Hubo un tiempo en que leer en la escuela primaria era sinónimo de rigidez: ponerse en pie, modular con precisión, procurar no tropezar con palabras desconocidas ni con los puntos ni con las comas; todo para ganarse el aplauso o evitar los reglazos del docente. Durante generaciones, la educación en nuestra región ha arrastrado el espejismo de que la decodificación mecánica —es decir, el simple acto de hacer sonar las letras y hablar de ellas— equivale a comprender. Sin embargo, en las aulas de la básica primaria, especialmente en contextos con tanta riqueza y complejidad como lo es La Guajira, la realidad nos muestra que nuestros niños, niñas, jóvenes y adolescentes muchas veces descifran símbolos, pero no «habitan» los textos; no los comprenden. Esto afecta directamente el proceso de lectura, la comprensión lectora y, en consecuencia, el rendimiento en las pruebas estandarizadas del Estado.
Recientemente, el investigador guajiro Limedis de Jesús Castillo Mendoza, desde la Universidad de La Guajira, arrojó una luz sumamente necesaria sobre este asunto en un exhaustivo análisis regional publicado en la revista venezolana Sinopsis Educativa. El autor desmitifica la lectura como un proceso automático y pone sobre la mesa un diagnóstico claro: La Guajira, Colombia y América Latina enfrentan niveles desalentadores de comprensión lectora porque hemos insistido en métodos pasivos y desvinculados de la vida de los estudiantes.
¿Cuál sería entonces la solución? No está en presionar más a los niños ni en ponerlos a leer sin sentido, sino en transformar radicalmente el cómo se enseña a través de estrategias didácticas vivas, situadas y metacognitivas que permitan acercar al niño al texto. Cuando un niño de primaria se limita a repetir un texto sin digerirlo, se activa una alarmante cadena de desinterés. La lectura no es un acto pasivo; es una coreografía mental de orden superior donde intervienen la inferencia, la asociación, la lectura crítica y la reflexión. Si la escuela no estimula estas operaciones, el rendimiento académico general se desploma, pues la comprensión es la llave maestra para entender desde un problema matemático o de ciencias sociales y naturales, hasta las instrucciones de un juego en las diferentes tipologías textuales.
En La Guajira, donde convergen la multiculturalidad, la oralidad ancestral del pueblo Wayuu (y otros pueblos de la Sierra) y la brecha de la ruralidad, el desafío es aún mayor. Las pruebas internacionales, nacionales e institucionales de las escuelas públicas evidencian las notorias limitaciones que tienen los estudiantes para ir más allá de lo literal y proponer reflexiones críticas e inferenciales. No podemos seguir permitiendo que las aulas sean espacios monótonos donde los libros se sientan ajenos. Para revertir esto, Castillo Mendoza propone un fascinante viaje de regreso a la esencia pedagógica a través de tres pilares que están transformando la comprensión de la lectura en la básica primaria:
El juego como portal de conocimiento: Se propone la implementación de estrategias basadas en rincones pedagógicos, el juego sistemático y las dramatizaciones para romper la rigidez del aula tradicional. Cuando el texto se aborda desde la emoción, el niño deja de ser un espectador pasivo y se convierte en el protagonista de su propia historia.
Mediaciones digitales con sentido: La incorporación de herramientas tecnológicas y entornos multimedia no busca reemplazar al libro, sino crear lenguajes dinámicos que conecten con los intereses de las nuevas generaciones, facilitando la argumentación y la búsqueda de significado.
La fuerza de la identidad local: Este es el hallazgo más potente para nuestro contexto regional. Los enfoques didácticos contextualizados son exponencialmente más exitosos en zonas rurales y vulnerables. Cuando la lectura incorpora cuentos de la región y contenidos que respeten la cultura, se potencia el vínculo afectivo del estudiante con la palabra escrita.
El niño guajiro necesita verse y sentirse reflejado en el papel para que la lectura adquiera un sentido real. Por ello, es fundamental que en las escuelas se lean obras de autores locales como Vicenta María Siosi Pino (y su cuento La señora Iguana), Ramón Paz Ipuana, Miguel Ángel Jusayú, Glicerio Pana Uriana, Estercilia Simanca o Aminta Peláez, entre otros escritores guajiros que permiten conectar la lectura con la cotidianidad y la vida.
Limedis Castillo Mendoza

