NOS ACOSUMBRAMO A LO MALO

Hay cosas que en cualquier país deberían provocar indignación inmediata, un servicio público que no funciona, una obra que se anuncia tres veces y no se entrega nunca, una decisión pública que castiga al ciudadano y premia al ineficiente, pero por estos lares no, aquí pasan y siguen pasando; lo más inquietante no es la repetición del error, sino la ausencia de reacción.

Una mañana cualquiera, cumpliendo con la rutina, casi sagrada, de parar a comprar café en la tienda Altoque del Rodadero antes de seguir rumbo a la oficina en Mamatoco, Olga, la administradora, soltó una frase que debería preocuparnos más de lo que creemos. Hablábamos del más reciente escándalo en Ecopetrol cuando, con absoluta naturalidad, dijo: “Eso siempre ha sido así.” y en esas cinco palabras, dichas sin rabia, sin sorpresa y casi sin esperanza, se esconde uno de los mayores problemas políticos del país: nos acostumbramos a lo malo.

No se trata únicamente de corrupción, aunque esta siga siendo una herida abierta, tampoco es solo la ineficiencia estatal, el problema es más profundo pues hemos normalizado el mal funcionamiento del Estado como si fuera inevitable y cuando eso ocurre, la política deja de ser una herramienta de transformación para convertirse en una simple administración del deterioro.

En Santa Marta hay un ejemplo que retrata con precisión esta tragedia silenciosa, en el corregimiento de Taganga se levanta un megacolegio construido durante los gobiernos de Fuerza Ciudadana, una infraestructura pensada para dignificar la educación, ampliar cobertura y ofrecer oportunidades reales, pero ahí está cerrado, sin estudiantes, sin vida; varios edificios a medio hacer, anunciado y con evento festivo de primera piedra, el cual nunca se entregó para satisfacer la necesidad propuesta.

Lo más preocupante no es solo la existencia de esa obra inerte, sino la reacción que genera porque incluso frente a una evidencia tan clara, hay quienes, lógicamente, seguidores de ese mismo movimiento político que encuentran cómo justificar lo injustificable minimizando el problema, se diluye la responsabilidad y aparece la frase que se ha vuelto costumbre “Bueno… pero por lo menos lo hicieron.”

Esa lógica no es exclusiva de un colegio, se repite en puestos de salud que no prestan servicios adecuados, en parques que se deterioran a pocos meses de inaugurados y en vías mal construidas que no resisten el paso del tiempo, pero como “por lo menos existen”, se les perdona todo.

Ahí es donde el problema deja de ser administrativo y se vuelve cultural y político porque mientras el ciudadano reduce su capacidad de exigencia, el poder amplía su margen de mediocridad y lo más grave es que este fenómeno no es exclusivo de una ciudad, toda vez que a nivel nacional, los ejemplos sobran; la refinería de Cartagena conocida como Reficar  es quizá uno de los casos más emblemáticos, una obra que terminó costando miles de millones de dólares adicionales, envuelta en sobrecostos, decisiones cuestionadas y una cadena de responsabilidades diluidas; más sin embargo, con el paso del tiempo, el escándalo dejó de escandalizar, se volvió un dato más.

Lo mismo ha ocurrido con grandes proyectos de infraestructura inconclusos, elefantes blancos en distintos departamentos, programas que se anuncian con bombos y platillos pero que nunca cumplen su propósito, casos que en su momento generan titulares, indignación temporal y debates acalorado pero que luego se desvanecen en la memoria colectiva. El país parece tener una extraña capacidad para indignarse rápido y olvidar aún más rápido y sin memoria, no hay consecuencia.

El ciudadano ya no espera que las cosas funcionen bien; espera que funcionen “menos mal” no exige excelencia, se conforma con la ausencia de desastre total, en ese nivel de expectativa tan bajo, cualquier resultado medianamente aceptable se celebra como un logro extraordinario, esa es la trampa porque mientras el ciudadano reduce su capacidad de asombro, el poder amplía su margen de error; se anuncian proyectos que no se ejecutan, se firman contratos que no se cumplen, se prometen soluciones que se aplazan indefinidamente y la reacción colectiva rara vez pasa de la queja momentánea.

Aquí es donde la conversación se vuelve incómoda, es fácil señalar al Estado o a la clase dirigente y razones sobran, pero hay una pregunta que no podemos seguir evitando ¿en qué momento el ciudadano dejó de exigir para empezar a justificar? pues la política no se degrada sola sino cuando encuentra un terreno fértil de permisividad, cuando el incumplimiento no castiga, cuando el abuso no moviliza y, peor aún, cuando se racionaliza. Nos hemos vuelto expertos en sobrevivir, pero profundamente eficientes en justificar.

Y eso tiene un costo enorme, una sociedad que pierde la capacidad de indignarse es una sociedad que renuncia, poco a poco, a su poder porque la indignación bien entendida, no es rabia vacía, es conciencia activa; es el punto de partida de cualquier transformación real siguiendo la cadena sin indignación, no hay presión; sin presión, no hay reforma y sin reforma, lo único que queda es la repetición.

Tal vez por eso hoy vemos cómo se elevan discursos grandilocuentes sobre cambio, mientras en la práctica se administra la misma realidad de siempre, cambian los nombres, cambian los estilos, cambian las narrativas, pero los problemas persisten y lo más preocupante, cada vez generan menos reacción, eso no es adaptación, es resignación porque el día que lo absurdo deja de parecer absurdo, se vuelve regla y cuando la regla es el deterioro, la excepción, es decir, que algo funcione bien, termina pareciendo milagro, no deberíamos celebrar que algo exista, deberíamos exigir que funcione bien.

Pero para eso hay que romper con esa peligrosa comodidad de la resignación y también de la justificación, hay que volver a incomodarse, a cuestionar, a exigir, a recordar porque la memoria ciudadana es el único mecanismo que realmente disciplina al poder, de lo contrario, seguiremos atrapados en este ciclo perverso donde lo malo se repite, lo bueno escasea y lo inaceptable se vuelve costumbre con aplausos incluidos.

Al final, el problema no es que el país esté mal, sino que ya no nos sorprende y cuando nada sorprende, todo se justifica.

 

Adaulfo Manjarrés Mejía

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