Hay ciudades que aprenden a convivir con el miedo.
Y hay ciudades que un día deciden que no van a seguir haciéndolo.
Riohacha y gran parte de La Guajira atraviesan un momento en el que el miedo parece haberse convertido en paisaje: comercio que cierra por precaución, ciudadanos que miran con desconfianza la noche, rumores que corren más rápido que los comunicados oficiales, violencia que deja de ser excepción para convertirse en conversación cotidiana. No es solo inseguridad. Es una sensación persistente de abandono.
Pero el miedo, aunque poderoso, nunca ha sido eterno.
Hace dos décadas, Medellín era sinónimo de violencia. Sus calles estaban marcadas por el control armado, el narcotráfico y la desesperanza. Muchos pensaron que aquella ciudad estaba condenada a definirse por el miedo. Sin embargo, durante la alcaldía de Sergio Fajardo, comenzó a construirse una narrativa distinta: la de que el cambio no nace de la fuerza bruta, sino de la decencia pública, la educación y la presencia real del Estado.
El libro El poder de la decencia resume una idea sencilla pero radical: la transformación de una sociedad empieza cuando la política deja de ser un negocio y vuelve a ser un servicio. En Medellín, la apuesta fue clara: recuperar la confianza ciudadana, dignificar lo público y demostrar que el Estado podía llegar primero a los territorios donde antes solo llegaba el miedo.
No fue magia. Fue decisión política.
Bibliotecas en los barrios más golpeados.
Espacios públicos recuperados.
Educación como prioridad.
Transparencia como método.
Pero, sobre todo, un mensaje constante: el miedo no sería el lenguaje de la ciudad.
La Guajira no es Medellín. Sus desafíos son distintos, su historia es distinta y sus heridas también. Sin embargo, la lección de fondo es universal: ninguna región está condenada a vivir bajo la lógica del temor permanente.
Hoy, en Riohacha, el miedo se siente en la conversación diaria. Se percibe en el comercio que duda, en el ciudadano que desconfía, en la madre que calcula rutas y horarios con cautela. El problema no es solo la inseguridad física; es la erosión de la esperanza. Y cuando la esperanza se erosiona, la sociedad comienza a normalizar lo inaceptable.
Pero también es cierto que cada crisis contiene una posibilidad.
El paso del miedo a la esperanza no ocurre por decreto.
Ocurre cuando la institucionalidad decide estar presente de verdad.
Cuando la política recupera la ética.
Cuando la ciudadanía deja de sentirse sola.
La transformación de Medellín no empezó cuando desapareció el miedo. Empezó cuando apareció la confianza. Cuando la gente comenzó a creer que era posible vivir de otra manera. Cuando la decencia dejó de ser un discurso y se convirtió en práctica cotidiana.
La Guajira necesita algo más que operativos.
Necesita un proyecto de confianza.
Necesita liderazgo que no administre el miedo, sino que lo desplace.
Necesita instituciones que no reaccionen tarde, sino que lleguen primero.
No se trata de negar la realidad. Se trata de transformarla.
El miedo es un sentimiento colectivo poderoso porque se contagia rápido. Pero la esperanza también lo es. La diferencia es que la esperanza requiere liderazgo, coherencia y presencia sostenida.
La pregunta que hoy enfrenta Riohacha no es si el miedo existe.
La pregunta es qué vamos a construir después de él.
La historia demuestra que las ciudades pueden cambiar su destino. Que los territorios pueden pasar de la oscuridad a la luz. Que la violencia no es una identidad permanente, sino una etapa que puede superarse cuando la sociedad decide hacerlo.
El tránsito del miedo a la esperanza comienza con una convicción:
que la decencia no es ingenuidad, sino estrategia.
que la educación no es un adorno, sino seguridad a largo plazo.
que la presencia del Estado no es un comunicado, sino una realidad visible.
La Guajira merece vivir sin miedo.
Pero, más aún, merece tener esperanza.
Juana Cordero Moscote


Hoy el miedo no solo se siente en las calles: también circula en la web. La información, que debería ser nuestro oro, se ha convertido en terreno fértil para la manipulación y el delito. Como advierte Byung-Chul Han, vivimos rodeados de “no-cosas”: datos que nos saturan, estímulos que nos distraen y pantallas que erosionan la confianza.
Pero este riesgo es también una oportunidad. Una oportunidad para rescatar lo esencial: la humanidad que aún nos une, la educación que nos protege a largo plazo y la ética pública que devuelve sentido a lo colectivo.
La Guajira no está condenada a la inmediatez ni al miedo. Está llamada a demostrar que la esperanza puede ser más fuerte, también en el mundo digital.
Muy buena columna, Juana.