Quizás no haya peor condición para un político que la de sentirse “derrotado y fracasado”, derrotado porque no logra mantenerse en el poder y fracasado porque no consiguió hacer lo que podía haber hecho mientras tuvo en sus manos la oportunidad en el poder. Un momento como este no ha de ser fácil para el Presidente Petro, estando a punto de terminar su gobierno “del cambio” y verse en los días finales y colmado de señales de fracaso. Esperará legítimamente que el país le rodee en su despedida, aunque no será así porque tiene que saber que, gracias a su caprichosa forma de “gobernar”, polarizó el país de manera perversa y dejó sentir que no quería gobernar para todos, solo para sus amigos y para aquellos que no le hacían oposición. Todos los demás eran “enemigos del pueblo”, según sus propias palabras. Pues bien, tendrá que conformarse con no muchas manifestaciones de agradecimiento porque sabrá de seguro que el país queda herido y con muy poco de qué alegrarse en materia “del cambio”. De modo contrario, sí habrá aplausos, muchos aplausos, para que se vaya y se vaya bien lejos. A eso se le llama “salir por la puerta de atrás”.
La cruda sensación del fracaso es un sentir que taladra primero, y lo hace precisamente en donde más duele, que es en el “ego”. Claro que el Presidente tiene en su cinismo y su excesiva vanidad personal suficientes reservas de antídoto para poder seguir orondo como si no hubiera pasado nada, no obstante, tendrá que afrontar tarde o temprano la realidad de su fracaso para darse cuenta que lo que soñó alguna vez, o que imaginó en alguna de esas noches de relax que sabe darse, no se cumplió debido a su falta de capacidad para el trabajo ordenado, todo para fastidio suyo y la consecuente perturbación de los colombianos.
Prevalecerá, a pesar de su cinismo y esa manía suya de echarle la culpa a los demás, esa penosa sensación de fracaso que, para poder afirmar lo que decimos, tiene manifestaciones muy claras: primero en su tarea de gobierno frente al país que un día le tomó la idea del cambio y le respaldó con el voto, y además confió en él para que condujera la labor de gobierno hacia buen destino satisfactorio para todos, lo cual quedó a medio camino o menos; segundo, en su posición de liderazgo político frente a tan gigantesco y muy diverso colectivo político que le tomó la idea del Pacto Histórico para que recogiera bajo su tolda las buenas ideas de la izquierda colombiana, producto de una lucha de décadas, como bien afirmara Iván Cepeda en algunos tramos de su reciente campaña, y sacara adelante un buen ejercicio de gobierno social, lo cual quedó por verse; y tercero, en su imagen personal frente a los colombianos y la comunidad internacional, porque sí que se ocupó de promover su ideal de sí mismo mientras arrastró en el fango la dignidad nacional cada vez que pudo, lo cual se alcanzó niveles escandalosos.
Con tales preocupaciones tendrá que ir a la cama en las pocas noches que le quedan en la soledad de la Casa de Nariño. Tendrá oportunidad, eso sí, de reflexionar en calma, siempre que no caiga en la desgracia de los psicodislépticos y psicoactivos que le rondan de cerca y le alteran voluntad y la razón.
Quizás se dé cuenta que tuvo en Marx, aquel a quien citó en un montón de oportunidades durante su gobierno, como si quisiera dar a entender que se trataba de su máximo consejero y que lo tenía allí a su lado, elementos orientadores de política pública que le hubieran servido “para sacarla del estadio” en materia laboral, generación de empleo y generación de riqueza. Era cuestión de sincronizar la inversión de capital privado y capital público para generar modernización, innovación y crecimiento industrial para mayor productividad y mayor producción, es decir, más empleo formal, más salarios formales, más trabajadores contentos. Pero actuó en sentido contrario y se enemistó con el sector empresarial, tal como interpretó a Marx. Así que, en lugar de actuar para cerrar la brecha social se dejó llevar por el discurso manido de “el pueblo abandonado por la burguesía y la lucha de clases” y no vio la oportunidad de propiciar acercamientos con el sector industrial, promover inversión extranjera y, de paso, dictar políticas públicas en favor del trabajador como dinamizador real de los medios de producción y motor del crecimiento de capital. Era apenas necesario un ajuste de la economía política para que la plusvalía del capital trabajado y transformado en productos finales fuese compartida justa y equitativamente con el trabajador a título de utilidad por el bien fabricado, una sencilla ecuación mediante la cual el trabajador gana su salario por el tiempo efectivo que entrega a la producción y gana por el valor del producto terminado en la fábrica. A eso se le llama participación efectiva en las utilidades del negocio y, para que eso llegara a ser posible, bastaba con establecer en la normativa que el trabajador no será ajeno al bien que fabrica, sino que tendría derecho a una parte correspondiente en función del su rol en el trabajo. Adicionalmente, hubiera podido imaginar un ajuste del concepto para que pudieran vincularse a la idea los sectores de “servicios”, en donde trabaja una gruesa mayoría, para que todo el mundo estuviese contento.
Habría sido artífice de una verdadera revolución sin necesidad de convocar a la “gritería” en las calles, y mucho menos amenazar con la famosa “Constituyente” que, todos lo saben, no se necesita, no resuelve nada, es peligrosa por su efecto polarizante, concita a la división y la discordia, y de seguro ha de servir para que los promotores de ese “envuelto” intenten establecer una burda versión de “dictadura constitucional”, o quizás peor, una espantosa versión de “dictadura popular”.
Al final de cuentas, la “tarea del cambio” como promesa de gobierno se quedó sin hacer, lo mismo que la propuesta de “Paz Total”, y ese tiene que ser el principal elemento punzante de su frustración de aquí en adelante, porque tendrá que reconocer que no tuvo el liderazgo y el talante de estadista que era indispensable para aglutinar todas las fuerzas del país en su propósito de gobierno. Pero el fracaso tiene que ver con su capacidad de gestión, que ya se había notado débil desde que ejerció la alcaldía de Bogotá, y que se confirma hoy con solo ver esa desaforada lista de ministros y funcionarios que ocuparon cargos de altísimo nivel y que no logran mostrar resultados que convenzan al país. El Presidente no lideró un equipo de trabajo, apenas logró reunir un grupo de funcionarios muy poco capaces que se dedicaron a obedecerle y darle gusto.
El que termina en agosto es, por consiguiente, un período de gobierno prácticamente perdido por su pobreza de resultados en todos los frentes de trabajo. El asunto no resulta tan extraño si se toma nota de la preocupación del propio Presidente “por los bajos niveles de ejecución que muestra la administración a estas alturas del año”, situación ésta que está reflejada en el Presupuesto, pero mucho más en las metas del Plan de Desarrollo. El caso queda ilustrado si se le da credibilidad al testimonio del ex Jefe de Planeación, Jorge Iván González, cuando expresó a los medios del país que el propio Presidente afirmaba que “el Plan de Desarrollo no le servía para nada”. ¿Cómo confiar en alguien que desprecia su propio Plan, es decir, la principal “hoja de ruta” de la Nación?
Pareciera que al Presidente le importa poco el hecho por aquello de su complejo “megalo-maniaco” que le anima a vivir todos los días bajo el imaginario de su propia realización. Por eso se lo ve en estos días muy tranquilo, sereno quizás, pero no sabemos si en actitud de haber entendido que falló en su intento de hacer esas grandes transformaciones en el Estado colombiano que tal vez se imaginó desde cuando decidió unirse a la guerrilla, por allá cincuenta años atrás, o que está en posición de reposo mientras imagina nuevos movimientos antes de iniciar su mudanza de palacio.
De su liderazgo político y su posición frente a la izquierda política nacional puede ser mucho lo que haya que decir, pero primero será el reconocimiento de un hecho político sustancial: el hombre representa con facilidad una mitad real del país político que quedó debidamente confirmada en las urnas, realidad ésta que pesa. La otra mitad, por si acaso quiere saberse, marcha tras las banderas de múltiples liderazgos de la derecha, que no están unidos y profesan devociones diversas, y además, se encuentran muy lejos de parecerse a sus opuestos.
¿En qué posición ha quedado el Presidente después de la reciente derrota electoral? Para comenzar, debe estar consciente que estuvo directamente comprometido en actividades políticas preelectorales en favor del candidato del gobierno, lo cual es completamente contra la Ley, y le caben por esa razón no pocas investigaciones en la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes. El país debe esperar que se cumplan los procesos legales mientras que el Presidente, en actitud serena, ya lo dijimos, se ocupa de “taladrar la confianza en el sistema electoral”. De ese modo busca, para tranquilidad suya, mantener fresco su ascendiente de líder frente a su partido y al país entero, pero sabe que el Pacto Histórico y la Alianza por la Vida, que son los verdaderos propietarios de los más de doce millones de votos, tienen la prerrogativa de reunirse en la forma de congreso que sea del caso para resolver sobre sus jerarquías y su papel como partido frente al gobierno que arranca en agosto. Es cierto que las derrotas electorales suelen tener efectos graves en el ánimo de los partidos, pero está en la fuerza de los colectivos el ponerse de pie y prepararse para la lucha siguiente.
