Antes, una visita podía terminar en parranda. Alguien llegaba a la casa, aparecía otro amigo y, cuando menos se esperaba, había varias personas conversando alrededor de una mesa. No siempre hacía falta una invitación formal. Bastaba encontrar a alguien con ganas de quedarse un rato. Hoy podemos comunicarnos con decenas de personas en segundos, pero reunir a cuatro amigos puede convertirse en una tarea de semanas.
Todo comienza con un “Tenemos que vernos”, en WhatsApp. Uno propone el viernes, otro trabaja, el tercero tiene un compromiso familiar y alguien promete confirmar. Pasan los días. El grupo continúa activo, circulan fotografías, felicitaciones y canciones, pero la reunión sigue pendiente. Cuando finalmente nos encontramos, dedicamos buena parte de la noche a contarnos lo ocurrido durante meses. Los hijos crecieron, alguien cambió de trabajo, otro estuvo enfermo. Nos despedimos prometiendo que la próxima reunión será pronto.
En noviembre de 2025, el periodista Juanjo Villalba describió en elDiario.es esta costumbre, conocida como catch-up culture: reunirnos para ponernos al día con personas cercanas después de largos períodos sin compartir actividades. La expresión retrata algo que muchos hemos experimentado. Sabemos qué ocurre en la vida de nuestros amigos, seguimos sus publicaciones y conocemos sus novedades, pero cada vez nos cuesta más encontrar momentos para estar juntos.
La vida que miramos desde una pantalla
El teléfono nos permite conversar con familiares que viven lejos, recuperar amistades y escuchar canciones que antes resultaban difíciles de conseguir. Sus beneficios forman parte de nuestra vida cotidiana.
También ha cambiado la manera como ocupamos nuestros ratos libres. Podemos pasar una tarde viendo fotografías de lugares que nunca visitamos, conciertos a los que no asistimos y reuniones de personas que conocemos. Terminamos sabiendo dónde estuvieron nuestros amigos, qué comieron y qué celebraron, aunque llevemos meses sin sentarnos a conversar con ellos.
El sociólogo Hartmut Rosa ha estudiado cómo la aceleración de la vida contemporánea modifica nuestra relación con el tiempo. Su reflexión ayuda a comprender por qué disponer de tecnologías cada vez más rápidas no significa necesariamente tener más horas para compartir. Sin embargo, las pantallas no explican por sí mismas nuestras dificultades para encontrarnos. El trabajo, las distancias y las responsabilidades familiares también ocupan buena parte de nuestros días. Lo curioso es que el mismo teléfono que nos mantiene pendientes de tantas cosas podría ayudarnos a descubrir experiencias que suceden muy cerca de nosotros.
La ciudad que dejamos de visitar
Pensemos en nuestra propia ciudad. Mientras intentamos ponernos de acuerdo para reunirnos, en sus parques, teatros, bibliotecas, plazas y centros históricos pueden estar ocurriendo actividades culturales que desconocemos.
Una exposición, una presentación musical, una feria artesanal o una conversación literaria podrían convertirse en una buena excusa para salir de casa. Sin embargo, muchas veces nos enteramos de esas actividades cuando ya terminaron.
La información suele circular entre publicaciones de los organizadores, redes institucionales y grupos de mensajería. Cada uno anuncia lo suyo y el ciudadano termina buscando por diferentes lugares aquello que podría encontrar en una sola agenda. Una ciudad puede tener una programación cultural interesante y, aun así, conseguir que buena parte de sus habitantes nunca se entere.
La cultura vallenata ofrece un ejemplo cercano de lo que significa reunirse alrededor de una experiencia compartida. La parranda ha sido un espacio para escuchar canciones, contar historias y transmitir conocimientos. Alrededor del acordeón se encuentran generaciones y circulan recuerdos que forman parte de nuestra memoria musical. Para esa posibilidad de encuentro también existe en una biblioteca, un teatro o una plaza. Cada lugar ofrece una experiencia distinta y puede reunir personas que difícilmente coincidirían en otras circunstancias.
