanece concentrada mientras crece la pobreza, o si está dispuesta a construir un país más equitativo, donde el desarrollo alcance verdaderamente a todos los territorios y sectores sociales.
La decisión no debe tomarse desde el odio ni desde el miedo. Debe tomarse desde la conciencia de país. Los colombianos estamos llamados a analizar qué candidatos representan realmente las necesidades del pueblo y cuáles defienden únicamente intereses económicos o políticos particulares.
Hoy más que nunca, Colombia necesita menos divisiones y más humanidad. Necesita una política que piense en el bienestar colectivo y no solamente en la conservación del poder. Necesita líderes capaces de entender que la riqueza natural, cultural y humana de esta nación pertenece a todos los colombianos y no exclusivamente a unos cuantos.
El futuro del país no puede seguir construyéndose sobre el clasismo, la exclusión o la desigualdad. Debe construirse sobre la dignidad, el respeto, la educación y la justicia social. Porque al final, más allá de las ideologías, el verdadero desafío de Colombia sigue siendo aprender a reconocerse como una sola nación.
Delia Bolaño

