UNA LECTURA EQUIVOCADA

Leí con atención la columna “Riohacha no es el insulto de nadie”, escrita como respuesta directa a un texto mío publicado semanas atrás. Celebro que una columna provoque otra. Para eso también sirve la opinión: para conversar, discrepar y hasta incomodarnos. Lo que no puedo compartir es que se me atribuya una intención que nunca estuvo en lo que escribí.

Mi columna no convirtió a Riohacha en un insulto, ni pretendió reducir una ciudad entrañable a sus dificultades. Mucho menos podría hacerlo alguien que conoce, quiere y siente a La Guajira como parte esencial de su propia historia. La comparación tenía un contexto perfectamente identificable: las aguas residuales corriendo por las calles, los manjoles rebosados, los malos olores y una infraestructura de alcantarillado incapaz de responder adecuadamente. Ese era el asunto. No la dignidad de los riohacheros, no su cultura, no su historia, no su gente.

Por eso creo que Cinthya Ardila leyó mi columna desde una susceptibilidad comprensible, pero terminó atribuyéndole un alcance que no tenía. Decir que Valledupar empieza a parecerse a Riohacha frente a un fenómeno concreto no significa afirmar que Riohacha sea aquello en lo que ninguna ciudad debería convertirse. Esa conclusión pertenece a la interpretación de quien responde, no a las palabras ni al propósito de quien escribió.

Curiosamente, el Diputado de la Guajira, Daniel Ceballos, al referirse públicamente a la columna, entendió el sentido con bastante precisión. Manifestó que lamentaba que la comparación se hiciera por algo negativo, pero reconoció algo elemental: en Riohacha existen problemas de aguas negras y el esfuerzo debe orientarse a conseguir que la ciudad sea reconocida por todo lo bueno que también tiene. Esa lectura me parece mucho más cercana al espíritu del texto. No niega el problema, no se siente agraviada por mencionarlo y, sobre todo, transforma la incomodidad en una reflexión útil.

Las ciudades no pierden dignidad porque alguien señale sus problemas. La pierden, acaso, cuando terminamos creyendo que hablar de ellos constituye una ofensa. A Valledupar la he criticado muchas veces, precisamente porque la quiero. He hablado de su desorden, de su deterioro, de sus aguas negras, de su espacio público y de sus administraciones. Jamás he pensado que denunciar esas realidades equivalga a insultar a los vallenatos.

Tampoco confundí jamás a Riohacha con sus manjoles. Riohacha es muchísimo más. Es el Ranchería, el mar, el desierto cercano, su cultura, su historia, su gente y una identidad que nadie necesita explicarme. Pero reconocer todo eso no obliga a guardar silencio sobre aquello que funciona mal. El cariño por un territorio no puede convertirse en una prohibición para compararlo, cuestionarlo o exigirle.

La frase que dio título a mi columna podía incomodar. Lo acepto. Los títulos buscan también sacudir al lector. Pero entre incomodar e insultar existe una distancia considerable. Y convertir una comparación crítica sobre saneamiento básico en una supuesta agresión contra la dignidad de toda una ciudad es llevar el texto a un terreno en el que nunca estuvo.

No tengo que lavar los manjoles de Valledupar ensuciando el nombre de Riohacha, como concluye la autora. Nunca lo hice. Lo que quise advertir fue mucho más sencillo: cuando dos ciudades hermanas empiezan a compartir los mismos problemas, lo sensato no es ofenderse por la comparación, sino preguntarnos por qué seguimos tolerándolos.

Ojalá algún día las comparaciones entre Valledupar y Riohacha sean por sus parques, por sus servicios públicos eficientes, por sus gobiernos ejemplares, por sus calles limpias y por la calidad de vida de sus habitantes. Ese sería un parecido que celebraría sin reservas.

Mientras tanto, las aguas negras siguen corriendo. Y quizás ese debería seguir siendo el verdadero motivo de nuestra indignación.

 

Jose Jorge Molina Morales

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