Hace algún tiempo vi en redes sociales un video que ha vuelto a mi memoria en estos días de campaña.
En él, el candidato Abelardo de la Espriella afirmaba que haría todo lo que estuviera a su alcance para “destripar” a la izquierda porque, según sus palabras, “no merecen otra cosa”. En la misma intervención calificaba a la izquierda como un “cáncer” al que había que “enfrentar, derrotar y castigar”.
Confieso que no fue la referencia política lo que más me inquietó.
Fue la palabra: “Cáncer”.
Una palabra demasiado pesada para ser utilizada como insulto.
Una palabra que llega cargada de hospitales, madrugadas interminables, tratamientos agotadores y silencios que parten el alma. Una palabra que miles de familias colombianas conocen demasiado bien.
Mientras algunos la emplean para describir a sus adversarios políticos, otros la escuchan sentados frente a un médico. La escucha una madre que intenta ser fuerte por sus hijos. La escucha un hombre que sale del consultorio preguntándose cuánto cambiará su vida a partir de ese instante. La escucha una familia entera que aprende a convivir con la incertidumbre y el miedo.
Para ellos, el cáncer no es una metáfora.
Es una batalla cotidiana, es una ausencia que todavía duele, es un nombre grabado en una lápida.
Por eso resulta tan desafortunado convertir esa enfermedad en una herramienta de confrontación política. Porque detrás de esa palabra hay sufrimiento real. Hay personas reales. Hay historias que merecen respeto.
Las diferencias ideológicas son normales. Las democracias viven de ellas. Pero cuando comenzamos a describir a quienes piensan distinto como enfermedades, dejamos de discutir ideas y empezamos a cuestionar la humanidad de las personas.
Y Colombia debería saber mejor que nadie a dónde pueden conducir esos caminos.
Las palabras crean climas. Alimentan emociones. Construyen percepciones sobre el otro. Por eso los liderazgos tienen una responsabilidad especial con el lenguaje que utilizan.
No todo vale en política, no todo debería decirse.
Y hay palabras que merecen ser tratadas con la misma dignidad con la que enfrentan la vida quienes las padecen cada día.
“Cáncer” es una de ellas.
José Jorge Molina Morales


El reciente análisis publicado por BBC News Mundo, titulado “Los mapas y gráficos que muestran cómo se repartieron los votos en las elecciones en Colombia”, invita a una reflexión profunda que supera la coyuntura y las narrativas simplistas de manipulación. El mapa electoral de 2026 no es un accidente geográfico ni el resultado de coacciones; es el reflejo de una polarización socioeconómica estructural e histórica entre el centro andino y las periferias del país.Cuando observamos que departamentos como Chocó (81,37%), Vaupés (80,86%) y Putumayo (78,52%) respaldaron de forma masiva el proyecto de Iván Cepeda y el Pacto Histórico, no estamos ante un electorado desinformado. Al contrario, los datos de la BBC son contundentes: mientras las zonas urbanas registran niveles de pobreza del 18%, en estas regiones periféricas la pobreza asciende al 46%. Reducir el voto de estas comunidades a una supuesta presión o falta de criterio es ignorar una realidad de supervivencia. Para la periferia, el voto es una herramienta de defensa legítima.Este comportamiento electoral demuestra que las regiones tradicionalmente excluidas han desarrollado una profunda comprensión de la geopolítica interna de los recursos naturales. Históricamente, las periferias —como La Guajira, la Amazonía o el Litoral Pacífico— han aportado el capital humano, la seguridad y los recursos estratégicos (minero-energéticos, hídricos y ambientales) que sostienen la economía, asumiendo todos los pasivos socioambientales, mientras los beneficios se concentran en el centro del país.Por lo tanto, el respaldo a la propuesta de Cepeda y el Pacto Histórico responde a una exigencia técnica y programática: la urgencia de una transición ecológica justa, la descentralización del Estado y la protección del territorio frente a visiones extractivistas que carecen de sustento ambiental para estas regiones. El voto periférico no es sumisión; es un ejercicio de soberanía racional que exige que la riqueza natural de las regiones se traduzca en dignidad, servicios públicos y equidad social, y no en combustible para el desarrollo exclusivo de las centralidades urbanas.
