AMENAZAS A LA DEMOCRACIA DEL XXI

Los totalitarismos del siglo XX, el nazismo y el comunismo, eran las grandes amenazas a la democracia de la época. Costó una guerra mundial eliminar el primero, recuerda Revel.  Y el segundo sucumbió por su propia incapacidad de responder a los desafíos sociales para los que la teoría lo había puesto sobre el tapete.

Quedaron en pie unos aislados pero recurrentes monstruos totalitarios, escondidos tras una cortina pseudo-comunista, i.e. Cuba, Nicaragua, Corea del Norte, y otros descarrilados por las insaciables ansias de poder de chafarotes, todos amparados en el fusil y la persecución de las ideas contrarias. Basta la mirada fría y calculadora de Putin, con la que demuestra que un solo ser puede, con el respaldo de la fuerza militar, desatar una guerra y poner a temblar a todas las democracias curtidas de occidente.

Por estos lares, la frontera de la totalidad absorbente se confunde con las proclamas estructuradas y efectivas del populismo. Han logrado llegar al corazón del ciudadano, a punta de persistentes discursos desacreditadores del “sistema”, despotricando de absolutamente todo lo que se tiene, para alzarse con la facultad de reconstruir el mundo, el país, de la nada. Tozudos, estrategas, organizados, aprovechan las falencias del establecimiento para meterse por los resquicios de los abusos de gobernar que caracterizan nuestras democracias pesadas, incapaces de limpiar sus pecados ni de labrar un futuro de mejores porvenires para las prisas propias de la juventud por salir adelante.

A los mea culpa de la clase dirigente tradicional, insuficientes, hipócritas, por decir lo menos, le hemos tenido paciencia excesiva en Colombia. Pero ya el cántaro no llegó a la fuente. Derramó su contenido sobre las lajas de un camino torcido, que no conducía a ninguna parte.

Es evidente entonces que la mayor carga de responsabilidad por el arribo de un populista al poder corresponde a la dirigencia colombiana y no al mérito que tiene el mismo líder, astuto, sagaz y efectista por haberlo logrado.

Sin embargo, el triunfo de Gustavo Petro fue conseguido muy a la colombiana: Al darse cuenta de que sus intentos anteriores le traían una masa importante pero insuficiente de electores, optó por asociarse con grupos de la clase dirigente a la que se había opuesto por décadas, sin distingo de méritos ni limitantes éticos. Abrió el compás de la acogida general a cuanta persona que viera en él la salida al problema tradicional y estructural del país. Cuando por la puerta principal entraron intelectuales curtidos -algunos muy responsables de que estemos como estamos- y por la de la cocina llegaron invitados indeseables pero necesarios, se saltaron la verja unos delincuenciales contertulios, ya no necesarios sino indispensables, y pasaron todos al Gran Salón, no precisamente de la Fama.

De ahí que la incertidumbre de lo que entendamos como políticas públicas de este gobierno sea tan alta. Es de muy difícil pronóstico saber cuál de todas las tendencias primará en los cambios que debe liderar, precisamente por haber sido elegido con esa bandera.

Apenas empieza a correr el velo de la financiación de sus programas sociales, cuando se encuentra con la realidad de una economía cuya dinámica de flujos se basa aún en los recursos naturales. La reflexión sobre ellos le costará unos cuantos días de insomnio.

Al cambio a gritos que pedimos todos sobre el funcionamiento de la política se van a contraponer dos elementos: sus propios asociados que buscarán “gobernabilidad” antes que ideales estructurales -ya demostró que es lo que busca, al apuntarse a un presidente del senado que no impulsará cambios-. Y los acuerdos políticos que hace, cuyos socios no propenderán por la nueva vida política de Colombia. Así que no habrá reforma política.

La justicia, desacreditada, cartelizada, ha sido un bastión de su orientación política, y les ha facilitado a sus socios tradicionales un desbalance de las tareas de depuración de la corrupción que sale por entre las rendijas del asqueante “Sistema Operativo Democrático”, SOD. ¿Reforma a la justicia? En veremos.

Por todo esto, quienes por razones de principios buscan organizar la oposición, fuerza natural de la democracia para plantear alternativas de poder, no saben aún a qué se tendrán que oponer.

Y esta es la verdadera amenaza a la democracia colombiana del siglo XXI.

Nelson R. Amaya

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