LA CIUDAD QUE PERDIÓ SU MAR

Una desgracia comercial guarda, a veces, la posibilidad de convertirse en paraíso. El encallamiento de la motonave El Caribe fue una calamidad para el comercio de Riohacha, pero para quienes llegamos después a sus entrañas de hierro, se transformó en el parque más extraordinario que la ciudad nos regaló: no un parque de madera diseñado y predecible, sino un continente varado que el mar había abandonado en la arena, como una catedral abandonada que se hubiera quedado a vivir entre nosotros.

La nave había sido, antes de su encallamiento, el orgullo comercial de Marcos Brugès Serrano y su socio Mario Pinedo, dueño de mercancías finas traídas desde Colón y las Antillas, en los años en que Riohacha vivía de espaldas a la Colombia interior y de cara al mar. Aquellas rutas no acarreaban solamente mercancías: transportaban una manera de entender el mundo como una red de flujos y no como un territorio cercado. El 2 de noviembre de 1957, libre de amarras, el buque encalló en las playas de la ciudad frente a la avenida 14 de mayo.

Llegamos a ese barco años después de su muerte. Entrábamos por las bocas oxidadas del casco como quien entra a una casa encantada; nos asomábamos por las ventanillas redondas que alguna vez enmarcaron el horizonte y ahora solo albergaban arena y niños descalzos. Olía a sal vieja, a algas y a cangrejos. Estaba quieto, mientras las olas golpeaban su casco hasta dejar solo un esqueleto metálico. De aquel barco nació la frase «estar más varado que El Caribe», que generaciones enteras usaron para nombrar la pobreza y el estancamiento sin salida, sin advertir que estaban describiendo, también, la suerte de su propia ciudad.

Cabe preguntarse qué le ocurre a una ciudad que pierde sus barcos, sus armadores y su condición de puerto, ante una república que respira aliviada ante esta pérdida, como si el mar Caribe solo pudiera asociarse con el contrabando y el pecado. Las ciudades tienen cementerios que no siempre están llenos de personas; a veces están llenos también de barcos que se llamaron Don Elías, Riohacha, Wilson y hubo alguno llamado Amor de madre. Los armadores y sus barcos tejen redes de confianza, ¿quién compra, ¿quién fía, qué puerto es seguro? Un capital relacional que se construye con la confianza. Hans Blumenberg observó que el naufragio es una de las metáforas más persistentes de la experiencia humana. Un barco no transporta solo mercancías, sino una idea del mundo—. Ese fue el verdadero encallamiento: no el de una motonave, sino el de la vocación marítima de una ciudad.

Hoy Riohacha crece: se expande en calles, en habitantes, en cemento. Pero encallar y quedar varado no son destinos exclusivos de los barcos también las sociedades se encallan en su propio crecimiento, ganan población y pierden cosmopolitismo. Las sociedades empiezan a naufragar cuando dejan de pensar el mar como un camino. Lo que se pierde entonces no son solamente embarcaciones ni armadores: es la imaginación misma de estar conectados con el mundo. El mar se llevó El Caribe remache por remache; lo que la ciudad perdió aquel día: los armadores, los circuitos de navegación, la vocación de puerto, la marea todavía no se lo ha devuelto.

 

Weildler Guerra Curvelo

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