Cada vez que se conocen los resultados de una elección presidencial, La Guajira aparece pintada de izquierda. La izquierda ganó con amplitud. El discurso del cambio conecta. La narrativa contra las élites nacionales encuentra eco en una tierra históricamente olvidada por la capital. Sin embargo, apenas llegan las elecciones para gobernador, alcaldes, diputados y concejales, el mapa político da un giro inesperado. Los mismos electores que respaldan proyectos de izquierda para la Presidencia terminan entregando el poder regional a los sectores tradicionales.
¿Contradicción? No necesariamente.
La explicación es más incómoda.
En La Guajira existen dos electorados dentro de un mismo ciudadano.
El primero aparece cuando se elige presidente. Allí el voto es emocional, ideológico y simbólico. El elector expresa frustración, inconformidad y esperanza. Vota por quien representa una ruptura con las élites. Por eso la izquierda encuentra terreno fértil en una región que ha sufrido pobreza y abandono.
Además, en las presidenciales el movimiento económico local suele ser menor. La gente vota más libremente: por convicción, por simpatía, por rabia, por esperanza o simplemente por quien le nace. No siempre hay que salir a buscar al elector, no siempre hay que movilizarlo puerta a puerta, no siempre aparece el famoso refrigerio como símbolo de una política reducida a logística electoral.
Pero en las elecciones territoriales aparece otra realidad. Allí no basta el discurso. Allí pesa la estructura. Pesa quién tiene vehículos, líderes, publicidad, recursos, equipos, operadores y presencia constante durante los meses de campaña. Desafortunadamente, en muchas contiendas locales termina imponiéndose no necesariamente quien tiene la mejor propuesta, sino quien tiene mayor capacidad de movilización y músculo financiero.
Por eso en las elecciones regionales emerge el segundo elector. El elector práctico. El que no vota pensando en discursos nacionales sino en quién tiene presencia en su municipio, quién ayudó a conseguir una cita médica, quién resolvió un problema comunitario, quién tiene estructura, líderes barriales y capacidad de movilización. En ese escenario la ideología pierde valor y la maquinaria gana peso.
Mientras la izquierda ha logrado construir una narrativa nacional poderosa, no ha conseguido consolidar estructuras territoriales equivalentes a las de los grupos políticos tradicionales. Y la política local sigue siendo, ante todo, una competencia de organización territorial.
Por eso resulta equivocado interpretar las victorias presidenciales de la izquierda como una transformación automática del poder regional. Una cosa es votar por un proyecto de país y otra muy distinta es entregar la administración del departamento o del municipio.
La Guajira no está votando de manera incoherente. Está enviando dos mensajes diferentes.
El primero, dirigido a la capital: “queremos seguir apostándole a los cambios”.
El segundo, dirigido a la política local: “seguimos confiando en quienes tienen capacidad real de operar en el territorio”.
La verdadera pregunta no es por qué la izquierda gana las presidenciales y pierde las regionales.
La pregunta es por qué, después de tantos triunfos presidenciales en La Guajira, las fuerzas alternativas aún no han logrado construir liderazgos territoriales capaces de competir de igual a igual con las estructuras tradicionales.
Hasta que eso ocurra, seguiremos viendo el mismo fenómeno: una izquierda dominante en el discurso nacional y una política regional gobernada por las viejas maquinarias.
Esa no es una contradicción de los votantes.
Es el reflejo de una realidad que muchos prefieren ignorar: ganar la conversación no es lo mismo que ganar el territorio.
La izquierda conquistó el voto de protesta; los clanes siguen controlando el voto de poder.
Cinthya Ardila Socarras

