En esta región nuestra, donde el calor aprieta más que las promesas de campaña y la humedad pega como la desesperación de un candidato en declive, hemos llegado al hito cumbre de nuestra democracia de cartón: la segunda vuelta presidencial. Ese momento mágico en el que el país se divide, no en dos grandes proyectos de nación, sino en dos bandos de indignados que se odian con la misma intensidad con la que odian el tráfico de la avenida principal. Y en este ecosistema electoral, como hongos después de la lluvia (o como cucarachas en una cocina descuidada), proliferan dos especies fascinantes que merecen un estudio antropológico urgente: los tibios y los turbios.
Empecemos por los tibios, esos seres mitológicos que sobreviven a base de placebos morales y la doctrina del «me da igual». El tibio es ese vecino que no salió a votar en la primera vuelta porque «el sistema está podrido» y «todos son lo mismo». Sin embargo, ahora que falta una semana para el desempate, el tibio ha mutado. De repente, posee la autoridad intelectual de quien se ha leído no uno, sino tres hilos de Twitter y un meme de WhatsApp enviado por su tía Gladys. El tibio te mira por encima del hombro en la fila y te suelta: «Es que, la verdad, ninguno me representa». ¡Felicidades, compañero! Has descubierto el agua tibia. El tibio es ese experto en ciencia política de sobremesa que te explica, con la solemnidad de un notario, por qué votar en blanco es un acto de resistencia pacífica, mientras espera que el gobierno de turno le arregle el bache de su calle, le subsidie la gasolina y le perdone el impuesto predial. Su superpoder es la inacción disfrazada de superioridad moral.
Pero si los tibios son el telón de fondo, los turbios son los protagonistas de esta función. Ah, los turbios. Esos tiburones de aguas pantanosas que no entienden de ideologías, sino de oportunidades. El turbio no tiene convicciones, tiene cotizaciones. El turbio es el mismo dirigente barrial que hace cuatro años te pedía el voto por «la revolución del pueblo», hace dos años te lo pedía por «el cambio liberal», y hoy te ofrece una canasta básica, un techo de zinc y una promesa de empleo ficticio en la alcaldía a cambio de tu dignidad y una foto de tu boleta marcada. El turbio es el rey del grupo de WhatsApp del barrio, el que difunde con la velocidad de la luz que el candidato contrario planea legalizar el robo de gallinas o prohibir el fútbol los domingos.
Lo más hermoso de esta segunda vuelta es la simbiosis perversa entre ambas especies. El turbio necesita al tibio. ¿Por qué? Porque la apatía del tibio es el caldo de cultivo perfecto para la trampa del turbio. Mientras el tibio se lava las manos diciendo que «no va a ensuciarse con esta farsa», el turbio está en la trastienda repartiendo sobres, comprando voluntades a precio de saldo y asegurándose de que su candidato gane, no por mérito, sino por astucia de tramposo de feria. El turbio sabe que al tibio no le mueven las grandes ideas, sino el pequeño favor. Así que, mientras el tibio publica en redes sociales frases estoicas sobre la decadencia de la civilización, el turbio le está regalando un ventilador a su suegra a cambio de cinco votos familiares. Y así, amigos míos, se forja el destino de las naciones: no en los grandes debates televisados, sino en el trueque silencioso de lo mediocre con lo deshonesto.
Así que, estimado lector, prepárese. En los próximos días, el aire se llenará de discursos patrióticos grabados en estudios de mala muerte y de panfletos que prometen el paraíso terrenal a cambio de un check en la urna.
Usted decida si quiere ser el tibio que observa desde la grada con su cerveza tibia y su escepticismo de marca, o si se atreve a bajar al ring. Eso sí, tenga cuidado: en este ring, los que reparten los golpes suelen ser los turbios, y los que terminan con la cara hinchada, casi siempre, somos el resto.
Arcesio Romero Pérez

