Hay un número que comienza a ser protagonista en esta campaña a la presidencia.
No es el 37% de Cepeda. No es el 27% de Abelardo. No es el 21% de Paloma.
Es el 28%.
El que este domingo llega a las urnas sin haber decidido por quién votar o que lo decidirá en los últimos días. El que los analistas llaman “indeciso” como si fuera un defecto. Como si no saber fuera señal de ignorancia y no de inteligencia.
Ese 28% no es confusión. Es lucidez.
Si el 31 de mayo votan aproximadamente 22 millones de compatriotas, ese porcentaje de indecisos representa entre 5 y 6 millones de personas que definirán el resultado de esta elección en los últimos días.
Seis millones de colombianos.
Más que toda la población de Barranquilla, Cartagena y Cúcuta juntas.
Un país dentro del país. Silencioso, observador, desconfiado y completamente determinante.
Yo sé quiénes son. Los conozco.
Son los que marcharon de verde en 2010 con Antanas Mockus creyendo que la política podía hacerse diferente. Los que votaron por Fajardo en 2018 porque querían un candidato con trayectoria verificable y sin alianzas oscuras. Los que en 2022 eligieron a Rodolfo Hernández no porque creyeran en él del todo sino porque necesitaban una tercera opción que no fuera ni Petro ni Fico.
Son el voto que se mueve. El que no pertenece a ninguna estructura electoral. El que no es de izquierda ni de derecha. El que no vota por miedo o al menos intenta no hacerlo.
El estratega político venezolano J.J. Rendón los llama el grupo más poderoso e impredecible del electorado latinoamericano. Y tiene razón. Porque no los mueve la maquinaria. No los mueve el miedo. No los mueve la lealtad tribal. Los mueve algo mucho más difícil de fabricar y mucho más difícil de comprar:
La convicción.
Este domingo, ese 28% tiene en sus manos una decisión histórica.
No es una exageración. Los análisis coinciden, la elección del 31 de mayo no la ganará quien más tenga en las encuestas, sino quien logre que su base llegue a las urnas. Y el 28% de indecisos es exactamente la variable que puede cambiar quién llega a segunda vuelta y por lo tanto quién gobierna a Colombia los próximos cuatro años.
El 28% es el árbitro. Y el árbitro todavía no ha pitado.
Quiero hablarle a ese 28% directamente.
A esa madre que se acuesta tarde pensando cómo va a pagar el colegio de sus hijos el mes que viene. A ese padre que se levanta de madrugada sin saber si lo que gane ese día alcanza. A la enfermera que lleva cuatro años remendando un sistema de salud que se cae a pedazos con sus propias manos. Al médico que juró cuidar vidas y tiene que pedir disculpas porque no hay medicamentos. Al comerciante que paga vacuna en silencio porque denunciar tiene un precio que no puede costear. Al taxista que llena el tanque y reza para que la carrera alcance. Al campesino que siembra sin saber si la cosecha llega o si el precio la mata antes. A la maestra que pone plata de su bolsillo para que sus estudiantes tengan con qué escribir. Al vendedor informal que todos los días le apuesta a este país desde una esquina.
A esa persona que hoy está leyendo esto, que ha visto prometer demasiado, que ya no cree pero que en algún lugar todavía guarda una chispa de esperanza que no se ha apagado del todo.
Para esa persona es esta columna.
Sé que no quieres repetir el ciclo. Sé que en 2018 votaste con esperanza y te quedaste con la pregunta de “¿qué hubiera pasado sí?” Sé que en 2022 votaste con pragmatismo y el resultado también te dejó insatisfecho. Sé que esta vez estás más cansado, más escéptico, más difícil de convencer.
Y sé algo más: que tu duda no es cobardía. Es la señal de que todavía te importa demasiado como para entregar tu voto a cualquiera.
Eso no es un problema. Es tu mayor fortaleza.
La pregunta que te haces y que yo también me hice no es quién tiene mejores encuestas. Es quién tiene mejor trayectoria. Quién ya gobernó. Quién tiene resultados verificables que no dependan de lo que él mismo dice de sí mismo.
Medellín pasó de ser la ciudad más peligrosa del mundo a ser un referente de transformación urbana. Eso no fue un discurso. Fue un gobierno. Fue pedagogía, rigor institucional, educación como herramienta de cambio, y transparencia en cada peso gastado.
Eso tiene nombre. Y ese nombre está en el tarjetón del 31 de mayo.
Colombia está en un momento histórico donde dos narrativas se disputan el futuro.
Una dice: “el cambio ya está ocurriendo, hay que profundizarlo”. La otra dice: “el caos tiene que parar, hay que poner orden y mano dura”. Y en el medio sin gritar, sin insultar, sin promesas de milagros hay una propuesta que dice algo diferente:
“Cambio. Serio. Seguro.”
El 28% sabe eso mejor que nadie. Porque el 28% ha vivido los ciclos. Ha visto prometer y no cumplir desde la izquierda y desde la derecha. Ha aprendido a leer las campañas con los ojos del que ya fue defraudado antes.
Y precisamente por eso, el próximo domingo, el 28% merece votar por algo que resistió el escrutinio. Que no negoció su programa para llegar al poder. Que tiene un historial en el que apoyarse cuando las promesas de campaña se contrasten con la realidad del gobierno.
Seis millones de colombianos que todavía no se han decidido.
Seis millones de personas que quieren un cambio serio y seguro.
Seis millones de voces que el próximo domingo van a hablar.
Yo les pido que nos den la oportunidad.
No la de ganar una elección. La de demostrar que la política puede hacerse diferente. Que la decencia puede llegar al poder. Que los resultados verificables pesan más que los discursos populistas. Que Colombia puede elegir con la cabeza y no con el miedo.
Ese es el voto de Fajardo.
Y ese es el voto que este domingo puede cambiar la historia.
Juana Cordero Moscote

