A menos de tres semanas para la primera vuelta presidencial, Colombia parece dirigida por un experimento psiquiátrico mal supervisado.
Un candidato con evidentes simpatías por terroristas reciclados, discurso marxista de museo soviético y admiración apenas maquillada por modelos que han destruido países enteros, encabeza las encuestas. Y mientras tanto, el centro y la derecha siguen dedicados a su deporte favorito: despedazarse entre ellos por egos microscópicos envueltos en discursos grandilocuentes sobre “principios”.
La izquierda no gana porque sea brillante. Gana porque sus opositores tienen la madurez emocional de un comité de copropiedad peleando por el color del ascensor.
Pero lo más interesante —y preocupante— no es el candidato. Es el fenómeno psicológico detrás de muchos de sus seguidores.
Porque una parte importante de ese voto no nace de la esperanza de progresar. Nace del placer emocional de ver caer al que consideran “privilegiado”. No es un proyecto de construcción; es un proyecto de revancha.
Muchos no creen realmente que su vida vaya a mejorar. En el fondo saben que probablemente seguirá igual… o peor. Pero hay una satisfacción casi visceral en imaginar que al empresario le irá mal, que al médico le cobrarán más impuestos, que al que estudió, trabajó o emprendió “por fin lo pondrán en su lugar”.
Es el resentimiento convertido en ideología.
Como psiquiatra, uno aprende rápido que hay personas que prefieren destruir aquello que no pueden alcanzar, antes que asumir la incomodidad de construirlo. Es más fácil odiar el éxito ajeno que enfrentar las propias frustraciones. Más cómodo llamar “opresor” al que prosperó que admitir años de malas decisiones, dependencia emocional del Estado o simple mediocridad.
Y claro, la izquierda moderna entendió eso perfectamente: ya no vende prosperidad. Vende catarsis. Vende enemigos. Vende la fantasía infantil de que, si alguien tiene más, necesariamente te lo robó.
Es una narrativa emocionalmente adictiva porque elimina la responsabilidad individual. El fracaso nunca es propio; siempre hay un villano externo: “los ricos”, “los empresarios”, “las élites”, “el sistema”, “el capitalismo”, «el imperio», o cualquier palabra suficientemente abstracta para evitar la autocrítica.
Y mientras ese resentimiento se organiza, vota y avanza disciplinadamente, el centro y la derecha sigue atrapados en un festival de vanidades ridículas: que si este me cae mal, que si aquel no me representa perfectamente, que si yo soy más puro ideológicamente.
La historia muestra que las democracias rara vez mueren por la fuerza de los radicales. Muchas veces mueren porque quienes debían defenderlas estaban demasiado ocupados admirándose el ombligo.
Pero tranquilos. Cuando llegue el desastre, aparecerán los analistas de siempre diciendo que “nadie podía preverlo.
Abel Enrique Sinning Castañeda


Vivimos en la era de la infoxicación y la modernidad líquida, donde las redes sociales han democratizado la palabra pero han pulverizado el pensamiento crítico. El fenómeno es puramente sociológico: el algoritmo de consumo rápido está moldeando una sociedad de analfabetos funcionales. Ciudadanos capaces de decodificar signos en una pantalla de TikTok, pero absolutamente incapaces de procesar la complejidad estructural del mundo real.El ejemplo perfecto es el auge de creadores de contenido que, camuflados en un sarcasmo barato, reducen la geopolítica global a un chiste de quince segundos. Hace poco escuchaba a uno preguntar, con ironía, qué interés podría tener Occidente o una potencia como Estados Unidos en Cuba, bajo la premisa ignorante de que si un territorio no flota en petróleo, carece de valor.Este reduccionismo es alarmante. Más allá de las filias o fobias políticas —y entendiendo que las potencias occidentales actúan históricamente como instituciones de contrapeso necesario ante el caos global—, lo peligroso es la ceguera cognitiva de la masa. Quien confunde la crítica a un régimen político con la inexistencia de valor estratégico de una nación simplemente no está leyendo.Desde la sociología ambiental y la geopolítica dura, Cuba no es un vacío en el mapa; en el contexto del siglo XXI, es un enclave estratégico fundamental. El territorio caribeño posee un valor incalculable en términos de biomasa, reservas de agua dulce y ecosistemas vírgenes prácticamente intactos. En una época de transición ecológica y crisis climática global, estos activos ambientales y de biodiversidad marina son recursos de alto valor estratégico para la seguridad hemisférica.El verdadero riesgo social no es el disenso; es la degradación del intelecto colectivo. Cuando la ciudadanía renuncia a los libros serios, a la academia y al análisis de variables socioculturales para informarse a través de dinámicas de entretenimiento rápido, la democracia se debilita. Nos convertimos en una sociedad infantilizada, reactiva y fácilmente manipulable por discursos vacíos que priorizan la interacción digital por encima de la verdad científica e histórica. No todo se resuelve con un filtro ni con una frase ingeniosa; la realidad exige rigor, lectura y materia gris.