LA INESPERADA VIRTUD DE ESCUCHAR AL OTRO

Confieso que nunca imaginé escribir una columna coincidiendo con una reflexión de Tomás Uribe Moreno. En un país donde las identidades políticas suelen convertirse en trincheras emocionales, admitir un acuerdo con quien piensa distinto parece, para algunos, una forma de apostasía. Sin embargo, precisamente de eso trata la democracia: de conservar la capacidad de reconocer una verdad, aun cuando provenga de una voz que habitualmente cuestionamos.

La observación dirigida al periodista Luis Carlos Vélez merece ser atendida. Trece millones de colombianos respaldaron el proyecto político encabezado por Gustavo Petro. No se trata de una cifra marginal, ni de un accidente estadístico, ni de una anomalía que pueda despacharse con burlas, caricaturas o descalificaciones morales. Son millones de compatriotas que, desde sus territorios, sus necesidades y sus esperanzas, vieron en ese proyecto una posibilidad de dignidad y transformación.

Quizá el rasgo más valioso del mensaje de Tomás Uribe sea la invitación a la humildad. La política colombiana se ha acostumbrado demasiado al triunfalismo de los vencedores y a la descalificación de los derrotados. Se celebra la victoria como si fuera un mandato para imponer silencios y se vive la derrota como si invalidara las razones y angustias de millones de ciudadanos.

Pero las urnas no otorgan certificados de superioridad moral. Apenas entregan responsabilidades. Quien gana recibe el deber de gobernar para todos; quien pierde conserva el derecho a ser escuchado. Y quien observa desde la distancia tiene la obligación ética de comprender por qué tantos colombianos depositaron sus esperanzas en una determinada propuesta política.

Las regiones más pobres del país no votan por capricho. Votan desde la experiencia cotidiana de la exclusión, de la ausencia estatal, de las carreteras inconclusas, de las escuelas precarias, de la incertidumbre sobre el empleo y el acceso a la salud. Ignorar esas realidades o reducirlas a una explicación simplista es, en efecto, un ejercicio de soberbia.

Tal vez el reto de Colombia no sea únicamente crecer más rápido o generar más riqueza, sino aprender a conversar mejor sobre nuestras diferencias. Comprender que detrás de cada voto existe una historia humana. Que el país profundo no es un error de la democracia, sino una de sus expresiones más legítimas.

Por eso, aunque nunca pensé coincidir con Tomás Uribe, reconozco que su reflexión llega en un momento oportuno. La humildad política consiste precisamente en aceptar que millones de colombianos piensan distinto, sienten distinto y esperan algo distinto del Estado. Y que una nación madura no se construye sobre la humillación del adversario, sino sobre la difícil y necesaria tarea de reconocerlo como un igual.

 

José Jorge Molina Morales

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