EL VOTO GANADERO ES… POR EL CAMPO Y LA PAZ

Hoy creo en lo mismo que hace 12 años: “El imperio de la Ley como máxima norma de convivencia y “llave” de una paz perdurable; la seguridad para todos como derecho inalienable y bien fundante para cualquier proyecto de desarrollo y de Nación; el respeto a la legítima propiedad privada, la recuperación del campo como política de Estado…”

 Así escribía en junio de 2014, cuando Santos buscaba reelegirse sometiendo al país a la encerrona de ser amigos o enemigos de la paz y, como ejemplo para estos últimos, FEDEGÁN era víctima de una persecución oficial sin precedentes, aunque no éramos enemigos de la paz, sino de las negociaciones que acordaron impunidad y una reforma rural con quienes habían destruido el campo y perseguido a los ganaderos durante décadas.

En noviembre de ese año, Santos fue a nuestro Congreso Nacional a vender “su paz” e indisponer a los ganaderos contra su dirigencia con una advertencia: “los gremios no están para hacer política”.

¿Por qué estas remembranzas? Primero, porque hoy sigo creyendo en la recuperación del campo como condición para la paz. Veinte años atrás, en noviembre de 2004, cuando presidí mi primer Congreso Ganadero, había afirmado que para ganar la paz, es preciso ganar el campo primero”.

Y segundo, porque, mal que le pese a Santos, creo en el derecho de las organizaciones civiles, entre ellas los gremios, a asumir una “posición política” frente a quien los gobierna o los ha de gobernar. En uso de ese derecho, la Junta Directiva Nacional de FEDEGÁN, expresó su apoyo a Abelardo de la Espriella, por ser quien expresa los intereses y expectativas de la ganadería.

Sabemos que recuperar el campo es la promesa gubernamental más incumplida y que, dado el abandono que está detrás de la violencia, cumplirla no es cosa fácil. No pedimos milagros a la “patria milagro”, pero sí derroteros y política pública con realismo y permanencia.

Pedimos vías terciarias, hoy ancladas en el siglo XIX, que puedan conectar al campo con la Colombia urbana del XXI; y en la misma dirección, pedimos CONECTIVIDAD, una carencia sintomática del abandono rural.

Pedimos crédito de fomento exclusivo para los eslabones primarios de las cadenas agroalimentarias, con asistencia técnica y condiciones acordes con el potencial agropecuario del país. Pedimos el rescate de AGROSAVIA y los programas de Ciencia, Tecnología e Innovación que soportan el desarrollo. Pedimos solución a la trazabilidad, que se atraviesa al potencial exportador ganadero.

Pedimos catastro y predial que consulten la realidad productiva de la tierra y, por supuesto, respeto a su legítima propiedad. Pedimos riego, servicios, educación y salud rural. En fin, pedimos devolverle al campo su dignidad como proyecto productivo y de vida.

Por ello, la decisión de cara a la segunda vuelta presidencial debe ser ante todo responsable. Nos va en ello la recuperación del campo y… la paz de Colombia.

 

José Félix Lafaurie Rivera

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4 comentarios de “EL VOTO GANADERO ES… POR EL CAMPO Y LA PAZ

  1. Nadia B. dice:

    Si yo fuera periodista, le formularía estas preguntas sin dudarlo. Pero como no lo soy, me quedo con la duda y, muy probablemente, con la profunda frustración de ver que este personaje pueda ganar. Al final, solo queda esperar que Dios nos proteja en esa larga y oscurísima noche que nos espera a todos; porque tanto los partidarios de esta catástrofe como los que no lo somos, la vamos a sufrir enteramente. Ante ese panorama, quedan sobre la mesa estas dos contradicciones ineludibles:
    1. El nacionalismo frente a la lealtad extranjera:
    Usted lidera el movimiento «Defensores de la Patria» y basa su discurso en el nacionalismo puro. ¿Cómo le explica a sus electores que, para defender a Colombia, usted juró lealtad explícita a la bandera y a la Constitución de los Estados Unidos al hacerse ciudadano norteamericano?
    2. La «mano dura» frente al pasado penal:
    Su principal promesa de campaña es la cero tolerancia contra la criminalidad y el fin de la impunidad.:
    ¿Cómo concilia esa postura de mano dura con el hecho de que su prestigio y su fortuna privada se construyeron defendiendo legalmente a los personajes más cuestionados del país?
    ¿La coherencia se quedaria con la placenta? Animo muchachos.!!

  2. Luisa E. dice:

    Hay que ser muy ignorante o muy malintencionado para seguir con el mismo libreto mediocre. Iván Cepeda jamás ha empuñado un arma; toda su vida ha sido un civil, una víctima de la violencia que decidió hacer política de frente, respetando las leyes y la Constitución. Mientras otros solo saben insultar desde el teclado, él lleva décadas ganándose su curul con votos y debates serios en el Congreso. Respeten la historia y eleven el nivel, que el país ya se cansó de las mentiras de tarima.

  3. Esther Daniela M. dice:

    Es una aberración ética y una preocupante muestra de ignorancia científica ver a profesionales de la salud aplaudir el fanatismo ciego de personajes nefastos que solo buscan pantalla. Resulta insólito y miserable que personas que han tenido el cáncer en su propia familia, conociendo de cerca el dolor real de esa tragedia, hoy pretendan minimizar los factores de riesgo colectivos tachándolos con ligereza de ‘fanatismo ambiental’.La medicina no es un show mediático ni un comité de aplausos para el espectáculo de un charlatán. Quienes se jactan de haber estudiado ciencias duras deberían saber que los riesgos medioambientales no son eventos aislados de la salud humana; el impacto del entorno en el organismo es una realidad epidemiológica irrefutable. Quien contamina o valida la destrucción del ecosistema no solo daña la naturaleza, sino que destruye activamente la salud de las personas, pues todos estamos expuestos a esa misma dinámica interconectada. Carecer de un pensamiento sistémico básico para entender que el entorno y el cuerpo son un solo sistema vivo es una muestra de soberbia y analfabetismo científico. La complicidad con el ruido y la sumisión ante la ridiculez de un tercero jamás tapará la negligencia con la salud de un pueblo.

  4. Oscar Fuenmayor T. dice:

    El nuevo periodo legislativo en Colombia demanda una rigurosa mutación en la praxis parlamentaria, transitando del letargo presencial a la idoneidad técnica; resulta imperativo que los cabildantes dejen de concebir las curules como un simple claustro de básica primaria —donde el quórum se disuelve ante el primer aguacero y las sesiones devienen en tertulias de mutuo asombro contemplativo— y asuman el rigor académico que el erario público les financia. La dignidad del cargo no se ejerce desde el blindaje ostentoso de un convoy de camionetas oficiales blindadas en la capital, sino a través de la articulación científica de sus Unidades de Trabajo Legislativo (UTL), las cuales deben ser provistas con el más excelso capital humano y técnico del país en lugar de ser rebajadas a feudos de clientelismo doméstico. El país que costea sus exorbitantes privilegios no espera de ellos un desfile de vanidades vehiculares, sino una producción normativa robusta, asumiendo de una vez por todas que el Congreso es el epicentro de la soberanía jurídica y no un campamento de recreación pagado por el bolsillo de todos los colombianos.

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