Hay personas que llegan a la vida como un viento que abre las ventanas sin pedir permiso, JOSÉ ALFONSO UCROS ESCALANTE —, hermano PEPO, — fue uno de esos vientos, grande en cuerpo, sí, pero aún más grande su alma, Llenaba un espacio no por el peso, sino por la hondura, era presencia, era palabra, era gesto, era ese tipo de ser humano que uno nombra con apodo porque el nombre propio se queda corto para tanto afecto.
Pepo no era un amigo, era un hermano que la vida nos regaló sin trámite alguno, con él no se hablaba: se pensaba, se navegaba, se atravesaba la realidad como quien camina una tierra caliente que quema y enseña al mismo tiempo, éramos un grupo que se buscaban en la conversación para ordenar el mundo, para descifrar ese espejo roto que a veces es nuestro pueblo.
Nos encontrábamos en las noches y en los días, entre análisis, risas ahogadas y tragos que encendían la memoria, y cuando algo era urgente, cuando una verdad le hervía en la lengua, Pepo me lanzaba su frase como una campana de alerta espiritual:
“Vuélvase oídos mano.”
Entonces el tiempo se detenía, sabíamos que lo que venía nacía del amor más serio, de ese sentido de pertenencia que él cargaba como una promesa no dicha, Pepo era así: un hombre que habitaba la tierra con un corazón vigilante, sabía dónde dolía, dónde sangraba, dónde podía germinar, y no temía nombrarlo, era crítico sin cinismo, soñador sin ingenuidad, tenía esa rara sensibilidad de quien ama un lugar sin idealizarlo, de quien reconoce la herida sin renunciar a la cura.
Y llegó el 7 de diciembre, ese día que el destino quiso iluminar y oscurecer al mismo tiempo. mi cumpleaños, ese amanecer en que Pepo me llamó con la ternura escondida en la voz, me dijo que quería darme un abrazo y vino, llegó como llegan los hermanos: sin anunciarse, sin ruido, con la certeza de que su presencia tenía hogar asegurado, ese abrazo fue un cierre y un inicio, fue un regalo que la vida me entregó sin saber que sería el último, conversamos, reímos, volvimos a rehacer el mapa de nuestro pueblo como tantas veces, y antes de marcharse —en la puerta, como quien deja un hilo atado a la memoria— me dijo:
“Tenemos temas pendientes por hablar.”
Y se fue, no de la vida: se fue de mi casa, y era que el universo ya estaba escribiendo otra cosa, hoy su ausencia es una geografía nueva, se siente en el aire, en los silencios que antes estaban llenos de su voz, en las preguntas que todavía me hago esperando escuchar su frase de alerta, falta su estatura humana, su mirada profunda, su risa contenida, su manera de entrar a una sala dejando una marca invisible que todos percibíamos sin entenderla del todo.
Pero Pepo no se ha marchado, no un hombre así, él se ha vuelto territorio,
está en el polvo que se levanta cuando hablamos de dignidad,
en el rumor de la noche cuando el pueblo duele,
en el viento que golpea las puertas cuando hay que despertar conciencias,
en cada idea que busca un camino limpio.
en cada conversación que intenta honrar la verdad.
Pepo ahora es el eco de sus propias palabras,
un llamado a volverse oídos,
a escuchar lo que la tierra pide,
a continuar los “temas pendientes” que dejó abiertos
como quien deja una luz encendida para el que vuelve.
Hasta siempre, hermano, en donde estés —en la memoria, en el viento, en algún rincón del tiempo— o en alguna estrella que serás, sé que sigues pensando nuestro pueblo, empujándolo desde tu sombra iluminada.
Lo que soñamos juntos no se apaga, simples hombres somos, pero algunos, como tú,
¡SE VUELVEN TIERRA FÉRTIL CUANDO PARTEN!
Salustio Solano Cerchiaro

