“Dos casas en el aire, una se sube presionando un botón. La otra cada vez que se vuelve a cantar.”
En septiembre conté en esta columna lo que encontré al medir 2.936 letras vallenatas: la inteligencia artificial abarató la técnica, y lo que quedó con valor fue haber vivido lo que se canta. Ahora quiero ir más atrás, hasta el botón que la televisión prometió hace más de sesenta años y que hoy cargamos en el bolsillo, y preguntar quién se queda con lo que ese botón ahorra. Para eso hay que volver a Patillal.
Rafael Escalona, nacido en Patillal en 1927, le prometió a su primera hija, Ada Luz, una casa en el aire. Tenía un verso, una melodía y el oficio de convertir en canto lo que pasaba en la provincia. En 2005 contó de dónde le salió la imagen. En la finca de su padre, el coronel Clemente Escalona, vivía la vieja Chúa, una señora que había criado a los muchachos de la casa. Mientras mecía la hamaca de su hija Mercedes, le cantaba al coronel que no se la entregaba sin veinticinco novillas o diez potros, y sin una casa junto a la de Pedro Castro Monsalvo. Era un juego de cuna: una mujer de la finca le pedía al patrón lo imposible para su hija. Escalona tomó esa casa prometida y la subió al aire. ‘Es la misma casa en el aire’, dijo.
En 1962, Bovea y sus Vallenatos grabaron «Los cantos vallenatos de Escalona», el primer disco dedicado por entero a sus canciones. En septiembre de ese año, la televisión estadounidense estrenó Los Supersónicos. Joseph Barbera contó después que convirtió unos edificios redondos sobre columnas en los Apartamentos Aero-Pad de Órbita City, con elevadores hidráulicos para subirlos por encima del esmog.
Ese año hubo dos casas en el aire La de Órbita City subía cuando alguien apretaba un botón. La de Ada Luz lleva más de sesenta años arriba, y la sostiene cada músico que se la aprende y la vuelve a cantar.
Vamos ahora a la economía de lo cotidiano, a quién se queda con el tiempo que la IA ahorra.
George Jetson bajaba del Aero-Pad a la fábrica del señor Spacely, donde su oficio era apretar un botón. La serie lo vendía como una conquista, poco trabajo y una vida resuelta por máquinas. Para ver qué había detrás de ese botón sirve la serie que HannaBarbera estrenó dos años antes a Los Picapiedra, que llevaron a la Edad de Piedra los afanes de la clase media de 1960. Dentro de la cámara, un pájaro tallaba la foto en piedra con el pico. El animal miraba al público, se encogía de hombros y decía que así se ganaba la vida.
En el último episodio de la primera temporada de Los Supersónicos, un compañero de Elroy (Cometín Sónico) ve en su televisor de pulsera la repetición número mil millones de Los Picapiedra. El futuro llevaba el pasado amarrado a la muñeca.
Ese pájaro es el retrato más honesto que conozco de la inteligencia artificial, una inteligencia ajena, metida en el aparato, que hace el trabajo mientras nosotros apretamos el botón. La foto sale y casi nadie pregunta cómo la talló, ni quién le enseñó a tallar.
La idea de la IA es anterior a las caricaturas. En 1955, un grupo de investigadores propuso reunirse en Dartmouth para estudiar cómo una máquina podía usar el lenguaje, formar conceptos y resolver problemas propios de las personas. En 1961, el año en que Calixto Ochoa y Alfredo Gutiérrez tocaron las puertas de Discos Fuentes, General Motors puso a trabajar a Unimate, el primer robot industrial. El 30 de noviembre de 2022, la inteligencia artificial generativa se abrió al público en un chat gratuito, y el pájaro salió de la cámara.
Hoy ese botón está hasta en el cuarto donde un compositor de Valledupar busca la segunda estrofa. Economistas de Stanford y el MIT siguieron a 5.179 agentes de atención al cliente. Con un asistente de IA, resolvieron en promedio 14 % más casos por hora. Los novatos mejoraron 34 %, y los más experimentados casi no cambiaron, la herramienta capturó las prácticas de los mejores agentes y se las pasó a los nuevos.
En otro estudio, de Microsoft Research y Carnegie Mellon, 319 trabajadores del conocimiento contaron que cuanto más confiaban en la IA, menos esfuerzo crítico ponían, sobre todo cuando no dominaban la tarea. Es un autorreporte. Queda una paradoja incómoda, el que más gana con el botón es el que menos herramientas tiene para juzgar lo que el botón produce.
En 1930, John Maynard Keynes calculó que la generación de sus nietos viviría de cuatro a ocho veces mejor y trabajaría unas quince horas a la semana. George Jetson era ese nieto. Los economistas que revisaron su ensayo concluyen que acertó con la riqueza y falló con la semana corta, porque dejó por fuera una pregunta: cómo se reparte lo que la técnica ahorra.
El estudio de los agentes muestra esa pregunta en pequeño. Un veterano de aquella empresa pudo pasar años aprendiendo a calmar a un cliente furioso. Ese saber entró a la máquina y salió convertido en sugerencias para el muchacho que llegó la semana pasada. La productividad de la empresa subió. Los resultados del veterano casi no se movieron, y su experiencia quedó repartida en un sistema que no le pertenece. Lo que recibió por enseñar no aparece en ninguna tabla.
¿Qué se hace con el tiempo que el maestro de Patillal hoy que su manera de tocar ya vive dentro de una máquina?
El vallenato conoce esa transferencia desde los tiempos del acetato. El disco de Bovea capturó una parranda y la llevó adonde la parranda nunca iba a llegar, y a Escalona lo volvió autor nacional. Pero no le enseñó a tocar a nadie. La música siguió viva porque en los patios del Cesar, La Guajira y el Magdalena los viejos se sentaron con los muchachos, sin contrato y sin factura. Cuando ese relevo empezó a fallar, la UNESCO inscribió en 2015 el vallenato tradicional del Magdalena Grande en su lista de salvaguardia urgente, y entre las amenazas señaló el deterioro de los espacios donde se transmite. La alarma sonó siete años antes de que la inteligencia artificial generativa llegara al público.
No tengo nada contra la herramienta, y tampoco se va a ir. A cada casa, empresa y escuela de música le toca decidir qué hace con el tiempo que el botón le ahorra. Si lo convierte solo en más contenido y más barato, el negocio dura lo que dure el último maestro. La cuenta solo cuadra cuando una parte de ese tiempo vuelve a su esencia, al ensayo y al pago justo de quien enseña.
Las casas en el aire se sostienen gracias a que un muchacho toma el acordeón al lado de un maestro, bajo la enramada de una casa de Patillal. Escucha una frase y trata de repetirla. Se equivoca. El maestro vuelve a tocar, más despacio, y el muchacho descubre dónde tiene que corregir. Un teléfono, apoyado en una silla, graba el encuentro. El aprendiz insiste hasta encontrar el sonido. Esta vez, el botón guarda el esfuerzo pero la memoria y el conocimiento se sigue trasmitiendo de generación en generación.
Fabián Dangond Rosado
Desarrollo económico territorial y competitividad | Ingeniero industrial · Magíster en Emprendimiento e Innovación | Presidente del CUEES Cesar | Economía creativa · Decisiones públicas con evidencia

