POR MI FRUTO ME CONOCERÁN

Mateo 7:15-16, nos invita a tener cuidado de los falsos profetas que vienen disfrazados de ovejas inofensivas pero que en realidad son lobos feroces, dice que a estas personas las podemos identificar por su fruto, es decir, por la manera en que se comportan.

Es cierto, no podemos dejarnos guiar por todo el mundo, debemos cuidarnos de aquellas personas cuyas palabras parecen dulces, pero que en realidad están motivadas con intereses ocultos y egoístas; personas que no es que quieran ser dulces, piadosas o buenas con nosotros, sino que recurren a la dulzura, piedad y bondad en su propio beneficio; sin embargo, he notado que muchas veces usamos esta palabra para juzgar a otros cuando bien podemos usarla para juzgarnos a nosotros mismos.

Dios nos creó, así que claramente nos conoce, sabe quienes somos, pero ¿nos conocemos a nosotros mismos? Parece muy fácil juzgar a otro por la manera de comportarse, pero cuán difícil es mirar el propio interior y reconocer que no estamos dando fruto, que en ocasiones nos gana la amargura, el temperamento, la dureza del corazón, la maldad, la vanagloria, la falta de amor, amabilidad y paz.

Dice en Gálatas 5:22-23, que el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Así pues, parémonos frente al espejo, sincerémonos con nosotros mismos, confrontemos nuestro corazón y miremos qué tanto se refleja el fruto en nuestra vida, antes de ver si se refleja o no en los demás.

Claramente somos humanos, Dios lo sabe. Seguramente estamos dando fruto en algunas áreas de nuestra vida y estamos secos en otras, pero el Señor quiere que nuestro fruto sea sobreabundante que no solo amemos a nuestros amigos, sino también a nuestros enemigos; que no solo estemos gozosos en casa, sino también en nuestro lugar de trabajo; que no solo experimentemos paz en la iglesia, sino también con las personas con las que convivimos; que no solo tengamos paciencia con la familia, sino también en la extensa fila del banco; que no seamos buenos solo con los necesitados, sino también con quien habla a nuestra espalda; que no tengamos fe solo cuando todo va bien, sino también cuando todo va mal; que no seamos mansos solo con nuestro jefe, sino también con nuestra pareja; que no solo actuemos de manera cautelosa y moderada frente a una autoridad, sino también, por ejemplo, a la hora de conducir. No es que tengamos que ser perfectos, pero sí es posible un equilibrio. Si sabemos que ya somos fuertes en un área de nuestra vida, esmerémonos por fortalecer aquellas en que somos débiles.

Ahora te preguntarás: ¿Por qué debo dar fruto?

Pues bien, en Juan 15:2, se indica que toda rama que en Jesús no da fruto, se corta; pero aquella que da fruto se poda para que dé más fruto todavía. Así que vendríamos siendo como las ramas de una planta; si no damos frutos, seremos apartados de Jesús. ¿Por qué? Porque como pasa con las plantas, si una rama no tiene fruto, está seca y enferma, no solo resulta inútil, sino que normalmente contaminan el resto de la planta, así también pasa con nosotros, si estamos secos y/o enfermos a causa de nuestra maldad, no solo obstaculizamos los planes de Dios, sino que podemos contaminar a otras personas. La diferencia entre una rama cortada y una podada, es que las ramas que dan frutos, son podadas a fin de promover su crecimiento.

A diferencia de las plantas, probablemente sentiremos dolor al ser podados, por una simple razón. Dios, como labrador, sabe que hay situaciones, hábitos y relaciones que no nos permiten dar más fruto del que estamos dando, por eso ha de intervenir para romper con ellos a fin de que podamos crecer, así que no tenemos por qué afanarnos ni desanimarnos a causa de la poda.

Recuerda que Jesús es la vid y nosotros somos las ramas, si permanecemos en Él y Él en nosotros produciremos mucho fruto porque, separados de Él, nada podemos hacer (Juan 15:5). Cuando damos mucho fruto demostramos que somos verdaderos discípulos de Dios (V.8)

Entonces antes de juzgar el fruto de los demás para saber quiénes son, digámonos a nosotros mismo: “POR MI FRUTO ME CONOCERÁN”

Jennifer Caicedo

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