“La economía del gorrero comienza donde termina la reciprocidad: cuando alguien descubre que puede recibir sin producir, exigir sin aportar y trasladar sus responsabilidades a quienes sí cumplen”
En toda parranda hay uno que pone la casa, otro que consigue la música, varios que reúnen para la comida y las bebidas, y alguno que no aportó un peso, pero termina administrando el hielo, escogiendo las canciones y preguntando por qué compraron tan poco. Llega cuando ya movieron las sillas. No participó en la colecta, aunque sabe con exactitud cuánto puso cada uno. Come con entusiasmo, pide que le guarden un plato y, cuando la reunión termina, pregunta quién le dará para regresar a su casa.
Ese es el gorrero que todos conocemos. El que convierte la amistad en crédito, la confianza en subsidio personal y la hospitalidad en una obligación permanente de los demás. Pero el gorrero no es solamente un personaje de la parranda. También representa una forma particular de conducta económica: disfrutar un beneficio, trasladar el costo y confiar en que alguien más terminará pagando.
Su economía no consiste en producir más, sino en conseguir que otros financien su consumo. No administra la escasez: la reparte entre sus amigos. No elimina la cuenta: simplemente cambia el nombre de quien debe pagarla.
Pero una parranda, como una economía, es más compleja de lo que parece. El error comienza cuando llamamos gorrero a todo el que no puso dinero. No todo el que llega sin cuota vive del abuso; no todo el que trabaja tiene contrato; no toda persona sin ocupación ha renunciado a buscarla; y no todo el que recibe ayuda está viviendo deliberadamente a costa de los demás.
Detrás de una misma silla pueden existir historias económicas muy distintas. La pregunta no es solamente quién pagó y quién no. La pregunta es por qué no pagó cada uno y quién, teniendo capacidad para hacerlo, decidió dejarles adrede la cuenta a otros.
La parranda también es una pequeña economía. Tiene recursos escasos, trabajo, precios, riesgos, acuerdos, consumidores y productores. Hay personas que saben cocinar, otras que conocen a los músicos, algunas consiguen mejores precios y otras resuelven los imprevistos. Nadie posee toda la información y ninguno podría organizarla completamente por sí solo.
El dueño de la casa no solo pone dinero. También emprende.
Debe reunir recursos que estaban separados, calcular cuántas personas asistirán, escoger a quién contratar, anticipar lo que hará falta y decidir cuánto puede gastar. Todo eso lo hace sin saber con certeza cuántos llegarán, cuánto consumirán ni qué problema aparecerá durante la noche. Puede comprar comida para veinte y recibir a cuarenta. Puede contratar un conjunto y descubrir que el sonido cuesta más de lo previsto. Puede calcular una cuota que algunos prometen pagar, pero nunca entregan.
El anfitrión actúa bajo incertidumbre. Coordina, arriesga y responde por las decisiones. En esa función se parece al empresario: no es únicamente quien aporta capital, sino quien combina conocimientos, trabajo y recursos para hacer posible algo que antes no existía.
Cada persona que promete aportar y no cumple altera esos cálculos. El gorrero no consume solamente comida o bebida: también consume la previsión, el riesgo y el dinero de quien organizó.
La parranda, además, tiene precios. Y los precios hablan.
El valor de la música, la carne, el hielo, las bebidas y el transporte le dice al organizador hasta dónde puede llegar. Si el conjunto cuesta más, quizá debe reducir otros gastos. Si los alimentos suben, tendrá que aumentar la cuota, invitar a menos personas o cambiar el menú. La cuenta no es solo una cifra al final de la noche. Es información. Le muestra al anfitrión qué es escaso, qué puede comprar y qué tendrá que aplazar.
Pero tampoco él sabe hacerlo todo. Uno conoce al acordeonero. Otro sabe dónde venden más barato. Alguien calcula cuánta comida se necesita y otro recuerda quién tiene suficientes sillas. La reunión funciona porque el conocimiento está repartido entre muchas personas.
Esa coordinación no siempre necesita instrucciones detalladas. Hay reglas que nadie escribió, pero todos parecen conocer: quien invita responde, quien promete una cuota debe entregarla, quien llega temprano ayuda y quien fue contratado recibe su pago. Es un orden construido con costumbre, reputación y confianza.
Allí aparece el empleo formal.
Es el músico contratado, quien prepara la comida por una remuneración acordada, el técnico del sonido o la persona encargada de atender las mesas. Cada uno sabe qué debe hacer, cuánto recibirá y quién tiene la responsabilidad de pagarle.
En abril de 2026, la tasa de ocupación nacional fue de 59,1 % (DANE, 2026). Eso significa que cerca de seis de cada diez personas en edad de trabajar estaban ocupadas. Sin embargo, estar ocupado no equivale necesariamente a tener estabilidad, ingresos suficientes o protección social.
En la parranda también está quien trabaja sin aparecer entre los contratados. Es el que descubre que falta hielo antes de que los demás lo noten. Consigue un cable, busca al músico retrasado, acomoda las sillas, sirve la comida, lleva razones y resuelve los problemas que nadie había previsto. No siempre espera una orden. Está atento. Donde otros ven una dificultad, él descubre una tarea y, algunas veces, una oportunidad de ingreso.
