Las derrotas electorales de los proyectos progresistas en distintos países de América Latina han dejado una lección que vale la pena analizar sin dogmas ni consignas. Más allá de los errores de gobierno, de las campañas de desinformación o del poder de los medios de comunicación, quizá exista una explicación más profunda y, por ello mismo, más incómoda.
Durante años, la izquierda se propuso transformar las condiciones materiales de millones de personas. Y, en buena medida, lo consiguió. Redujo la pobreza, amplió el acceso a la educación, fortaleció programas sociales, mejoró los ingresos de miles de familias y abrió oportunidades que durante generaciones parecían reservadas para unos pocos.
Pero transformar las condiciones de vida no siempre significa transformar la conciencia ciudadana.
Ahí radica una de las paradojas más complejas del progresismo latinoamericano.
Las conquistas sociales tienen una virtud inmensa: cambian vidas. Pero también esconden un riesgo silencioso. Cuando tienen éxito, dejan de sentirse como conquistas y empiezan a percibirse como algo natural, como si siempre hubieran existido o como si fueran únicamente el resultado del esfuerzo individual.
El joven que hoy estudia gracias a la matrícula cero, dentro de algunos años será abogado, ingeniero o médico. Tendrá nuevas responsabilidades, nuevas aspiraciones y probablemente una vida mejor. Es posible que entonces olvide que hubo un momento en que acceder a la universidad pública era un privilegio inalcanzable para miles de familias.
Quien vio alivianada o condonada su deuda con el ICETEX podrá pensar, con el paso del tiempo, que simplemente logró salir adelante por mérito propio, sin detenerse a recordar que una decisión política le permitió comenzar de nuevo cuando el peso de esa obligación amenazaba con hipotecar su futuro.
El médico que hoy se forma en la Universidad de La Guajira, gracias al fortalecimiento de la educación pública en regiones históricamente olvidadas, quizás mañana ejerza su profesión convencido de que ese camino siempre estuvo abierto, sin preguntarse quién decidió abrirlo.
Y lo mismo ocurre con el campesino que recibió un título de propiedad, con la mujer cabeza de hogar que encontró respaldo en un programa social, con el trabajador cuyo salario recuperó capacidad adquisitiva o con la familia que por primera vez pudo llevar a sus hijos a la universidad.
Con el tiempo, el beneficio permanece, pero la memoria desaparece.
Entonces ocurre un fenómeno paradójico: mientras más exitosas son algunas políticas públicas, más invisible se vuelve el Estado que las hizo posibles.
No porque la gente sea ingrata. Sería una explicación demasiado simple. Ocurre porque la memoria política es frágil. Porque las nuevas generaciones conocen los derechos, pero muchas veces desconocen las luchas que permitieron conquistarlos. Porque el bienestar cotidiano termina pareciendo natural y deja de asociarse con decisiones colectivas.
Ese vacío es ocupado rápidamente por otra narrativa: la del mérito individual absoluto. La idea de que cada logro depende exclusivamente del esfuerzo personal y que el Estado apenas fue un espectador irrelevante.
Sin embargo, el mérito existe, pero rara vez actúa solo. También existen las universidades públicas fortalecidas, los subsidios educativos, las becas, las políticas de acceso, los créditos, la infraestructura, la salud pública, las carreteras y las decisiones presupuestales que amplían oportunidades para millones de personas.
Cuando todo eso desaparece del relato colectivo, también desaparece la comprensión de que esos avances pueden perderse.
Quizá allí estuvo una de las mayores debilidades del progresismo: creyó que distribuir oportunidades era suficiente para consolidar un proyecto histórico. Gobernó para mejorar la vida de la gente, pero no siempre logró construir una ciudadanía consciente de las razones que hicieron posible esa mejora.
No basta con administrar bien el presente. También hay que formar ciudadanos capaces de comprender el origen de sus derechos y de defenderlos cuando estén en riesgo.
Porque una democracia no se sostiene únicamente sobre el crecimiento económico ni sobre buenos indicadores sociales. También necesita memoria.
Memoria para recordar que los derechos nunca nacen solos. Que cada universidad construida, cada beca otorgada, cada hospital abierto, cada reforma laboral, cada programa social y cada oportunidad creada fueron el resultado de decisiones políticas, debates democráticos y luchas colectivas.
Tal vez el verdadero desafío del progresismo nunca fue solamente sacar a millones de personas de la pobreza.
Fue lograr que esas mismas personas nunca olvidaran cómo salieron de ella.
Porque quien recuerda el camino que lo llevó hasta aquí comprende el valor de preservarlo para quienes vienen detrás. Y un pueblo con memoria no solo agradece las conquistas alcanzadas: también aprende a defenderlas.
José Jorge Molina Morales

