FATÍDICO CUARENTA POR CIENTO

Los grandes proyectos, y una aspiración presidencial lo es por esencia, tienen unas circunstancias que se estudian con cuidado y detalle por los Gerentes. Cualquier administrador serio debe recabar que sobre sus aspiraciones y proyecciones pesarán unas realidades que le van a afectar sus diseños. La desviación de lo esperado versus la realidad es lo que se viene por delante, y se trata de identificar hitos, monitorear evoluciones y reaccionar a tiempo cuando se necesite corregir lo andado para culminar con éxito el propósito inicial.

Desde la sátira y la descarnada realidad que enfrentará el responsable del caso, se cuenta esta máxima: “Los grandes proyectos evolucionan velozmente hasta llegar al 95%. Luego permanecen 95% completos por siempre”. Y sí, terminar una tarea de gran magnitud suele ser todo un arte. Obstaculizado – ¿entorpecido? – por cuanta revisión final se inventan, por auditorías, interventorías, aseguradoras, etc. No solo existen estos farragosos trámites en el sector público o en proyectos financiados con recursos ídem, sino por supuesto también en los privados, sujetos a reglas exigentes de ingeniería.

Análisis especial amerita un proyecto en Colombia que bajó ese porcentaje de estancamiento de los proyectos que comentábamos, y es el de Petro. Su ambición de llegar a la presidencia de Colombia ha quedado sujeta al cuarenta por ciento de respaldo, sin lograr rebasarlo. Y, pronostico, allí permanecerá por siempre.

Sus propuestas de cambio han tenido acogida en las tres oportunidades que se ha presentado al cargo. Los resultados obtenidos respaldaron con creciente evolución su talante, desde un nueve por ciento recibido en 2010, hasta un cuarenta y uno ganado en la segunda vuelta de 2018. Impresionante ascenso. En 2010, obtuvo registros superiores o cercanos a 20% en cuatro departamentos, 3 de ellos en el Caribe. Mientras que en 2018 logró pasar del 50% en 9 de ellos, incluyendo a la capital del país, con clara y reafirmada tendencia de izquierda desde hace un par de décadas.

Todos estos registros marcan un atasco evidente, cuyos resultados se confirmarán en el balotaje de este año.  ¿A qué se debe esta parálisis electoral? Creo que aun cuando los colombianos reclamamos cambio a gritos, nos acompaña cierta aversión a aquellos que suenan atropelladores y excesivos en riesgo. Vemos que el remedio puede terminar siendo peor que la enfermedad, y por eso optamos por insistir, como lo hemos hecho varias veces este siglo, en darle una oportunidad al sistema de que prescinda de sus enquistados personajes y depure los sistemas de operación democrática, lo que no se ha logrado. La renuencia del establecimiento a acomodarse a unas fronteras éticas y eficaces ya no da más espera. La presionaremos con mucha decisión, así sea para que se convoque a una constituyente que sacuda todas las ramas del poder, puesto que ninguna se escapa a la urgencia de reformarse. Pero no por la vía del petrismo, ya que su líder no presta las garantías de sanidad que demandamos. Sus sesgos antidemocráticos, su carácter autócrata, su círculo cercano repleto de odios en algunos casos, y de llagas corruptas en otros, aleja cualquier ánimo de considerarlo la vía expedita del cambio.

Ese fatídico cuarenta por ciento lo ratificará como un buen sofista, capaz de convencer a muchos de su perfil, pero imposibilitado de ganarse las mayorías requeridas para alzarse con el triunfo en las presidenciales. Inevitable destino.

NO CREAS que quienes han desatado sus odios hacia el expresidente Uribe tienen Uribe-fobia; se les convirtió en Uribe-filia: algunos lo tachan de cadáver político – ¿necrofilia? – y los demás, sin él no pueden obtener el placer masoquista que les trae su nombre frente al teclado. Es anormal esa conducta, susceptible de ser tratada en un sofá. Unas pepas ayudarían a calmarles las ansias del paisa.

Nelson R. Amaya

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