LOS TÍTULOS DEL ALMA

Hay una forma de arrogancia que se volvió costumbre en la política contemporánea: creer que un diploma otorga superioridad moral. Como si el cartón enmarcado en una pared pudiera medir la sensibilidad humana, la dignidad o el compromiso con los olvidados. Como si la academia, por sí sola, garantizara la decencia.

Por eso resulta tan revelador el ataque que hoy algunos lanzan contra Aída Quilcué, reduciendo su trayectoria a la ausencia de un título universitario. “¿Cómo puede aspirar a la Vicepresidencia alguien que no es bachiller?”, preguntan con sorna quienes creen que el conocimiento solo habita en las aulas y jamás en las calles, en las luchas sociales o en el sufrimiento de un pueblo.

Pero la vida también educa. Y a veces educa más duro, más profundo y más honestamente que cualquier universidad.

Hay mujeres que aprendieron política viendo desaparecer compañeros, resistiendo amenazas, recorriendo territorios abandonados por el Estado y escuchando el dolor de quienes nunca tuvieron voz. Hay personas cuya tesis doctoral ha sido sobrevivir en un país desigual sin renunciar a la dignidad. Y hay liderazgos que no nacieron entre bibliotecas silenciosas, sino entre mingas, comunidades indígenas, movilizaciones sociales y pueblos históricamente excluidos.

Conocemos demasiados hombres llenos de títulos, especializaciones y posgrados en universidades prestigiosas que jamás pusieron su conocimiento al servicio del pueblo. Profesionales impecables en el lenguaje técnico, pero incapaces de conmoverse ante el hambre de un niño o el abandono de una región. Expertos en teorías económicas que nunca han caminado una vereda sin agua potable. Juristas eminentes que hablan de justicia desde oficinas con aire acondicionado mientras el país real se desangra lejos de sus escritorios.

La historia latinoamericana está llena de dirigentes con doctorados que administraron la desigualdad con elegante retórica. Y también está llena de mujeres y hombres sin pergaminos académicos que transformaron comunidades enteras con una intuición ética infinitamente más valiosa que muchos diplomas.

La educación es fundamental. Nadie sensato podría despreciarla. Los maestros merecen respeto porque enseñan a pensar, a cuestionar y a construir ciudadanía. Pero precisamente por eso resulta peligroso convertir la educación en un instrumento de clasismo moral. El conocimiento no puede ser una muralla para excluir al pueblo de la política, sino una herramienta para comprenderlo y servirlo.

Porque el verdadero fracaso no es carecer de un título. El verdadero fracaso es estudiar mucho y no aprender nunca a mirar al otro con humanidad.

Tal vez por eso algunos no entienden a Aída Quilcué, hoy fórmula vicepresidencial de Iván Cepeda. Porque hay trayectorias que no caben en una hoja de vida. Hay liderazgos que no se explican con certificados. Y hay personas cuya autoridad nace no de un diploma colgado en una pared, sino de haber acompañado durante décadas el dolor y la esperanza de su gente.

Al final, los pueblos no siempre recuerdan quién tuvo más títulos. Pero sí recuerdan quién estuvo a su lado cuando más lo necesitaron.

 

José Jorge Molina Morales

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