EPOCA DE PERDON TOTAL

Si del amor al odio hay solo un paso, como dice una canción vallenata, soy de los que también piensa que de la ofensa a la reconciliación solo hay un gesto del alma y del corazón que se llama perdón. Hago esta introducción porque hoy, aún, ante la convulsa situación política por los resultados electorales, y antes que se pueda traducir en lamentable situación social, es necesario echarle mano a ese gesto, al perdón. Al perdón con sus cuatro componentes, tal como lo definió el Psicólogo social Dacher Keltner, porque considero que buscar reconciliación o apaciguamiento de los espíritus colombianos, y sobre todo esos tocados y sensibilizados por la política o la violencia social, va más allá de la propuesta de simple perdón social que se manejó en la época electoral. Se requiere un perdón que salga del alma, que involucre fe y verdad, que purifique el espíritu, desarme y cure el pensamiento y el corazón. Que no sea un perdón para olvidar culpas y errores, pero qué no exculpa los sentimientos protervos qué la ofensa recibida había generado en uno.

Entonces, como lo propone Keltner, “hay que aceptar la transgresión o daño que alguien nos ha infligido; tenemos que eliminar el deseo o necesidad de buscar venganza o compensaciones; debemos avivar el deseo de acercamiento o disminuir el distanciamiento o evasión de la persona que nos agredió (esto es más factible con personas que han sido cercanas y con quienes se puede retomar cordialmente la relación). Y finalmente, cambiar los sentimientos negativos hacia el ofensor y entender su pena, dolor, ignorancia o confusión que lo haya llevado a herirnos”.

Colombianos, el perdón o perdonar no es un simple abrazo con los ojos cerrados, o la ida un domingo a misa e incluso comulgar, o decirlo a boca llena para que nos oiga el de al lado …y fuera. Perdón es contrición, es catarsis y compunción; es “blanquear las cuentas de nuestro interior y dejarlas en cero”, como dice Silvestre Dangond.

Quizás muchos, igual que yo, hemos observado que se han removido frustraciones, desencantos y se ha puesto a flor de piel mucha pugnacidad; que se está asomando el carácter contencioso ahora, ese que despertó la campaña presidencial.

Pero dados ya unos resultados que a lo mejor no eran los que muchos esperábamos, debemos asumir que con este cambio político y posiblemente de la cultura política de nuestro país, no ha llegado el Armagedón, no es el fin de la existencia.

Es quizás más por los sentimientos de temor al cambio que hemos reaccionado con prevención, y, ojalá que no sea, repito, por el dolor inmarcesible porque no ganó nuestro candidato y estamos deseando que al Dr. Petro le vaya mal, remal.

De las propuestas de mi candidato acojo unas que las considero mas ponderada que las que presentó el candidato Petro y, si se suman a las del Programa de Gobierno del actual presidente electo, el resultado debe ser un mejor producto, una mejor propuesta. Por lo tanto, en lo personal, en vez de agazaparme en el pesimismo o rumiar amarguras, tengo la decisión y la actitud de avanzar con todo lo que sea cambio positivo y propositivo y que le haga bien en lo material y en lo mental a mi comunidad, a mi país.

Ya lo dije después del triunfo del candidato Petro y lo reitero como demócrata: me aparto de sentimientos negativos y convierto mis miedos en expectativas.

Entonces, si en el fondo la mayoría de los ciudadanos de este país queremos vivir en paz, no desechemos la posibilidad de buscar a quien o a quienes debemos perdonar, y ojalá que estemos en la lista de alguien que nos deba perdonar y que eso sea con sinceridad cristiana o musulmana u ortodoxa…pero que lo haga y nosotros hacerlo honestamente también.

Este escrito o columna de opinión, si se llama así, está hecha no de rodilla ante los hombres, sino genuflexo ante Dios por la paz y el perdón total en mi patria. También con el propósito de que sirva de punto de partida para mirar el pasado de las costumbres y modos de hacer campañas que hemos adoptado, y ojalá corrijamos vicios personales y democráticos, malas querencias, frivolidades y altivez que nos inducen y conducen a ofender o ser ofendidos y después no hayamos como obtener o dar perdón, o proponer reconciliación. Por último, tengamos en cuenta que no solo se ofenden a las personas, también a las instituciones, a los símbolos patrios y a los valores de la democracia.

Rodrigo Daza Cárdenas

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