Ese personaje representa al trabajador informal.
Trabaja, produce valor y ayuda a que la reunión funcione. Su problema no es la falta de iniciativa, sino la fragilidad de sus condiciones. Nadie estableció con claridad cuánto ganará, cuánto tiempo trabajará o quién responderá si algo le sucede. Puede recibir una propina, un plato de comida o un pago ocasional. Su actividad existe, pero su protección es incierta.
Durante el trimestre febrero-abril de 2026, el 55,1 % de las personas ocupadas en Colombia estaba en la informalidad (DANE, 2026). La proporción disminuyó frente al mismo periodo del año anterior, pero todavía significaba que más de la mitad de los ocupados trabajaba bajo condiciones clasificadas como informales.
No toda informalidad nace de una decisión voluntaria. Muchas personas llegan al rebusque porque no encuentran otra oportunidad. Pero tampoco toda informalidad es simple pasividad. En ella hay conocimiento local, adaptación, creatividad e iniciativa.
A veces, además, una actividad permanece informal porque es demasiado pequeña, inestable o incierta para soportar todos los costos de una contratación permanente. Eso no significa que las reglas sean innecesarias. Significa que una buena política debe comprender primero cómo funciona la actividad antes de exigirle obligaciones que quizá no pueda sostener o terminar expulsándola del mercado.
El trabajador informal vive del rebusque; el gorrero vive del abuso. Uno descubre tareas, trabaja y produce sin suficiente protección. El otro descubre cómo consumir sin asumir responsabilidades. Confundirlos sería castigar al que resuelve y absolver al que se aprovecha.
También está el desempleado.
Puede ser el músico que llegó con su instrumento, preguntó (buscando matar una moña) si necesitaban un refuerzo y encontró completo el conjunto. Quiere trabajar, está disponible y busca una oportunidad, pero nadie lo contrata. No está desempleado por falta de voluntad. Simplemente no existe una tarea remunerada para él.
En abril de 2026, la tasa nacional de desocupación fue de 8,8 % (DANE, 2026).. La cifra no representa a todos los que estaban sentados sin hacer nada. Cuenta a quienes no tenían trabajo, estaban disponibles y lo estaban buscando.
Llamar gorrero al desempleado sería confundir la falta de oportunidades con la decisión de no buscar trabajo porque estudia, cuida a otra persona, está pensionado o decidió no participar en el mercado laboral. El desempleado no está esperando que otro pague su fiesta: está buscando que alguien le permita trabajar en ella y no encuentra por dónde.
Finalmente está quien no puede aportar.
Tampoco es gorrero quien carece realmente de capacidad para aportar. Puede ser un viejo juglar sin ingresos suficientes, una madre que atraviesa dificultades, una persona enferma o alguien cuya economía se derrumbó. La solidaridad no consiste en premiar al oportunista, sino en impedir que la pobreza, la enfermedad o una crisis económica abandonen por completo a una persona.
Esa situación ayuda a entender el régimen subsidiado como el de salud. Quien pertenece a él no recibe una invitación personal a vivir de los demás asistentes. Accede a una institución pública creada para garantizar protección a la población sin capacidades de sostenerse. No es una recompensa a la pereza. Es un mecanismo de protección social.
Sin embargo, proteger al vulnerable no exige ignorar los incentivos. Las reglas también enseñan conductas. Si quien puede contribuir descubre que obtiene siempre los mismos beneficios sin asumir ningún costo, puede aprender que resulta más cómodo dejarles la cuenta a otros.
El verdadero gorrero no se define por tener poco, sino por aprovecharse mucho. No es quien necesita solidaridad, sino quien, pudiendo contribuir, convierte esa solidaridad en una ventaja personal. La solidaridad y la responsabilidad no son enemigas. Una sociedad puede proteger a quien lo necesita y, al mismo tiempo, exigir que contribuya quien tiene capacidad para hacerlo.
Una buena parranda tampoco se sostiene expulsando a todo el que llegó sin dinero. Primero debe preguntarse por qué no aportó. Uno trabajó de otra manera. Otro buscó trabajo y no encontró. Alguien necesitaba protección. Y uno, pudiendo colaborar, prefirió disfrutar de la cuenta ajena.
Comprender esas diferencias es comprender una parte importante de la economía colombiana.
La economía del gorrero comienza donde termina la reciprocidad: cuando alguien descubre que puede recibir sin producir, exigir sin aportar y trasladar sus responsabilidades a quienes sí cumplen.
Pero no todo el que no paga es gorrero. No todo el que trabaja tiene empleo digno. No todo el que está sin trabajo ha dejado de buscar. Y no todo el que recibe protección está abusando de la solidaridad.
Organizar una economía, como organizar una buena parranda, exige distinguir entre necesidad y oportunismo: que pueda emprender quien tenga una idea; que encuentre oportunidades quien quiera trabajar; que aporte quien tenga capacidad; que reciba protección quien la necesite; y que la economía del gorrero no termine convirtiéndose en la regla de quienes siempre dejan la cuenta en manos ajenas y dirigiendo la fiesta quien nunca ayudó a sostenerla.
Fabián Dangond Rosado

