ALGÚN DÍA VOLVEREMOS A SONREÍR JUNTOS – EN HOMENAJE A LIAN ALESSANDRA RUTTO ORTEGA

Hace un año, el 8 de abril del 2021, la voz temblorosa de una enfermera nos informaba que mi hija Lian Alessandra había partido hacia la eternidad, su corazón había dejado de latir y ella cumplía, a nombre de la Clínica en que laboraba, con el deber de darnos a conocer la noticia que nunca hubiéramos querido escuchar.

Consulté con el Ángel de la vida quien me aseguró que no mueren quienes son justos y han vivido según los estatutos del Señor, me pidió que no estuviera triste porque vida y vida en abundancia era lo que ella tenía a partir de ese momento.

-Pero es mi hija, me duele en el alma saber que no estará conmigo en adelante. Desde el vientre de su madre comencé a acariciarla, la abrigué contra mi pecho cada uno de los días de su infancia, jugué como si yo también fuera un niño, la cargué sobre mis hombros y dibujé su carita siempre feliz en el lienzo inmaculado de la memoria paterna.

-Los hijos no son de los padres, me respondió la voz angelical, son de Dios y Él en su sabiduría infinita se reserva el derecho a decidir el tiempo en que habitarán el universo de forma material, sólo a Dios le incumbe el derecho.

El diálogo anterior me llenó de paz y me permitió transmitirles tranquilidad a la familia y a los amigos, pues todos vivíamos un intenso momento, en el que nos invadía la incertidumbre y un  dolor indescriptible. A partir de ese momento mi esposa y yo pertenecíamos al ejército de los Sin Nombre, por que quien pierde a un padre se llama huérfano, quien pierde  a su cónyuge se llama viudo. Pero, ¿qué palabra puede servir para nombrar a un hijo? No existe tal palabra para quien ve partir a un hijo hacia la eternidad.

El ángel de la vida, con profundo amor, me hizo entender que la voluntad Soberana de Dios está por encima de la voluntad de los hombres,  aún en circunstancias tan difíciles como la que estábamos viviendo. Tenía que llenarme de valor para cumplir las tareas humanas que la situación demandaba: traslado del cuerpo, arreglos de la bóveda, preparación de las honras fúnebres, en fin, era necesario secar las lágrimas para afrontar las primeras tareas de nuestra nueva vida.

Durante todo este tiempo han pasado por mi mente miles de imágenes relacionadas con mi hija: el anuncio de que la criatura venía en camino, la tarde feliz en que nació, el día en que me dijo papá por primera vez,  el cambio de pañales y darle el primer biberón, cuando la enseñé a orar, los cuentos que me inventaba para que se durmiera con una bella dibujada en su rostro, el primer día del jardín infantil, su grado en la primaria y en la secundaria, su bautismo, su primera predicación en la iglesia…

Esos días de abril habían sido muy felices, después de superar algunos obstáculos había sustentado su tesis de grado, habíamos celebrado su cumpleaños y un poco más adelante celebraríamos su grado como administradora de empresas.

Pero llegó ese 8 de abril y nos enfrentamos, de un momento a otro con lo incierto, con lo inesperado. Por protocolos de ley nadie nos pudo acompañar físicamente en nuestro dolor. No había en la iglesia ningún pastor disponible, de modo que asumí con entereza el reto más triste y exigente de mi vida: acudir a mi investidura ministerial para dirigir yo mismo la ceremonia del sepelio de Lian Alessandra.

Hoy recuerdo cuando ella llegaba orgullosa a casa y me contaba de las personas que le hablaban bien de su papá, pero aún más contenta cuando le decían que tan parecida a mí.

En una de esas ocasiones, al llegar del colegio, dejó sus útiles sobre la mesa, corrió hacia mí y  me abrazó con todas sus  fuerzas, me dio un beso maravilloso, sentí su pequeño corazón palpitando acelerado junto al mío y me dijo con su voz de chiquilla hermosa:

“Papi, la profesora me dijo que yo soy tú con cara de niña” Y acto seguido empezó a cantar una canción inventada por ella misma: “te quiero mucho papá, nunca te quiero dejar, deme un beso y ámame cada día más…”

Ese momento no tiene comparación, cuanto diera por volver a abrazarla y sentir su corazón  fuerte y vigoroso, y darle un tierno beso en la frente.

Pero no es posible, ella está en la eternidad, en donde el Padre celestial la abraza con fuerza y disfruta de su amor ilimitado. Creo que ahora  le habla al oído de Dios y le canta una canción de amor eterno.

Algún día volveremos a sonreír juntos

 

Alejandro Rutto

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2 comentarios de “ALGÚN DÍA VOLVEREMOS A SONREÍR JUNTOS – EN HOMENAJE A LIAN ALESSANDRA RUTTO ORTEGA

  1. osirisarguellesguevara@gmail.com dice:

    Hay que estar lleno de Dios para tomar lo acontecido así
    En la vida he vivido algo semejante 4 veces

    Hermano único
    Esposo
    Hijo mayor

    Mamá
    Papá

    Todas las veces Dios ha secado mis lágrimas y las ha cambiado x gozo y paz

  2. Angela Torres dice:

    Muy duro su partida en medio de tanta angustia que sufría Colombia y aún más la Guajira con las dificultades en el sectorial salud las UCI colapsadas en una travesía de traslado buscando mejores oportunidades de atención. Sin embargo ya Dios tenía lista su morada en cielo. Ese día aunque fue tan triste, por su partida inesperada …en el cielo había fiesta y hoy esta al lado del Rey.

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