Lo más peligroso del dolor no es el dolor.
Lo más peligroso es cuando deja de sorprendernos.
Cuando se vuelve paisaje.
Cuando deja de indignar.
Cuando aprendemos a convivir con él como quien convive con el calor, con el polvo o con la sequía.
En La Guajira nos han enseñado a normalizar demasiadas cosas.
Nos enseñaron a normalizar la falta de agua.
La falta de hospitales.
La falta de especialistas.
La falta de respuestas.
Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, también intentaron enseñarnos a normalizar el sufrimiento.
A normalizar que las mujeres tengan que recorrer kilómetros para acceder a servicios de salud.
A normalizar que una paciente tenga que insistir para ser escuchada.
A normalizar que una familia pase meses buscando respuestas.
A normalizar que la justicia llegue tarde.
A normalizar que las regiones periféricas reciban siempre menos.
Pero hay una costumbre que debemos rechazar.
La costumbre de aceptar que algunas vidas importan menos que otras.
Por eso hoy recordamos a Kendry.
No solamente porque murió.
Sino porque su historia nos obliga a mirar de frente algo más incómodo:
lo que hemos aprendido a considerar normal.
Porque Kendry no es solo un nombre.
Es un cuerpo.
Y su cuerpo habló.
Habló con dolor.
Habló con señales.
Habló con esa claridad que a veces tiene el sufrimiento cuando ya no puede esperar.
Y aun así, algo falló en la escucha.
Algo falló en la atención.
Algo falló en el reconocimiento de lo evidente.
Nuestros cuerpos conocen demasiado bien esa historia.
La historia de tener que insistir.
La historia de tener que explicar el dolor.
La historia de tener que demostrar que algo no está bien.
La historia de ser miradas con duda cuando el cuerpo habla con urgencia.
Como si el dolor tuviera que ser aprobado por una autoridad externa para existir.
Como si el sufrimiento necesitara validación.
Como si la palabra de una mujer sobre su propio cuerpo no fuera suficiente.
Por eso esta historia no se queda en Kendry.
Se abre.
Se expande.
Nos atraviesa.
Porque nuestros cuerpos también han sido territorio de esa duda.
Y en ese sentido, Kendry es todas.
No en lo simbólico vacío.
Sino en lo concreto y doloroso de una experiencia repetida.
La experiencia de ser escuchadas tarde.
O no ser escuchadas.
Porque el cuerpo también tiene geografía.
Y en este país no todos los cuerpos están expuestos al mismo nivel de cuidado.
No todos los cuerpos reciben la misma atención.
No todos los cuerpos importan de la misma manera en la práctica, aunque en los discursos se diga lo contrario.
Y esa distancia entre lo que se dice y lo que ocurre también es una forma de violencia.
Un año después, seguimos nombrando a Kendry.
No como un cierre.
Sino como una insistencia.
Una insistencia contra el olvido.
Contra la costumbre.
Contra la idea peligrosa de que podemos seguir viviendo igual después de ciertas ausencias.
Porque hay muertes que no terminan en el hecho biológico.
Hay muertes que se convierten en preguntas.
Y hay preguntas que se niegan a desaparecer.
¿Qué ocurre cuando un cuerpo habla y no es escuchado?
¿Qué ocurre cuando una familia debe buscar por sí misma las respuestas que debieron ser evidentes desde el principio?
¿Qué ocurre cuando la vida de una mujer depende de algo tan frágil como ser creída a tiempo?
La memoria no es nostalgia.
La memoria es una forma de vigilancia.
Una forma de resistencia.
Una forma de no permitir que lo inaceptable se vuelva cotidiano.
Por eso hoy decimos su nombre.
Kendry.
No para encerrarla en la historia de lo ocurrido.
Sino para mantener abierta la pregunta sobre lo que seguimos permitiendo.
Porque mientras una sola mujer tenga que dudar si será escuchada cuando su cuerpo habla, esta historia no ha terminado.
Porque mientras una sola familia tenga que cargar sola con la verdad, la justicia sigue incompleta.
Porque mientras el dolor siga siendo normalizado, la dignidad sigue en disputa.
Y aun así, seguimos aquí.
Nombrando.
Recordando.
Insistiendo.
Porque hay cuerpos que no aceptan el silencio.
Y hay memorias que no se dejan borrar.
Luisa Deluquez

