AHÍ VAMOS

Todas las sociedades se parecen. Han sido construidas ladrillo sobre ladrillo por su historia, y acumulan las fuerzas que su gente le ha puesto a la cohesión sin renunciar a las voces de la individualidad, aquellas que hacen de las diferencias las razones para seguir unidos. Sin embargo, todas divergen en la mayor o menor importancia que le dan a ser lo que son, para que el arraigo a su mundo las haga más sólidas. Unas desdicen de sus destinos. Otras confían en sus orígenes. Unas son solidarias. Otras son autodestructivas. Unas tienen muchos objetivos comunes. Otras apenas coinciden en el pasaporte, y a veces con vergüenza de él.

Todas las miserias se parecen. Provienen de las limitaciones que se acumulan en cada persona por no poder alcanzar lo necesario en el medio en el cual reside para atender sus necesidades y las de sus allegados. Se asienta en el piso de la nación, con una inclemencia en ocasiones insuperable, deja tendidas a generaciones en la lona de los reveses, vueltas estadísticas de pobreza, con dimensiones que parecen más jugar con la semántica que con la solución a sus problemas sociales. Pobreza monetaria, pobreza multidimensional, etc., hacen alarde de la técnica descriptiva, más que del pragmatismo para ir de frente contra las diferencias creadas por la misma historia que los une. Sin embargo, todas las miserias se diferencian. Sobre todo, en la forma de mirar las soluciones. En Colombia, crecimos cuando hubo acuerdos sociales, reflejados en normas constitucionales, que dictaron la obligación de invertir al menos 10% del presupuesto público en la educación, la herramienta fundamental junto con el empleo para brindar oportunidades de salto hacia un destino individual y familiar mejor. Luego, el dinero se lo tragaron la guerra y la corrupción.

Todas las guerras se parecen. Acaban con generaciones, destruyen recursos de las naciones al desviar la atención estatal hacia lo que termina siendo un sinsentido, cuando llega la hora de juzgarlas frente a su mala contribución a la historia. Sin embargo, muchas se diferencian. Las que se originan en la confrontación entre naciones distan mucho de ser semejantes a las que enfrentan a los propios habitantes de un país, a los unos contra los mismos. Si toda guerra es fratricida, la sucedida por un conflicto interior, como el colombiano, es aún más cainesca. Llevamos casi un siglo en ella. Tenemos el triste lastre de verla mutar, de pasar a fusiles conservadores contra liberales, al destrozo de campesinos, los unos por los otros, a una rebeldía inculcada por fenómenos geopolíticos mundiales, a padecer en nuestras ciudades y nuestro campo la otra guerra mundial, la de las drogas. Acaba con todo. Nos ha costado tanto, que nos hemos ilusionado con soluciones que no fueron buenas, ni siquiera regulares, mucho menos aceptables, que nunca se ambientaron en nuestra sociedad destrozada, que profundizaron las diferencias entre los que veían la necesidad de actuar con determinación contra los insurrectos y los que planteaban sacrificios para la reconciliación nacional. Allí estamos parados hoy. Fue tan malo lo firmado con los ilegales que, muy a pesar de las gigantescas concesiones, ni ellos mismos lo acogieron. El ojo lloraba y le echaron sal. La sarna sigue picando. La Colombia de hoy sigue buscando la puerta de la paz entre las cenizas de cientos de miles de compatriotas.  Ahí vamos.

Todos los miedos se parecen. Ocurren cuando las experiencias no nos dejan mucho espacio para pensar que las cosas van a mejorar, y que las perspectivas del futuro no son halagüeñas. Tenemos miedo de seguir, de que la fuerza a la ley no le alcance para doblegar el vigor de la confrontación destructora. Sin embargo, hay diferencias crecientes en los miedos del país. Unos le temen a la continuidad del régimen actual y otros le temen al regreso del régimen anterior. O a la aparición de uno peor. El miedo de unos es el entusiasmo de otros. Ahí vamos.

Las tristezas se parecen. Acusan un latido lento, una pesadez en los ojos que hacen mirar sin opciones el mundo alrededor, que nublan la visión y pausan el andar, retrasan la vida y, como bien lo decía Camus, hacen que el solo hecho de vivir se vuelva un esfuerzo heroico. Sin embargo, distan unas de otras, cuando las necesidades apremiantes no dan lugar al descanso, cuando las bocas para alimentar reclaman trabajo, cualquiera que sea su intensidad o su retribución. No nos dejamos avasallar de la melancolía ni de los obstáculos. Esa respuesta es la propia de la condición humana.

Las esperanzas se parecen. Ponen a soñar, hacen mirar al cielo, evocan momentos buenos, vislumbran unos mejores, ven alcanzable el pasto más verde del otro lado de la cerca nacional. Sin embargo, distancian a las personas, pues los optimistas son los seres más envidiados. Fastidian a muchos verlos sonreír, hacer como si todo fuera color de rosas, como si bailar fuera una actitud criticable, cuando debería ser una espontaneidad imitable.

Y todas las frustraciones se parecen. Llegan unos vientos de cambio, soplan con fuerza y alborotan el patio y no solo tiran al piso las hojas que no sirven, sino que arrancan árboles viejos, como si solo quitarlos fuera el remedio para renovar la alameda. No siembran, ni desbrozan. Destruyen. Esos impulsos vendidos como soluciones llevan a una frustración general, pues hacen ver que no hay remedio para los males comunes. Sin embargo, no todas las frustraciones producen el mismo impacto en el devenir colectivo. Algunas estimulan el raciocinio, abren las mentes de las personas para que la observación de la nueva realidad que fue peor las lleve a considerar propuestas políticas de mejor enfoque social. A veces sucede que la forma supera la realidad, que los discursos disimulan la empobrecida colectividad.  Y ahí vamos.

 

Nelson Rodolfo Amaya

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