EL INICIO DE UN IMPERIO

Roberto Gerlein había sido elegido por vez primera a la cámara de representantes unos seis años antes, en medio de un acalorado debate ante la opinión pública sobre la presunta vinculación de funcionarios de la administración en actos de corrupción. La sorpresiva carga de profundidad lanzada contra el gobierno, buscaba provocar el fracaso de la reforma constitucional, discutida en aquella legislatura, por medio de la cual, Lleras Restrepo se proponía fortalecer las competencias del poder ejecutivo, además de lograr con ella un paso imprescindible en la descentralización efectiva de las entidades territoriales mediante la introducción, en el articulado, del concepto novedoso del situado fiscal.

Gerlein se había inscrito para aquellas elecciones por las listas oficiales del partido conservador en su circunscripción, pero sólo en el tercer renglón de la plancha encabezada por el veterano dirigente Clemente Salazar. En un principio los pronósticos no le fueron favorables, toda vez que por su partido habrían de inscribirse como candidatos para la misma corporación otras dos listas de importancia. Una de ellas, presentó en el primer renglón la aspiración de Carlos Daniel Abelló, joven aspirante del laureanismo, con grandes probabilidades de obtener el favor de los sufragantes en una cuantía suficiente para ganar el tercer escaño al que la colectividad tenía derecho según los pactos del frente nacional, ahora elevados por el plebiscito a canon constitucional. Y aún más, existía en la competencia electoral una tercera lista conservadora abanderada por Christian Visbal, quien fue descartada de plano por los agoreros electorales, pero capaz de arrastrar votos suficientes como para constituirse en árbitro de último momento en los escrutinios.

En esos años regía en el país un sistema de paridades absolutas, de suerte que, sin importar el número de votos logrados por cada partido político, las curules se otorgaban por igual a los unos como a los otros. El conservatismo con la tercera parte del total de votos obtenidos por el partido liberal, alcanzaría siempre las mismas tres curules por la circunscripción del departamento. Consciente de los obstáculos monumentales de la empresa, Gerlein recorrió sin pausa las barriadas populares de su parroquia de San Nicolás de Tolentino, cómo él llamaba con sorna a la ciudad donde vivía, lanzaba frases delirantes para los amantes de las grandes contiendas políticas, desde sus reuniones en el club hasta los más apartados rincones de su distrito electoral. Con su palabra fogosa estuvo en las zonas más populosas de la ciudad. Y con los pies metidos en el barro, como lo recordaría mucho después en vísperas de su retiro, cuando una tarde de aparente calma discutía con algunos amigos sobre las reformas urgentes de las instituciones políticas, buscó siempre el respaldo de quienes no se habían visto favorecidos por la fortuna.

Estuvo en la boca del infierno sin miedo alguno por la suerte de su integridad personal o la de sus acompañantes. Sentía en lo más profundo de su fuero interno una certeza absoluta de que nada podía pasarle mientras su misión existencial no hubiese sido cumplida a satisfacción. Solía repetir en sus discursos, su disposición permanente de recorrer los barrios, los pueblos, los villorrios, los caminos polvorientos, aun los más apartados de la región, para pedir al electorado escéptico, el voto para las listas oficiales del partido conservador, dirigido en esos años por la voluntad indómita de Mariano Ospina Pérez.

Idy Bermúdez Daza

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