Se nota en el aire, se pega en los postes de luz y se cuela en las conversaciones de la tienda de la esquina. El barrio, ese organismo vivo que usualmente duerme la siesta de la indiferencia, ha despertado con fiebre. No es una epidemia viral, es algo más antiguo y persistente en nuestra geografía política: el prurito comunal.
En estas semanas, donde la elección de las Juntas de Acción Comunal (JAC) es inminente, nuestras calles se han vestido de un colorido engañoso. Los mismos cables que antes sostenían avisos de venta de empanadas o clases de guitarra, ahora aguantan las caras sonrientes de vecinos que, hasta ayer, eran invisibles. De pronto, todos son líderes. Todos tienen «un proyecto». Todos prometen el asfalto que la alcaldía no ha pintado en una década y la luz que la electrificadora cobra, pero no garantiza.
Pero no nos llamemos a engaño. Si rascamos un poco la superficie de este entusiasmo repentino, encontramos la costra de la vieja política. Este prurito no es solo una comezón por servir; es una adicción al poder, aunque sea el micro-poder de una cuadra.
En Colombia, la Junta de Acción Comunal debería ser el corazón cívico de la comunidad. Un espacio para el arreglo de la bomba de agua, la vigilancia nocturna y la fiesta del niño. Sin embargo, se ha convertido en el primer escalón de una escalera que lleva a los concejos municipales, a las asambleas departamentales y, por qué no, a la Cámara de Representantes.
Lo que está ocurriendo en nuestra región es un termómetro de lo que vendrá en las elecciones grandes. Los políticos de turno, esos caudillos regionales que manejan los hilos desde oficinas con aire acondicionado, están mirando con lupa estos comicios. No les importa si la calle 10 queda arreglada; les importa saber quién controla los votos de la calle 10 o del barrio El Pilar o Pringamozal.
El despliegue es militar. Los «punteros» se han activado. Hay reuniones que no son para discutir el problema de las basuras, sino para definir lealtades. Se busca blindar feudos. Un presidente de junta no es elegido por su capacidad de gestión, sino por su capacidad de arrastre. Se convierte, así, en un administrador de clientela, no de comunidad.
Es triste ver cómo el vecino, cansado del abandono estatal, vende su conciencia por una promesa. «Vota por mí y gestiono el parque», dicen. Y uno sabe, en el fondo, que el parque seguirá igual, pero el candidato tendrá un número más para sumar a su planilla en las próximas legislativas. El prurito comunal es, en esencia, la privatización de lo público a escala microscópica.
Claro, habrá excepciones. Siempre hay ese líder genuino, el que suda la camiseta, el que no quiere foto sino solución. Pero el sistema está diseñado para desgastarlo, para rodearlo de ruido y de intereses ajenos al bien común.
Mientras se acerca la fecha de la votación, la recomendación es simple, aunque difícil de ejecutar en medio de la algarabía: miremos más allá del volante. Preguntemos no qué nos van a dar, sino qué vamos a construir. Porque si seguimos permitiendo que la Junta de Acción Comunal sea una sucursal del clientelismo, no nos extrañemos luego cuando los mismos que hoy piden nuestro voto para «arreglar el barrio», mañana nos pidan el voto para «arreglar el país» con la misma receta de siempre.
El barrio es nuestro. No lo dejemos convertir en un laboratorio de campaña. Que el prurito se nos quite con trabajo, no con cargos.
Arcesio Romero Pérez


Buenos días, amigo, usted sabe, que estamos en un país Político y más en un dpto y municipio que todo se basa en la política y más la política del compra y dame, cuando acabemos eso, nuestros barrios, nuestras veredas, tendrán progreso, por ahora tenemos que comenzar a cambiar el pensamiento de vender y comprar el voto y donde podemos iniciar en las JAC.