La Guajira es un territorio de contrastes profundos, donde la aridez convive con la riqueza de su cultura, la inmensidad de su mar y la fortaleza de su gente. Una región que, sobre el nuevo gobierno nacional, exige sino una transformación estructural que resuelva un itinerario de necesidades históricas y esperanzas postergadas y extraviadas en la brújula dañada de un mapa cubierto de anhelos. El primer hito en este mapa es, inevitablemente, el agua. En la Alta Guajira, el líquido elemento no es un simple recurso, es la vida misma. La aspiración principal de las comunidades, especialmente de los pueblos Wayuu, trasciende la construcción de infraestructura básica; exige soluciones reales, sostenibles y culturalmente pertinentes a la sequía crónica. El anhelo es que cada ranchería tenga acceso garantizado a este derecho fundamental, rompiendo el ciclo de la escasez que ha marcado a generaciones.
En este contexto, los distritos de riego de Ranchería y San Juan se erigen como una de las grandes promesas incumplidas. Este proyecto no es solo infraestructura hidráulica; es la posibilidad de transformar miles de hectáreas en tierras productivas, de llevar desarrollo agrícola a la región y de generar empleo digno para las familias guajiras. El anhelo es que, finalmente, se desaten los nudos burocráticos y las trabas de voluntades, y se concrete una obra que ha sido postergada por décadas, permitiendo que el río Ranchería no solo sea fuente de vida, sino motor de soberanía alimentaria y progreso para el departamento.
En el norte de este mapa se encuentra la salud y la nutrición. Es imposible hablar de los anhelos de La Guajira sin mencionar la tragedia silenciosa de la desnutrición infantil. La expectativa ante el gobierno de De la Espriella es la implementación de un sistema de salud que no sea solo papel y burocracia, sino presencia real en los territorios dispersos y de difícil acceso. Se anhela un enfoque intercultural donde la sabiduría ancestral y la medicina moderna converjan para proteger a la infancia, garantizando que ningún niño wayuu pierda la vida por causas prevenibles.
Hacia el centro del mapa, la aspiración gira en torno a la educación y la identidad. La Guajira necesita un modelo educativo que fortalezca el Wayuunaiki y las tradiciones ancestrales, sin cerrar las puertas a las oportunidades del siglo XXI. El anhelo es que las instituciones educativas sean espacios de orgullo y movilidad social, formando a los jóvenes guajiros para que sean los protagonistas de su propio desarrollo, y no espectadores de la explotación de sus recursos naturales.
Sobre este entramado de sueños, se levanta un pilar fundamental: el fortalecimiento de la infraestructura de soporte. La Guajira no puede aspirar a ser competitiva ni digna si sus cimientos siguen siendo frágiles. El anhelo es contar con servicios públicos de calidad —acueducto, alcantarillado, aseo y energía— que lleguen a todos los rincones del departamento, superando las intermitencias y las crisis que hoy asfixian a municipios enteros. Se aspira a modernizar el aeropuerto Almirante Padilla de Riohacha y a fortalecer la red de aeródromos locales para conectar la dispersión geográfica; a potenciar la capacidad logística de puerto Brisa y puerto Nuevo que le devuelvan al departamento su vocación marítima histórica y el comercio con el gran Caribe. Y, por supuesto, a consolidar una red vial primaria y terciaria digna, que no deje aislado a ningún corregimiento ni vereda. Dentro de este capítulo de infraestructura, la Vía de la Soberanía en la Alta Guajira se convierte en un símbolo de las aspiraciones del pueblo wayuu. Esta carretera no es solo asfalto y concreto; es la conexión de comunidades históricamente aisladas, es el acceso a servicios de salud y educación, es la posibilidad de sacar los productos del campo al mercado. El anhelo es que esta obra se culmine con criterios de calidad, respeto ambiental y consulta previa, convirtiéndose en un verdadero corredor de desarrollo que una a Uribia, Manaure y los municipios de la Alta Guajira con el resto del departamento, el país y Venezuela.
Maicao, la puerta de Oriente, ocupa un lugar especial en este mapa de anhelos. Su comercio, vibrante y multifacético, es el sustento de miles de familias que han convertido a esta ciudad en un emporio binacional. La expectativa es que Maicao se consolide como un distrito comercial especial con incentivos reales, infraestructura logística moderna y políticas que protejan al comerciante local, al migrante y al consumidor por igual, transformando la frontera en un espacio de prosperidad compartida. La dinámica fronteriza con Venezuela exige una visión integral. El régimen especial aduanero de Maicao, Uribia y Manaure es el termómetro de la integración binacional. El anhelo es pasar de la narrativa del contrabando y la inseguridad a la de una frontera próspera, ordenada y segura, donde se proteja al migrante y al local por igual, y donde la fuerza pública trabaje de la mano con las autoridades tradicionales para desarticular las economías ilícitas que asfixian a la región.
En el corazón productivo y ambiental del mapa, el anhelo es una transición energética y extractiva justa. La Guajira es el motor eólico y carbonífero de Colombia, pero sus comunidades a menudo solo ven el polvo y las aspas, no la riqueza. Se espera que el gobierno lidere un modelo donde los beneficios de los megaproyectos se traduzcan en bienestar local real. Asimismo, el turismo sostenible en Cabo de la Vela y Punta Gallinas, y el apoyo a la economía artesanal y cultural, deben ser potenciados como motores de empleo digno.
En las coordenadas sociales del mapa brillan con luz propia la mujer y la juventud guajira. La sociedad wayuu es matriarcal, y el eirruku es el núcleo de la resistencia. La aspiración es que las políticas públicas empoderen aún más a la mujer, garantizando su participación real en la toma de decisiones. Para los jóvenes, el anhelo es la creación de escenarios culturales, deportivos y educativos que los alejen de las garras del reclutamiento forzado y las economías ilegales, dándoles un motivo para soñar y construir futuro en su propia tierra.
Finalmente, en la base de este mapa está la institucionalidad y la confianza. La región ha sido históricamente golpeada por el abandono estatal, la desigualdad y los escándalos de corrupción. La gran aspiración de la ciudadanía es ver una administración transparente, donde los recursos públicos se traduzcan en obras tangibles y bienestar real. Se espera entonces que el presidente Abelardo de la Espriella gobierne con las puertas abiertas, escuchando de manera activa a los cabildos, a los líderes sociales, a los afrodescendientes y a la ciudadanía en general, tejiendo alianzas genuinas con el Gobierno Nacional para destrabar los nudos históricos del departamento.
El mapa de los anhelos de La Guajira está trazado con la tinta de la resiliencia. No es un documento estático, sino un llamado dinámico a la acción que abarca desde el agua que sacia la sed y el distrito de Riego que promete fertilidad, hasta la infraestructura de soporte que conecta puertos, aeropuertos y servicios; la Vía de la Soberanía que une, el comercio de Maicao que sustenta, la energía que se comparte y la frontera que abraza. Ojalá que el nuevo gobierno tenga la sensibilidad para recorrerlo, la honestidad para no borrar sus líneas y el coraje para convertir cada uno de estos anhelos en una realidad palpable. Porque La Guajira no solo merece sobrevivir a su geografía; merece florecer en ella.
Arcesio Romero Pérez


Usted siempre es tan correcto y veraz en sus apreciaciones.