DOS FIGURAS LISTAS, DOS ACTOS PENDIENTES… “LO QUE FALTA NO ES CONSTRUIR, ES CERRAR”

En el Caribe colombiano hay dos figuras territoriales que llevan años construyéndose y que hoy están más cerca de lo que la gente cree. Una es la región del Vallenato tradicional. La otra es la RAP Caribe. Las dos tienen su perímetro definido, su sustento económico identificable y una agenda clara de lo que pueden hacer. Ninguna de las dos es un papel en blanco.

Lo que a cada una le falta es un solo acto. Y son actos distintos, lo cual es una buena noticia, porque significa que no compiten entre sí ni se estorban: pueden avanzar en paralelo.

 

El País Vallenato: una economía con perímetro

La región del Vallenato tradicional tiene frontera verificable, los cuarenta y dos municipios de Cesar, La Guajira y Magdalena que en 2014 firmaron el Plan Especial de Salvaguardia de la música vallenata. No es una metáfora. Es un territorio funcional con activo cultural compartido, cadena productiva propia y cuentas que se pueden leer.

Esos municipios generaron en 2024 un valor agregado bruto de 61.128 miles de millones de pesos: el 4,27 % del total nacional y el 25,54 % del Caribe colombiano. Una cuarta parte de la economía caribeña.

Su composición explica dónde está el reto y dónde la oportunidad. De cada cien pesos que produce, casi cincuenta vienen de actividades primarias sin transformar, apenas seis de industria y cuarenta y cuatro de servicios; el país, ese mismo año, estuvo en 16 %, 16,5 % y 67,4 %. La brecha en servicios (veintitrés puntos) es la más grande y la más prometedora, porque es el terreno donde este territorio puede aportar rápido sin competirle a nadie.

Y ese terreno ya está probado. El Festival de la Leyenda Vallenata generó en 2025 un impacto económico de 69.437 millones de pesos y acumula 319.068 millones en siete ediciones, con cerca de 1,8 millones de asistentes y más de 27.000 contrataciones. Hay veintiocho festivales más dentro del territorio y más de veinte por fuera, incluidos Miami y Monterrey. Solo el instrumento de la Ley 1493 de 2011 (la contribución parafiscal del 10 % sobre boletería de artes escénicas) representa, en las siete ediciones del Festival, un aporte estimado en el orden de los 8.500 millones de pesos con destinación amarrada a infraestructura escénica.

La región del Vallenato tradicional, entonces, tiene lo esencial territorio, activo, cifras y una fuente de financiación que ya opera. Lo que le falta es puesta en acción. Que los cuarenta y dos municipios y las tres gobernaciones dejen de tratar el Plan de Salvaguardia como un documento y lo asuman como una hoja de ruta compartida. Eso no depende de Bogotá ni de una ley nueva, depende de las alcaldías, de las secretarías de cultura y de desarrollo económico, y de la decisión de planear en conjunto lo que hoy se planea por separado.

 

La RAP Caribe: una región que ya funciona

La RAP Caribe también tiene su unidad definida: los ocho departamentos de la región, articulados desde 2017 en una figura de planificación conjunta con agenda propia (gestión de regalías, infraestructura portuaria, adaptación climática, educación superior) y con la economía caribeña completa como base. No es una idea: es una entidad que lleva casi una década operando.

Y ha recorrido casi todo el camino institucional. Cumplió sus cinco años continuos de funcionamiento. Obtuvo el respaldo de los ocho gobernadores y las ordenanzas de las asambleas departamentales. Tiene concepto favorable de la Comisión de Ordenamiento Territorial. En septiembre de 2025 se radicó el proyecto de ley orgánica para convertirla en Región Entidad Territorial, al amparo del artículo 307 de la Constitución y de la Ley de Regiones.

Lo que le falta es la confirmación de esa constitución: que el proyecto surta sus debates en el Congreso y que la ciudadanía lo refrende. Cuatro de los cinco requisitos están cumplidos. El quinto está esperando.

Lo que se abre con esa confirmación es concreto: capacidad de decidir sobre prioridades regionales, recepción directa de recursos, planeación a una escala que ningún departamento alcanza solo y presentación de proyectos de infraestructura, conectividad y competitividad que hoy se fragmentan en ocho ventanillas.

 

Lo que está latente mientras esperamos

Aquí está lo que me preocupa del aplazamiento, y no es un asunto de orgullo regional: es de plata y de tiempo.

El Índice Departamental de Competitividad en su medición más reciente muestra que el Caribe le gana al promedio nacional en tamaño de mercado y en sofisticación productiva, y pierde en cuatro pilares: adopción de TIC, educación superior, sistema financiero e innovación. Léanse otra vez. Conectividad, talento formado, acceso a crédito y capacidad de innovar. Son los cuatro insumos de cualquier industria cultural, creativa o tecnológica que este territorio quiera construir.

Ninguno de esos cuatro se mueve solo municipio por municipio. La conectividad se resuelve por corredores, no por alcaldías. La educación superior se articula por sistemas regionales. El crédito productivo requiere volumen. La innovación necesita masa crítica. Es decir: son precisamente los frentes que quedan bloqueados mientras las dos figuras siguen sin activarse del todo.

Ese es el costo de aplazar. No es que perdamos una oportunidad simbólica; es que hay proyectos de competitividad, infraestructura y desarrollo cultural que están ahí, formulados, esperando una figura que los pueda cargar.

 

El momento

Y este es el momento, con sustento y no con entusiasmo. El país está discutiendo en serio la distribución de competencias y recursos hacia los territorios. La Región Entidad Territorial está radicada y en trámite. El Índice Departamental de Competitividad se presenta expresamente como insumo para la formulación y priorización de política pública regional en el arranque de un nuevo gobierno. Las herramientas de asociatividad territorial nunca habían tenido tanto respaldo normativo ni tanta atención política sobre las regiones.

Los ciclos institucionales no duran. Cuando se abre una ventana como esta y no se pasa por ella, no vuelve a abrirse con los mismos actores ni en el mismo periodo. Por eso creo que hay que decirlo con claridad y sin dramatismo. Ni las dos figuras, ni los líderes que las representan, ni las regiones que están detrás de ellas deberían dejar pasar este año. A la RAP le corresponde empujar su confirmación hasta el final. A la región del Vallenato tradicional le corresponde ponerse en acción desde lo local, que es donde nadie más puede hacerlo por él.

Cada una tiene su tarea y esto no se cierra con un documento más. Se cierra con nombres y con fechas. Una bancada que ponga el proyecto en el orden del día y no en la lista de buenas intenciones. Unos gobernadores que sostengan la vocería después de la foto. Unos alcaldes que metan el Plan de Salvaguardia en su plan de desarrollo y no en su discurso de festival. Los Comité Universidad Empresa Estado Sociedad CUEES y el sector cultural dejen de pedir apoyo y empiecen articularse y a presentar proyectos con cifras. Ninguno de esos cinco necesita permiso de nadie para empezar, solo estar articulados.

Aquí ya hicimos lo difícil, probar que el territorio produce, medir cuánto, levantar las figuras y sostenerlas durante años. Lo que queda es lo que históricamente nos ha costado más, que es cerrar.

El Caribe no necesita que le inventen figuras nuevas. Necesita terminar las que ya tiene.

 

Fabián Dangond Rosado

DESCARGAR COLUMNA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *