MEMORIAS PROVINCIANAS

(NOTA INTRODUCTORIA: Absolutamente todos los personajes aquí reseñados gozan de mi afecto sincero, tanto los ausentes como los que aún viven. Esta narración lleva implícito el respeto a su dignidad y a su memoria y solo intenta trascender a las nuevas generaciones como un referente genuino de la etología de nuestro pueblo, habida cuenta que estas memorias provincianas se han convertido en patrimonio inmaterial de nuestra comunidad.)

TRES PERLAS ARISTOCRATICAS

San Juan del Cesar ha cosechado en sus 320 años de existencia varias características distintivas de su identidad colectiva. Entre otras se destacan la lengua, la austeridad y la pretensión, aunque para esta última algunos usan el eufemismo de aristocracia.

La destacada escritora guajira Ketty Cuello Lizarazo, plasmo en su novela “San Tropel Eterno” estos perfiles de la sanjuaneridad, los cuales aún hoy siguen identificando al nativo de la Villa de San Juan Bautista del Cesar, como un ciudadano distinguido, visionario y altruista. Al sanjuanero le gusta lucir con orgullo estas cualidades y las ostenta como un sello indeleble de su identidad.

Gabriel García Márquez también se refirió a San Juan del Cesar como una población de refinados modales y algunas frases muy galantes alcanzaron a quedar registradas en su obra literaria. Recuerdo que cuando leí su novela “El amor en los tiempos del cólera”, me quede pensando que, si algún día tenía la ocasión de encontrarme con él, le pediría que me permitiera relatarle tres breves historias reales que ratifican ese rancio comportamiento de estirpe aristocrática con el que identifican a la gente de San Juan del Cesar. Son tres cuentos breves y reales que retratan fielmente esa conducta cortesana y que se han vuelto como una impronta de esa identidad que a veces bordea el límite de la vanidad. Casi todo el pueblo conoce las tres historias que en cualquier esquina de San Juan relatan como ejemplos de alcurnia y distinción, pero que seguramente nunca llegaron a oídos de García Márquez. La historia del PAN FRANCES, la anécdota de LA MEDIA ALTA y el cuento de LA MISTIQUEZ. Y como el destino nunca me puso frente a García Márquez para relatarle estos pasajes de la vida pueblerina de San Juan, entonces me voy a permitir contárselas a Usted, amable lector.

EL PAN FRANCÉS:

Dona Micaela Cuello Manjarrez, casada con don Francisco Daza Mendoza, fue una de las damas más distinguidas que recuerda la historia de San Juan. Tenía el porte de una matrona donde se conjugaban don de mando, elegancia y refinamiento. Había nacido, como todos sus hermanos, en el paraje de La Mata, cerca de Guayacanal. Inicialmente fijo su residencia en Caracoli, cuando fusiono su vida con don Francisco. Posteriormente se afincaron en San Juan del Cesar, donde ocuparon una elegante residencia localizada en la Calle de las Flores, donde el portal de acceso estaba flanqueado por columnas de alto basamento y fuste en espiral de estilo bizantino. Allí montaron un negocio denominado Hotel Buenos Aires, el cual funcionaba como un Hostal amparado en la majestad de su arquitectura y en el verdor de sus jardines. Los desayunos que degustaban los clientes incluían insumos poco usuales en la Provincia, tales como zumo de mandarinas, pan fresco, mantequilla, mermelada y chocolate.

Acostumbradas a un estilo de vida vanguardista, las hijas de dona Mica llegaban en vacaciones estudiantiles a pasar sus asuetos en San Juan del Cesar, procedentes de Bogotá. Y cada vez que llegaban al pueblo, Adiela y Marlene, especialmente, alborotaban el ambiente de la temporada vacacional, pues la elegancia y el porte señorial de estas muchachas tenía la capacidad de aglutinar un avispero de pretendientes a su alrededor. Entre esos pretendientes había un muchacho que frecuentaba la casa de doña Mica con mayor asiduidad que los demás. Era Álvaro Daza, quien era visto con por dona Mica con mirada de gallina observando sal. Hasta que un día no pudo seguir conteniendo el atrancao en su garganta, y le dijo en tono determinante, aunque sin perder la compostura de su elegancia:

  • Aaaalvaro…! ¡Te noto muy entusiasmando con las niñas…! Pero te quiero aaaaddddvertiiir un detalle. Debes saber muy bien…que mis Hijas no son ni de bollo ni de arepa. ¡Son de puuuuuro PAN FRANCES…!!!

LA MEDIA ALTA:

Dona Raquel Hinojosa de Zúñiga es otra matrona sanjuanera de elevados quilates morales, dueña de un exquisito y refinado gusto. Es una mujer de comprobada trayectoria de trabajo y superación. Formo un hogar modelo al lado de don Augusto Zúñiga Amaya, quienes son el tronco de una familia intachable y ejemplar, a la cual pertenezco por afinidad, con mucho gusto y orgullo.

A dona Raquel le dispenso un amor inconmensurable desde hace mucho tiempo. Y también tengo el gozo espiritual de recibir de ella y de toda su familia un cariño del mismo tamaño del que yo les brindo. Ese pequeño detalle me autoriza para contarles esta historia simpática.

Jose Jaime Zúñiga, su hijo mayor, acababa de llegar de España, donde se había titulado como Médico Especialista en Gastroenterología. Jose Jaime, a quien le corre en sus venas sangre Lacouture, tenía verdadero afán de comenzar cuanto antes su vida productiva profesional, pues se sentía un poco rezagado de sus compañeros que ya estaban en el camino de la generación de ingresos. El sentía que esos años consagrados al estudio de su especialización le habían arrebatado oportunidades de incrementar su patrimonio. Yo lo invité a serenarse y le dije que en poco tiempo superaría a todos los que él consideraba que iban adelante. Una tarde, después que regresamos de Valledupar donde gastamos el día haciendo gestiones para establecer su oficina de médico, llegamos a su casa de San Juan del Cesar. Allí lo esperaba su Madre Raquel, quien permanecía muy atenta a las diligencias de afianzamiento profesional en Valledupar que estaba adelantando su hijo predilecto. Nos quedamos charlando un rato en la puerta de la casa, comentando los pormenores de la jornada y haciendo proyecciones para el futuro. Y entre las reflexiones que Jose Jaime dibujaba en su mente, me decía:

  • Orlandito, definitivamente, el impulso a la dinámica económica regional lo tenemos que hacer nosotros, los profesionales de la clase media. Nosotros somos los llamados a ejercer el apalancamiento que demanda nuestra comunidad. Nuestros Padres ya dieron todo lo que podían dar, con sus limitaciones y oportunidades. Y las personas pobres tienen una barrera muy fuerte para constituirse en un grupo abanderado de la economía regional. De manera que nosotros, los profesionales de la clase media, somos los llamados a enarbolar las banderas del progreso regional.

Raquel, que en atento silencio escuchaba nuestra conversación optimista, acuso en su rostro el impacto que le produjo escuchar dos veces el término “clase media” de la propia boca de su hijo. Ese calificativo no encajaba en la cosmovisión de su imaginario socioeconómico. No se sentía identificada, en lo absoluto, con ese encasillamiento.

Todos los presentes notamos que la respiración de Raquel se tornó más jadeante de lo habitual, se le aumento la frecuencia del pestañeo en los ojos y se produjo un incremento en el movimiento de sus hombros como una respuesta corporal al comentario escuchado. Y Jose Jaime, que también le hacía seguimiento visual a la reacción de su madre, le enfatizo:

  • Si Mama, escucho bien. Clase Media. Nosotros, los de la Clase Media somos los llamados a representar el liderazgo de San Juan en estos momentos.

Raquel, que con resignación escucho la sentencia de su Hijo, no se dio por vencida. Y levantando la voz, el gesto y la mirada, apunto con firmeza:

  • Sera de la MEDIA ALTA…!!!

LA MISTIQUEZ:

Don Mario Calderón González fue un personaje muy querido en San Juan del Cesar. Era un distinguido jurisconsulto oriundo del vecino corregimiento de Los Pondores, un bonito y hospitalario poblado ubicado en los suburbios de la cabecera municipal. Formo un hogar ejemplar con doña María Ester Calderón y en este caso también puedo ufanarme del cariño de doble vía que me une con todos los miembros de esta distinguida familia.

Pues resulta que cuando don Mario Calderón y doña María Ester le compraron la casa a don Gustavo Fernández Chapel y Señora, le llovieron rayos y centellas desde el firmamento de la vanidad sanjuanera, porque algunos consideraron que el marco de la plaza principal de San Juan del Cesar había sido “profanado”. Y aunque antes de don Mario hubo varios “nuevos vecinos” de la Plaza de Bolívar que originaron muchos comentarios y suspicacias, todavía en ese momento trastearse a vivir al epicentro de la aristocracia sanjuanera generaba coloquios interminables entre los especuladores de oficio que tanto abundan en el pueblo.

Cuando la Familia Calderón Calderón paso a ocupar su nueva morada en el costado sur del marco de esa plaza tan llena de símbolos representativos del pueblo, don Mario sentía que las centellas en forma de opiniones y comentarios venían de los cuatro costados de la cuadricula que da origen al trazado urbano de San Juan del Cesar. Por lo tanto, la prevención había que cultivarla en los cuatro lados del vecindario. Para entonces hubo una inusual dinámica residencial en la Plaza y el pueblo conoció la decisión de don Ricardo Ariza y Señora Alicia Cuello de mudarse para Medellín. La Familia Ariza Cuello vendió sus activos en San Juan del Cesar como parte de su plan de mudanza y mientras llegaba el momento elegido para irse definitivamente, Ricardo compro un camioncito para ocuparse en el trasteo de leche en la ruta de Los Haticos y Badillo, donde estaba ubicada la finca que acababa de vender. Esta fue la actividad de Ricardo, antes de su traslado definitivo a la capital de la Montana.

Sucedió que para ese tiempo don Mario Calderón estaba en la puerta de su casa y ocupaba su tiempo en una animada tertulia con amigos. La ingesta de aguardiente acompaño la contemplación de la luna sanjuanera que esa madrugada iluminaba a los contertulios que acompañaban a don Mario. En el costado adyacente, don Ricardo Ariza encendió la 3.50 y dio comienzo a su jornada de trabajo de ese día. Al mismo tiempo, el tintineo penetrante del sonido que producen los calambucos vacíos hizo un estruendo que impacto el silencio de la plaza y la conversación de los parranderos. Ese sonido fue la chispa que estimulo la mente de don Mario Calderón González. Y en una reacción casi automática, como dando una respuesta a comentarios reales o a conjeturas imaginadas, le expreso a sus contertulios:

  • No me explico… ¡En que sustenta Alicia Cuello su MISTIQUEZ…! ¡Con ese marido jarriador de leche…! Embua…!!!

Orlando Cuello Gámez 

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