Son pequeños rincones de convivencia capsulas de salvaguardia que permanecen disponibles, aunque muchas veces no sepamos cómo llegar a ellos.
Una agenda para volver a encontrarnos
Aquí aparece una oportunidad que nuestras ciudades deberían considerar. Así como consultamos desde el celular las noticias, el estado del tiempo o la programación de televisión, podríamos conocer con anticipación las actividades culturales de nuestro entorno.
Una agenda pública, permanente y actualizada permitiría saber qué ocurre durante la semana, dónde se realiza, a qué hora comienza y cuáles son las condiciones de acceso. Los artistas, gestores culturales, instituciones y organizadores podrían registrar sus actividades en un mismo espacio de consulta. Los ciudadanos encontrarían opciones para disfrutar en familia, con amigos o incluso para conocer nuevas personas.
Imaginemos recibir el jueves una publicación que anuncie música en el parque, una feria gastronómica el sábado y una exposición abierta durante el domingo.
Alguien comparte esa información en el grupo de amigos que lleva semanas intentando reunirse. “El sábado hay música en la plaza. Nos vemos allá”. Y esta vez la invitación tiene fecha, lugar y una actividad para compartir.
Una agenda cultural visible tampoco resuelve todas las dificultades. El transporte, la seguridad, los horarios y los costos influyen en la decisión de asistir. Por eso resulta necesario que las ciudades ofrezcan espacios accesibles y actividades para públicos diferentes. Pero conocer lo que sucede es un buen comienzo. Las pantallas pueden ayudarnos a encontrar esos lugares donde todavía es posible conversar, escuchar música y compartir tiempo sin estar pendientes de la siguiente notificación.
La economía de encontrarnos
Alrededor de una actividad cultural suceden pequeñas cosas que muchas veces pasan inadvertidas. Quien sale a escuchar música puede comprar un helado, sentarse en un restaurante o llevarse una artesanía. Una familia que visita el centro histórico descubre una cafetería. Un visitante que conoce una feria encuentra motivos para regresar.
El artista encuentra público, el vendedor encuentra clientes y el barrio recibe personas que quizá no habrían llegado hasta allí. Es una economía cercana, hecha de decisiones cotidianas y pequeños intercambios que pueden beneficiar a quienes trabajan alrededor de esos espacios.
También ocurren encuentros cuyo valor no aparece en las cuentas. Dos vecinos se conocen durante una presentación, unos amigos retoman una conversación pendiente y una familia descubre un lugar al que decide regresar. La cultura tiene esa capacidad de reunir personas alrededor de experiencias comunes. Su continuidad depende de quienes las organizan y de quienes deciden participar.
Que el próximo encuentro no sea otra promesa
Quizá nuestras ciudades tengan más lugares para encontrarnos de los que imaginamos. Parques que dejamos de visitar, teatros cuya programación desconocemos, bibliotecas que ofrecen actividades y patios donde todavía se escuchan historias acompañadas de música.
Podemos volver a descubrirlos. La próxima vez que abramos el teléfono, además de revisar las publicaciones de nuestros amigos, podríamos buscar qué sucede este fin de semana cerca de casa. Tal vez encontremos una actividad gratuita, una exposición o una buena excusa para llamar a quienes llevamos meses prometiendo visitar.
La pantalla puede mostrarnos el camino. Después tendremos que decidir salir. Y cuando alguien vuelva a escribir un “Tenemos que reunirnos”, ojalá podamos responder con algo más que una promesa.
Estoy seguro de que tenemos tiempos más allá de una pantalla, nuestras ciudades y pueblos están llenos de lugares y capsulas de memoria, solo hace falta una fecha, un lugar y las ganas de volver a encontrarnos.
Fabián Dangond Rosado
Desarrollo económico territorial y competitividad | Ingeniero industrial · Magíster en Emprendimiento e Innovación | Presidente del CUEES Cesar | Economía creativa · Decisiones públicas con evidencia

