El duelo tiene un idioma propio.
Habla bajito; camina lento.
Se sienta a mirar una silla vacía como si todavía esperara a alguien.
Por eso produce extrañeza – y a veces rechazo – escuchar referencias electorales en medio del dolor reciente. Porque quien de verdad atraviesa una pérdida no suele pensar en campañas, candidaturas ni escenarios de poder. El ser humano, cuando el duelo es auténtico, apenas logra sostenerse a sí mismo.
La muerte desordena la vida.
Desacomoda los horarios, vuelve insoportable el silencio de la casa, transforma los objetos cotidianos en pequeñas heridas. Un perfume olvidado, una camisa colgada detrás de una puerta, una fotografía cualquiera, terminan teniendo más fuerza que cualquier discurso político.
Todos lo sabemos.
Todos, alguna vez, hemos perdido algo o a alguien.
Y quizá por eso el duelo despierta una especie de respeto sagrado entre los seres humanos. Porque incluso en sociedades llenas de rabia, diferencias y fanatismos, todavía entendemos que hay dolores que merecen permanecer lejos de la disputa pública.
En días recientes, las declaraciones de María Claudia Tarazona, viuda de Miguel Uribe, y las palabras de Clemencia Vargas, hija del exvicepresidente Germán Vargas Lleras, terminaron abriendo precisamente esa discusión incómoda. Una habló de impedir la llegada de Iván Cepeda al poder para que la muerte de su esposo “no hubiera sido en vano”. La otra llamó a “recuperar el rumbo” del país y habló de Cepeda y sus “secuaces”, utilizando un lenguaje más cercano a la condena moral que al debate democrático.
Y aunque el dolor merece comprensión, esas referencias inevitablemente generan resistencia.
Porque el luto no fue hecho para las tarimas.
Fue hecho para las noches interminables, para la conversación íntima, para las lágrimas que aparecen sin permiso en mitad de la madrugada. El duelo no calcula encuestas. No diseña estrategias. No redacta consignas.
Simplemente duele.
Y justamente por eso resulta tan difícil conectar el sufrimiento humano con los discursos de campaña. No porque las personas en duelo pierdan el derecho a opinar políticamente – nadie podría exigir semejante cosa – sino porque existe algo profundamente humano que se rebela cuando la ausencia de un ser amado termina convertida en una herramienta de confrontación pública.
Tal vez porque el sufrimiento verdadero no necesita enemigos.
Necesita tiempo.
La política colombiana, sin embargo, parece haber perdido esa frontera invisible entre el duelo y la estrategia. Todo termina absorbido por la polarización: incluso la muerte. Como si el país ya no supiera guardar silencio frente al dolor ajeno y necesitara convertir cada tragedia en una oportunidad narrativa, en un símbolo útil, en un combustible emocional para la siguiente batalla ideológica.
Y eso termina agotando el alma colectiva.
Porque cuando el duelo entra a la plaza pública vestido de propaganda, deja de ser un espacio humano de recogimiento y se convierte en otra forma de disputa. El muerto deja de pertenecer a la memoria íntima de quienes lo amaron y empieza a pertenecerle al relato político de quienes necesitan utilizarlo.
Quizá por eso estas referencias producen incomodidad.
Porque todos intuimos que hay algo sagrado en el dolor.
Algo que no debería usarse para pedir votos.
Algo que no debería ponerse al servicio del miedo.
Algo que merece quedarse, simplemente, en el territorio silencioso de los afectos humanos.
José Jorge Molina Morales

