SAN JUAN, TIERRA DE PAZ Y UNO DE LOS MUNICIPIOS QUE ENAMORAN

San Juan del Cesar, es tierra de paz y uno de los municipios que enamoran de Colombia. Uno de los pueblos más eminentes que tiene la provincia. Una cuna incomparable que ha parido hombres y mujeres cultos y de los más altos quilates y el más caro orgullo patrio.

Pueblo de una gloria inmarcesible y un jubilo inmortal tan sublime, que lo derraman sus poetas en sus canciones. Da gusto hablar y describir a San Juan y su gente de buen linaje y raza culta. Parece un pueblo de la más alta realeza con sus apellidos de abolengo, la cultura de la tierra sanjuanera. Donde sus habitantes solo de ver sus calles rectas y su patrono levantando el dedo hacia lo más alto del firmamento, comprenden el compromiso heredado al nacer aquí.

Es este un pueblo de una gran cultura espiritual y religiosa, por eso su templo en la plaza Bolívar con su entorno de mansiones al mejor estilo republicano muestran todo el esplendor de su belleza y señorío. Sus valles hermosos del Río Cesar y el Ranchería lo muestran como un portento divino de la obra del creador. También sus potencialidades en la naturaleza y el ambiente, dan cuenta de un pueblo de ensoñación. Así es San Juan del Cesar, erguido en las riberas de un cuerpo de aguas blancas y cristalinas, donde en lo más alto se divisan las torres morunas de su iglesia con sus viejos campanarios.

Allí en sus calles llenas de alegrías y de recuerdos peinan canas heroínas y verdaderos adalides de su sociedad. Como celosos guardianes de su buen nombre y sus buenas costumbres nuestros mayores custodian este pueblo y como celosos guardianes hacen ronda diurna y nocturna para conservar incólume la tradición y la gobernanza de las buenas costumbres. El Sanjuanero es manso, humanitario y bueno. Displicente e irreverente a veces, pero hilo hasta el carreto a toda prueba, porque su color moreno no destiñe y si perdona las equivocaciones. Pero hoy quieren pintarnos a nuestro pueblo, no, con los colores del arco iris que nos regala la lluvia, sino con la semblanza del terror que nos deja la guerra, la confrontación y la polarización.

San Juan no es terrorista, ni envidioso, esta es una tierra de gente honesta y trabajadora que procede de la más alta pureza del campo. Tierra de poetas y cantores campesinos, que con mucho orgullo van por los confines de la tierra llevando su herencia. Tierra de reinas y mujeres hacendosas que han convertido las pasarelas del reinado nacional en las mejores galerías para lucir su belleza y sus encantos. De San Juan se recuerdan sus grandes algodonales, sus porquerizas y sus viejos trapiches. También las peleas entre bajeros y riberos y las riñas de gallos.

Pero no ha hecho carrera la envidia por los bienes y los éxitos del otro, sino que más bien, nos hemos quitado el sombrero para hacerle la venia, al que llega temprano al reparto de los talentos y enaltece el nombre de nuestra cuna. Mucho menos, se ha acudido a prácticas de terrorismo, para intimidar con mensajes de guerra a quien lleva las banderas del progreso. San Juan del Cesar es tierra de paz. Aquí la mejor melodía para nuestros oídos son las melodías armoniosas de una letra campesina al compás de las arrugas de un acordeón alemán en un viejo ventanal. No hay mejor día que las tardes de arreboles con sus tiempos de cometas donde comienzan a pintarse prematuramente las cabañuelas del año. El sanjuanero no puede olvidarse de donde viene y para donde va.

Esta es la tierra del obispo Rafael Celedon y Monseñor Dávila, sembradores de la paz y el bien como una cultura de vida. La tierra de Yin Daza y Ketty Cuello, plumas que merecen nuestra honra y gloria por la reputación y prestigio que le dieron a nuestra tierra. Igualmente, El Míster Brito, José Lacouture, Carlos Ariza, Casimiro Cuello, Práxedes Bolaños y Humberto Roís, verdaderos crisoles de San Juan del Cesar. Vamos a entonar tomados de la mano, La Luna Sanjuanera, Sanjuanerita, Está de fiesta mi pueblo, o el himno municipal, para sentir como vibra nuestro corazón de amor patriótico por nuestra madre tierra.

San Juan es nuestra luna grande, nuestra arca de Noé, la musa del poeta, es la tierra donde nacimos y uno la tierra donde nace, la debe querer y la debe honrar.

Rafael Humberto Frías

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