A menudo nos vemos exigiéndonos a nosotros mismos más de lo que podemos hacer o dar. Sentimos que, si trabajamos más, si nos arreglamos más, si servimos más, nos esforzamos más, seremos valorados, aceptados y/o amados por las personas que nos rodean, por la sociedad y en algunos casos incluso creemos que es la manera de obtener el amor de Dios.
Muchas veces nos desgastamos física y emocionalmente creyendo que no somos lo suficientemente bonitos, delgados, musculosos, exitosos, adinerados o inteligentes, creamos una lista interminable de las cosas que nos faltan y sentimos que debemos alcanzar para obtener aprobación.
Sí, está bien trabajar y esforzarnos por lo que deseamos, pero eso no debe cegarnos, restándole valor o dejando de ser agradecidos por lo que ya tenemos.
Por mucho tiempo creí que no era lo suficientemente buena y ese sentimiento de frustración me llevó a conformarme con trabajos en los que no quería estar, a tener relaciones amorosas inestables y pésimas amistades reduciéndome mi verdadero valor con tal de “encajar”, con tal de “complacer”, debilitándome en cuerpo y alma y perdiendo mi sentido de identidad. Me vi en un momento obscuro y confuso de no saber quién era, olvidándome de quien realmente soy por convertirme en lo que los demás querían que yo fuera, eventualmente parecía bueno, pues estaba “encajando”, pero no tenía paz, estaba triste, agotada siendo alguien que no soy.
Si alguna vez te has sentido así déjame recordarte que eres genial, eres hermoso(a), eres suficiente, tendrás defectos, pero también tienes cualidades, eres valioso. Y no por tu trabajo, no por tu posición social, no por tu dinero, no por tu poder, no por tu belleza, no por tu cuerpo definido, no porque tu cabello esté bien cuidado, no porque tengas casa o carro propio, no porque tengas un hogar o hijos, porque aún si no tuvieras nada de eso eres FABULOSO (A) y sabes por qué, porque tu valor es la sangre de Cristo, ese fue el precio que él pagó por todos, sin distinción de raza, de lengua, de religión, de apariencia o posición, porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios reparó de antemano para que anduviésemos en ellas (Efesios 2:10)
Dice en Matero 10:29-31 “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aún vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos”. Así de valiosos somos para Dios que hasta cuenta nuestros cabellos.
Cuando sientas que no vales recuerda que eres linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9).
Si no fueras valioso (a), Dios no te hubiera creado en el vientre de tu madre, si no fueras valioso no te conociera, pero te conoce, sabe de su sentarte y tu levantarte, entiende tus pensamientos, escudriña tu andar y reposo, todos tus caminos le son conocidos (Salmos 139:1-3). Si tu valor fuera poco, ¿Estaría Dios así de pendiente de ti?
Está seguro que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada te podrá separar del amor de Dios, quizás de los hombres, pero qué más da ¿Acaso no importa más el amor y favor de Dios?
Conociendo esta verdad, espero mi apreciado lector, que tomes consciencia de que tu valor no te lo da nadie sino Dios, que no vales lo que haces o das, sino lo que eres. ¿Quieres ser más o dar más? Está bien, todos queremos superarnos; pero hazlo por amor a ti mismo, por tus ganas de ser mejor que ayer, pero jamás por ser validado o aceptado y mucho menos que eso te cueste perder tu identidad.
Jennifer Caicedo