No podemos saber si buscó el Presidente refugio en sus lecturas, aquellas que tanto menciona y que pocos le creen. Se tropezaría de repente con Confucio, o con Aristóteles, o encontraría consuelo en alguien tan polémico como Maquiavelo, o tal vez en algunos socialistas que serían más de su gusto, que son voces que le hubieran servido mucho para “impulsar” el momento mágico de su gobierno. El sabio “maestro” chino le hubiera dicho que debía mantenerse bajo los principios de “la moralidad, la ética social y una buena tarea de gobierno”. Por esa vía lograría la armonía necesaria para ser querido y apoyado, siempre bajo el respeto de las gentes y el cumplimiento del deber. Hubiera aprendido que se gobierna bien si prima el deseo de hacer el bien para todos; si se observa el respeto y la cortesía con los demás, así sean contrarios; si se observa el decoro y la conducta adecuada en cada momento de la vida; si se mantiene el talante de persona sabia y virtuosa. Nada de esto viene “de fábrica”; todo tiene que aprenderse en la escuela de la vida. ¿Y lo hizo?
Maquiavelo le hubiera abierto sus ojos para que se diera cuenta que no basta ser bueno para conservar el poder como gobernante sino que ello depende de las circunstancias, en un parte, y en otra muy importante de las propias capacidades de sí mismo, es decir de sus virtudes, de allí que afirmara que el liderazgo se mantiene por encima de la moralidad, porque el poder puede perderse si no se es suficientemente fuerte para actuar con contundencia y suficientemente astuto para prever y anticipar contingencias. Así es que, si la esencia de gobernar es mantener el orden y la estabilidad del Estado, las acciones del líder, por muy duras o inmorales que parezcan, llegan a justificarse si logran ese resultado. Por ello le diría que, hablando de gobierno, es mejor ser “temido que amado”, porque así se hace más fácil ejercer “autoridad”. Y para evitar sentimientos de odio hacia él como líder, se hace necesario rodearse de delegados que cumplan con las acciones “sucias” mientras él se mantiene “libre de la ira del pueblo”. ¿Qué de todo esto pudo servirle al Presidente Petro como consejo?
Y Aristóteles hubiera insistido en que el Presidente tenía que disfrutar su gobierno, tratar de vivirlo, no de sufrirlo, porque es (era) su oportunidad de alcanzar la felicidad, que es el bien supremo de la humanidad. Para ello necesitaba sólo la virtud, el equilibrio y el razonamiento lógico que le aprendió a su “maestro” Platón, pero con la condición de no separar nunca la Ética de la Política, porque sólo de esa manera se puede llegar a dominar “el arte de gobernar”. El “maestro” griego le hubiera hablado de la teoría del «Justo Medio», que le hubiera servido para entender que siempre hay una virtud suprema en el punto medio entre dos extremos que siempre son perniciosos. Al ser capaz de encontrar el punto medio entre el exceso y el defecto, se hubiese dado cuenta que allí estaba la virtud equilibrante que le hubiese permitido hacer uso de toda racionalidad para avanzar en su tarea de buen gobierno. Se hubiese percatado también que, siendo el hombre un ser que busca interactuar en sociedad y constituir colectivos que adoptan posturas políticas consensuadas, y que por esa vía son capaces de llegar a acuerdos indispensables para la estabilidad de los Estados, hubiese llegado a la conclusión que le iba mejor uniendo todas las fuerzas en torno a un propósito común que dividiéndolas en torno a posturas radicales, en razón que la política es, por esencia, la expresión superior de la actividad social dirigida al bien común. De haber entendido esto a tiempo, su tarea de liderazgo hubiera alcanzado su máxima expresión cuando el país entero hubiese estado unido en torno a propósitos comunes de orden nacional como el Desarrollo económico (ese sí total), o en el famoso propósito de “La Paz Total”, pero de manera consensuada en un gran Acuerdo que uniera todas las fuerzas y sincronizara los esfuerzos de todos. Por esa vía llegarían las acciones de bienestar social para todos, no para algunos, en torno a estrategias creíbles y razonables de acción de gobierno orientadas inequívocamente al beneficio común, no de partido, no de clase, sino de colectivo total, de modo que todo el país estuviese identificado con el mandatario y le respaldara en ese propósito noble.
No sucedió así, lo sabemos, por eso el Presidente se va por la puerta de atrás.


Falso. No mientan màs. Miren los votos, ahí les hablamos al mundo. Todos tenemos derecho. Colombia somos más de 50 millones. Por favor Ya NO más mentiras 🙏🏻🙏