LOS ENCIERROS DE SAN FERMÍN

El santo y mártir, SAN FERMÍN DE AMIENS, nació en Pamplona (España), alrededor del año 272 DC., y murió en Amiens (Francia), en el 303 DC., con 31 años de edad. Fue un misionero cristiano y primer obispo de Amiens, cuya iglesia construyó.

La feroz oposición a la doctrina cristiana en la Europa de esos primeros años del catolicismo, le granjeó la cárcel, donde tras negarse en varias ocasiones a renunciar a su fe y a su prédica, fue torturado, martirizado y decapitado. Su santoral se celebra cada año los 7 de julio en Pamplona, dónde la feria taurina de esa ciudad y el correr los encierros cada mañana, es de los espectáculos más conocidos, celebrados, famosos y representativos de la tauromaquia en cualquier lugar del mundo, recreados cien años atrás en las novelas de Ernest Hemingway Fiesta y Muerte en la tarde.

En Pamplona, la vestimenta típica para estas celebraciones es ropa blanca (camisa, pantalón o falda), con faja y pañuelo rojo al cuello. Ese pañuelo rememora y simboliza la sangre vertida por el santo cuando fue decapitado.

Pamplona es una ciudad de 214 mil habitantes y durante los ocho días de correr los encierros, la población flotante o en tránsito (corredores, excursionistas, turistas, aficionados, etc.), alcanza casi los 2 millones de habitantes. El impacto económico global sobre la economía que producirían los sanfermines este año, será de 278 millones de euros, correspondiéndole a la comunidad de Navarra un PIB (Producto Interno Bruto) de 168 millones de euros y un retorno fiscal a la Administración de Pamplona de 56 millones de euros; es decir, el impacto económico global de estas fiestas entre el 7 y el 14 de julio, sería equivalente o superior al presupuesto anual de funcionamiento 2026, para municipios como Sincelejo, Popayán o Armenia, al cambio de hoy.

Precisamente, en estos días del año estamos en plena feria de “Los Sanfermines”, dónde se corren los encierros desde los corrales de Santo Domingo, hasta la monumental plaza de toros, que siempre está abarrotada de público para esperar a los corredores y a la corrida. En total, es casi un kilómetro de recorrido, que inicia cada día con el cohete o volador a las 8:00 a.m., en punto, anunciando la suelta de los toros que ese día se lidiarán en horas de la tarde.

Los toros van “arropados” por los bueyes o cabestros y emprenden una veloz carrera ante los miles de aficionados y corredores, sean estos profesionales, bohemios o fiesteros entusiastas, que les esperan; al culminar el recorrido en el ruedo, los toros son conducidos por un grupo de “pastores o dobladores”, quienes además de supervisar la manada y alertar durante todo el recorrido a “los mozos”, se cercioran que los animales entren en los chiqueros de la plaza sin sufrir daños que impida su lidia por la tarde. En promedio, este recorrido se hace en tres minutos.

Estar en la calle Estafeta o en Telefónica, media hora antes del inicio del encierro, es un espiral de adrenalina, oraciones, ansiedad y arrepentimiento de último minuto; allí converge Babel: españoles, alemanes, ingleses, japoneses, estadounidenses y el paisano colombiano que porta la camiseta de Millonarios.

Miras el reloj y son las ocho de la mañana; al fondo suena el cohete e inicia la ola del tsunami humano y un rugido como cien terremotos viene por todos lados; eso te ensordece y aturde. La marea te alcanza y en pocos segundos estás en la cresta de aquella ola humana; de allí en adelante, solo puedes correr pegado a las edificaciones o al vallado y debes mirar siempre al frente, eludiendo a todos, para evitar una caída que en los encierros son más peligrosas que las cornadas.

Corres y corres hasta que ves un claro en el vallado y te abrazas a él con todas tus fuerzas, mientras sientes el olor de la manada y el compás de las pezuñas que te alcanzan. Todo pasa en cámara lenta y, literalmente, el pavimento tiembla.

De repente, la manada te sobrepasa rauda, veloz, y tienes la sensación que un pitón pasó muy cerca de tu espalda. Luego, la marea baja y el rugido reposa, mientras todos aplauden en la calle y en los balcones. En ese momento comprendes que has superado a la deidad del toro y has entrado en la leyenda mediterránea de un mito originario de tres milenios.

El poeta José Martí, quizás, quiso decir: “Hay cuatro cosas que una persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro y correr un encierro”.       

 

Luis Eduardo Brochet Pineda

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