LA GEOPOLÍTICA EN LAS URNAS COLOMBIANAS

Colombia define su futuro en las elecciones presidenciales del próximo 31 de mayo de 2026 y el debate electoral no puede quedarse atrapado en el parroquialismo de nuestras fronteras, en un sistema global hiperconectado, votar con la mirada fija únicamente en la política doméstica es un lujo peligroso. Nuestro próximo gobernante no solo administrará el territorio nacional; tendrá que pilotar el país en medio de una de las tormentas geopolíticas más severas de las últimas décadas, debemos reconocer que el aislamiento no es una opción viable.

Existe una creencia peligrosa en nuestras esquinas, plazas y reuniones familiares, la idea de que lo que ocurre más allá de nuestras fronteras es puro ruido de televisor que no nos toca el bolsillo. Muchos piensan que el tablero de la geopolítica mundial es un juego de ajedrez para potencias lejanas y que nada tiene que ver con el precio de la yuca, el queso o el huevo en la tienda del barrio, grave error, tener el ojo pelao hoy significa entender que nuestra canasta familiar se cocina en fogones internacionales.

Hay algo profundamente irresponsable en creer que las elecciones presidenciales de Colombia pueden seguir discutiéndose únicamente entre promesas de subsidios, peleas ideológicas de bolsillo y discursos emocionales para TikTok, mientras el planeta atraviesa una de las reconfiguraciones geopolíticas más agresivas de las últimas décadas.

La geografía política dejó de ser un tema de expertos internacionales para convertirse en un asunto que determina el precio del dólar, el costo de los alimentos, el empleo, la inversión extranjera y hasta el valor de la gasolina que paga un mototaxista en Santa Marta o un campesino en La Guajira y aun así, pareciera que parte de la clase política colombiana sigue creyendo que la diplomacia es simplemente posar para la foto con algún mandatario extranjero o publicar mensajes ideológicos en redes sociales.

Hoy el tablero internacional se mueve bajo nuevas reglas, Estados Unidos ha retomado una política exterior más agresiva y transaccional, China avanza silenciosamente consolidando mercados, infraestructura y tecnología, Rusia insiste en reposicionarse militarmente, Europa atraviesa tensiones internas entre defensa, migración y crisis económica, y América Latina vuelve a dividirse entre gobiernos pragmáticos y gobiernos atrapados en narrativas ideológicas del siglo pasado.

Colombia ocupa una posición geográfica privilegiada, posee recursos energéticos, biodiversidad estratégica, salida a dos océanos y cercanía natural con Estados Unidos, pero también enfrenta amenazas enormes de vieja data como el narcotráfico transnacional, la presión migratoria, la dependencia económica, la debilidad industrial y la fragmentación política interna.

La diplomacia del periodo 2026-2030 no puede basarse en la afinidad ideológica o el capricho retórico, el pragmatismo soberano debe ser la brújula por eso quien asuma la Casa de Nariño debe priorizar tres frentes urgentes. El primero que garantice la seguridad energética y comercial, esto buscando asegurar la diversificación de socios comerciales para blindar el mercado interno ante los choques de precios externos provocados por las guerras en Oriente Medio.

Como segundo eje, mantener un puente sólido con Estados Unidos en materias de seguridad regional y, simultáneamente, asegurar las inversiones estratégicas en infraestructura civil con China, sin ceder la soberanía territorial; tercero y último abordar de forma conjunta las crisis migratorias y la seguridad fronteriza con los vecinos de la región, implementando una diplomacia de resultados medibles por encima de los discursos ideológicos.

Colombia todavía discute como si siguiera viviendo en los años noventa, pues seguimos atrapados entre caudillismos, fanatismos y debates superficiales, cuando lo verdaderamente importante debería ser preguntarnos qué papel quiere jugar el país en el nuevo orden internacional ¿Seremos un aliado confiable? ¿Un territorio de inversión? ¿Un puente energético? ¿Una potencia agroalimentaria? ¿O simplemente otro país latinoamericano atrapado en su eterna inestabilidad?

El nuevo presidente o la primera presidenta deberá saber negociar tratados comerciales, proteger sectores productivos, atraer tecnología, fortalecer alianzas regionales, garantizar seguridad energética y mantener relaciones maduras incluso con gobiernos políticamente distintos porque el mundo ya no funciona bajo simpatías, sino bajo intereses pues la nueva geopolítica es brutalmente pragmática.

Las elecciones presidenciales de Colombia no pueden seguir reduciéndose a izquierda contra derecha, petrismo contra antipetrismo, o guerra digital entre influencers políticos, la verdadera discusión debería girar alrededor de quién tiene la madurez para conducir al país en medio de un planeta en transformación porque las decisiones globales ya no ocurren lejos de nosotros.

Lo que pase entre China y Estados Unidos afecta nuestros puertos; lo que suceda en Ucrania afecta los alimentos; lo que ocurra en Irán afecta los combustibles; lo que decida Washington afecta nuestras exportaciones y lo que haga Colombia determinará si sobrevivimos con inteligencia o terminamos aislados en medio de un mundo cada vez más competitivo.

 

Adaulfo Manjarrés Mejía

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