La Ilusión del Progreso: Por qué el PIB Colombiano se Seca sin Agua.
Para que la economía respire, los ríos tienen que fluir. Históricamente, el debate público ha planteado una falsa dicotomía entre el desarrollo económico y la conservación ambiental, sugiriendo de forma errónea que la protección de los ecosistemas es un lujo ideológico que frena el progreso industrial. No obstante, los indicadores macroeconómicos y la realidad biofísica destruyen este mito. La protección de los recursos hídricos en Colombia no es un asunto puramente ecológico; es una necesidad macroeconómica crítica y el pilar de la seguridad financiera nacional [The City Paper Bogotá]. Cuando se analiza la estructura productiva del país bajo la lupa de las ciencias ambientales y económicas, queda en evidencia que el Producto Interno Bruto (PIB) no es una abstracción de las oficinas financieras, sino un indicador que depende directamente del ciclo del agua.El cordón umbilical que une a la economía colombiana con sus cuencas hídricas se mide en cifras contundentes. Según reportes del The City Paper Bogotá, el 80% del PIB nacional depende de manera directa del agua, un dato que adquiere pleno sentido técnico cuando se desglosa la huella hídrica de los sectores productivos. De acuerdo con datos del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM) en su Estudio Nacional del Agua (ENA), la agricultura absorbe aproximadamente el 43% de la demanda hídrica del país, seguida de cerca por el sector energético. En un país donde el 65% de la matriz de generación eléctrica es hidráulica, el agua es, literalmente, el combustible que enciende las industrias, los comercios y los hogares colombianos [The City Paper Bogotá]. Adicionalmente, análisis del Departamento Nacional de Planeación (DNP) revelan la alarmante ineficiencia de nuestro modelo de desarrollo: mientras que las economías de la OCDE generan en promedio 114 dólares por cada metro cúbico de agua extraída, Colombia produce apenas 19 dólares. Esta vulnerabilidad estructural demuestra que no estamos sembrando valor, sino agotando aceleradamente el capital natural que sostiene el aparato financiero.La insostenibilidad de este modelo se manifiesta con violencia durante choques climáticos extremos como el «Súper Niño» [The City Paper Bogotá]. En estas coyunturas de sequía severa, la insistencia estatal y gremial de priorizar proyectos extractivos intensivos en agua y minería de alto impacto se traduce en una parálisis multisectorial autoinducida. Desde el punto de vista científico y meteorológico, fenómenos como El Niño reducen drásticamente los caudales y elevan las temperaturas de los océanos y ríos de las regiones Andina y Caribe. Con la infraestructura agrícola del país expuesta de forma crítica (donde el 72% de los cultivos dependen estrictamente de los regímenes de agua de lluvia), la ausencia de agua desploma la oferta de alimentos y dispara la inflación. Paralelamente, el descenso en los embalses obliga al sistema a encender termoeléctricas costosas y dependientes de combustibles fósiles importados, encareciendo los costos operativos de todo el tejido empresarial. Las pérdidas económicas proyectadas por firmas consultoras y financieras para estos periodos climáticos superan fácilmente los 2 billones de pesos por evento, evidenciando que sacrificar las fábricas naturales de agua —como los páramos y bosques de niebla— a cambio de dividendos extractivos de corto plazo es un negocio financieramente ruinoso.En conclusión, la degradación ambiental no es un daño colateral del crecimiento económico; es su límite absoluto. No se puede generar riqueza en un territorio desértico o con fuentes hídricas contaminadas por metales pesados y lodos residuales. Si el 85% de la población colombiana habita en cuencas con un estrés hídrico latente o creciente, ignorar la salud ecológica de los ríos para favorecer la rentabilidad inmediata de un solo sector es una forma de miopía macroeconómica. Es hora de entender que la verdadera seguridad fiscal de Colombia no se extrae de los socavones ni de los pozos petroleros; se protege en el nacimiento de sus ríos y en la conservación de sus ecosistemas reguladores. El agua no es un insumo más de la producción; es la condición de posibilidad de la economía misma.